5/08/2014

Burroughs (virus)

Texto escrito para servir de presentación al libro El trabajo (The Job). Entrevistas con William Burroughs, de William S. Buroughs y Daniel Odier, publicado este año por Enclave de Libros.


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Toda realidad específicamente humana pasa por la palabra. Si el humano es el animal político, es porque es el animal que habla. Si es el único que ríe y llora, porque conoce el equívoco y la distancia que marca el lenguaje. Si el que tropieza dos veces en la misma piedra, porque obedece y responde a símbolos. La palabra no es dictada por Dios: se confunde con Él en el Logos. Es el Orden y la Ley en medio del caótico universo de las sensaciones, el Principio de los Tiempos a la vez que el componente básico del mundo perceptible. Resulta difícil objetivar mediante el discurso los propios materiales de los que se compone el pensamiento, pues ello supone sustraer a éste su andamiaje. Éste es el motivo por el que no ha sido posible establecer “de forma científica” una teoría definitiva sobre su origen y desarrollo. ¿De dónde surge este peculiar dispositivo, injertado en los humanos de forma tan “natural” y autoevidente que lo usamos sin cuestionar ni problematizar su existencia, hasta el punto de dar la única razón y el sentido de la nuestra propia? Del mismo modo que el pez no “percibe” el medio líquido que canaliza todas sus percepciones, somos incapaces de ir más allá del lenguaje, de escapar de su condicionamiento sin experimentar el vértigo de la nada.

Los mismos procedimientos filosóficos resultan inútiles al estar atravesados y determinados por el lenguaje. Las respuestas que se han podido elaborar no superan la categoría de mitos especulativos construidos en base a las diferentes estéticas, es decir los modos de concebir la realidad y sus diferentes expresiones históricas. Quienes ponen el criterio de verdad en el mundo sensible han desarrollado teorías para las que el lenguaje surgiría de la imitación expresiva de los contenidos de la percepción. El signo sería en su origen una suerte de onomatopeya compleja que intenta traducir las formas de la naturaleza. Otros piensan que sería más bien una interjección que reflejaría los estados mentales del individuo en su interacción con el mundo. Se trata en todo caso de aportar una explicación sobre el origen del lenguaje sin recurso a ninguna trascendencia, sea ésta de tipo religioso (la palabra dada por Dios) o mítico-conspiranoico (la intervención civilizadora de un héroe ancestral o de seres extraterrestres). El problema con este tipo de explicaciones inmanentes es que apenas aportan una intuición que ilumina el grado más simple de comunicación, aquél que compartimos con el resto de los seres vivos, pero resulta poco eficiente a la hora de dar cuenta del lenguaje específicamente humano, esto es compuesto de signos convencionales, variables, articulados dentro de un sistema y escritos. El propio Rousseau, en un ensayo póstumo que se ha convertido en referente sobre el tema, renunciaba a la posibilidad de demostrar que “las lenguas hayan podido nacer y establecerse por medios puramente humanos”.

Burroughs llegó a una teoría originalísima que, aunque en algún punto suena delirante, y aunque tampoco supera la categoría de mito especulativo ni lo pretende, desarrolla un enorme potencial explicativo sobre la naturaleza y dinámica del lenguaje, de modo que se ha hecho popular en los actuales estudios sobre el tema. Según expone en un ensayo de 1970 titulado The Electronic Revolution, añadido más tarde a las posteriores ediciones de The Job como una suerte de propedéutica, el lenguaje sería el resultado de una mutación biológica producida por un virus procedente del espacio. Este virus del lenguaje habría reescrito el código genético de su hospedador humano con el objetivo de alcanzar la simbiosis y reproducirse indefinidamente a su costa. El lenguaje y todo el cuerpo de cultura a que ha dado lugar no sería sino la secuela de una enfermedad terrible que asoló a la humanidad llegando a producir un profundo cambio en el destino biológico de la especie. Lejos de ser el unívoco y permanente mandato de una deidad superior y de ceñirse a una fórmula eterna, no sería sino una proliferación inacabable de encadenamientos sin sentido que solo buscan reproducirse y producir nuevos encadenamientos. Para dar autoridad científica a su razonamiento cita a un profesor alemán, un tal Kurt Unruh von Steinplatz del que no existe ninguna otra referencia, ya que no es sino una invención del propio Burroughs. Se trata de una cita falsa que nos sitúa en el terreno de la ficción, aunque ésta adquiera forma ensayística transgrediendo los límites entre los géneros y los discursos.


Sea como sea, la invención de Burroughs no solo ha influido extensamente en el campo de la producción artística y cultural, sino también en los enfoques científicos aplicados al estudio de la publicidad y de los medios de comunicación de masas. Pocos años después Richard Dawkins formula el concepto de meme, entendido como una unidad mínima de información que reside en los cerebros de sus hospedadores humanos y cuya forma de transmisión y reproducción es análoga a la de los genes, inaugurando así toda una protociencia de la memética, que poco a poco se abre paso en las facultades de sociología. En la actual cultura de redes se analizan los mensajes y los discursos en términos de “viralidad” y se usan con frecuencia las metáforas del contagio y la replicación para explicar los procesos de difusión de la información.

Este insólito predicamento académico para una idea venida de la ciencia-ficción se debe no solo, como hemos apuntado más arriba, a su enorme potencia para explicar las dinámicas de transmisión cultural y para captar los desarrollos teóricos ante las llamadas tecnologías de la comunicación, sino que tiene también otras virtudes. Aporta, en primer lugar, una explicación plausible en términos netamente materialistas sobre el origen y naturaleza del lenguaje, sin recurso a trascendencia alguna para un fenómeno tan difícil de concebir desde parámetros biológicos. Por otro lado, aún más importante, comporta un desplazamiento oportuno del punto de vista acerca de la cultura en el preciso momento en que el sujeto occidental entra en crisis: lo que llamamos Humanidad, entidad puramente lingüística, deja de ser protagonista de su propio discurso y del relato lineal del progreso obtenido gracias a las bendiciones del lenguaje, para convertirse en un mero instrumento o campo de acción de un emisor inhumano, parasitario y cancerígeno. Ya no tenemos a un sujeto reflexionando sobre su objeto, sino una reflexión que se enrosca sobre sí misma sin otro objeto aparente que producir nuevas reflexiones. El individuo no es más que una víctima de su propia capacidad de imaginar, asaltada por temores y deseos que crean su propio relato. La autonomía personal no existe, ni existe el autor. Por último, el paradigma viral de Burroughs resulta extrapolable a la explicación de muchos otros fenómenos de posesión y de proliferación infinita esenciales a la ideología moderna, como la lógica del capital (mercancías, dinero) o las dinámicas de adicción (a sustancias, hábitos, imágenes).

Es precisamente de su experiencia con las drogas, expuesta con detalle en Yunkie (1953) y en Naked Lunch (1959), de donde Burroughs extrae los materiales para componer esta visión del mundo paranoica y enfermiza que sirve de contexto a casi toda su obra. Para la generación beat de los años cincuenta y para los hippies de los sesenta drogarse era una de las formas de escapar a lo establecido (drop out), de abrir las “puertas de la percepción” y alcanzar algún tipo de liberación, aunque fuese virtual y transitoria. Burroughs fue un buscador incansable de técnicas para alcanzar este efecto como forma de protesta y de huida de un mundo que se le antojaba sórdido y amenazante. El propio libro que estamos referenciando se presenta como una especie de manual en este sentido y repasa buen número de ellas: la máquina del sueño de Gysin y Sommerville, el uso de la apomorfina, el acumulador de orgón de Wilhelm Reich, el electrometro de Hubbard, los infrasonidos, la utilización desviada y liberada del conocimiento y las nuevas tecnologías de la comunicación, la prensa alternativa y, sobre todo, la técnica de manipulación y montaje de textos conocida como cut-up que puso en práctica en casi toda su obra. Su inmersión en el mundo de las drogas y de la sexualidad alternativa, más que por una inclinación natural vino marcada por esta búsqueda de una experiencia liberada del discurso dominante (mainstream), como un intento de acceder a la región oscura, al territorio maldito que escapa al control. Pero tras quince años de adicción, después de haber romantizado el uso de estas sustancias como una forma de expansión de la conciencia, descubre el verdadero rostro de la dominación a través de la dependencia y hace de la droga la metáfora perfecta de los nuevos dispositivos de control en el mundo capitalista, disuadiendo a la juventud de su uso: “todo lo que puede conseguirse químicamente puede alcanzarse por otros medios con el conocimiento de los mecanismos involucrados”.

Así como la droga invade la personalidad infectándola para seguir propagándose en la sociedad, el lenguaje actúa como un virus altamente pregnante y contagioso que invade las conciencias y se replica entre ellas orientándolas en función de los intereses de un agente extraño. Por su influencia directa e inexorable sobre el sistema nervioso central, cuya compulsión es dar sentido a un mundo indomable, el lenguaje es la herramienta más perfecta y sofisticada de control que propicia la dominación de quienes conocen el código fuente sobre los que simplemente interaccionan como usuarios. El control está inscrito en este código. La necesidad de atrapar y reconstruir la realidad a través del concepto es un proceso mecánico instalado en las neuronas. No existen percepciones inmediatas, sino noticias transmitidas por un mediador que marca la pauta. Las nuevas tecnologías de la comunicación de masas introducen un plano más en este juego de mediaciones, creando una pantalla universal en la que todos quieren verse reflejados y que estipula un nuevo “principio de realidad” que se impone sobre cualquier tipo de experiencia viva.

Puede verse aquí una formulación distinta del concepto de “sociedad del espectáculo” popularizado en Europa por Guy Debord, para quien en las sociedades marcadas por el modo de producción capitalista “todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”, así como una analogía de los mecanismos ideológicos de alienación de la teoría marxista, pero Burroughs procura desmarcarse de cualquier contextualización política de su pensamiento. Aunque casi toda su obra expresa una búsqueda revolucionaria de formas de liberación, y aunque Burroughs se pronunció siempre a favor del movimiento americano por los derechos civiles del que era contemporáneo y en cierto modo precursor, su actividad se centra en el plano de la revolución cultural, convencido de que es ahí donde se libraba la verdadera guerra en una época que contemplaba tantos cambios propiciados por los avances científicos y el acceso de las masas al conocimiento. Su referente para manejar estas ideas era el fundador de la semántica general Alfred Korzybski, quien estableció que los hombres estaban condicionados en su experiencia por la estructura de su sistema nervioso y por la estructura de sus lenguas y que “el mapa no es el territorio que representa”. Los planteamientos de Korzybski, en el sentido en que fueron interpretados por Burroughs y por Chomsky, tuvieron aplicación en las modelizaciones de programación neurolingüística a partir de mediados de los setenta.


Pueden buscarse muchas otras analogías entre la obra de Burroughs y los escritos contemporáneos de la Internacional Situacionista en Europa, a pesar de que no hubo entre ellos otro punto de contacto que la amistad de Alexander Trocchi, militante de la I.S. y compañero de correrías de Burroughs. Ellos también pensaban que “vivimos en el lenguaje como en un aire contaminado” y que “las palabras trabajan por cuenta de la organización dominante de la vida”, pero así como los situacionistas pensaban que en ellas “residen fuerzas que pueden desbaratar todos los cálculos”, Burroughs creía en la posibilidad de retorcer su sentido, de “romper la línea de control” e introducir a través del montaje un “mensaje de resistencia”. Si los primeros recurrieron para este propósito a un procedimiento retórico y todavía racional como el "desvío" (introducción de sutiles modificaciones sobre textos o mensajes preexistentes para dotarlos de un nuevo sentido), Burroughs va más allá de lo estrictamente literario con sus técnicas de cut-up y fold-in, consistentes en cortar o doblar los textos y luego recomponerlos siguiendo patrones aleatorios. De esta forma, que le fue revelada por su amigo el pintor Brion Gysin, se destruye el sentido original del texto (el mensaje intencional ajustado a los patrones del discurso oficial) y se abre para el inconsciente la posibilidad de crear nuevas asociaciones. En realidad, no se trata sino de una técnica de montaje que utiliza textos elaborados como material en bruto, del mismo modo en que el montador de imágenes reúne y traza la secuencia de los fragmentos rodados en directo. En un caso como en el otro se trata de introducir en los discursos sancionados pequeños fallos de replicación capaces de dar lugar a mutaciones convenientes. Si no se alcanza un resultado positivo, cuando menos se habrá logrado perturbar los mecanismos habituales de procesamiento consciente.

A partir de Naked Lunch, Burroughs abandona la narrativa lineal y empieza a aplicar sistemáticamente el cut-up a sus escritos, incluso a aquellos que exhiben un carácter más ensayístico como The Electronic Revolution o The Job, la versión inglesa de una serie de entrevistas con el periodista suizo Daniel Odier publicadas primero en Francia (Entretiens avec William Burroughs, 1969), sobre las que se sobreponen fragmentos de diversos artículos publicados por Burroughs en aquellos años. Éstos quedan así convertidos en una secuencia informe de escenas y voces de diferentes registros que se despliegan sin hilo conductor en torno a una serie de temas recurrentes, una suerte de hemorragia de palabras lanzadas a la deriva emulando el pensamiento del adicto o los esfuerzos del virus por convertirse en una plaga. También haría extensiva esta técnica a la experimentación con grabadoras de sonido y videocámaras mezclando voces, introduciendo efectos, sobreponiendo sonidos e imágenes, buscando siempre descifrar la dialéctica entre representación y acontecimiento. Lo que se escribe funciona siempre como invocación o como exorcismo.

Hacia 1970, año en que se publica The Job, Burroughs ha acumulado una cantidad de experiencias suficiente para alimentar a tres generaciones: los beatniks de los años cincuenta, los chicos rebeldes que funcionaron como punta de lanza vanguardista de lo que sería un amplio movimiento social; los hippies y los movimientos contraculturales de los sesenta, que se inspiraron en su mordaz crítica del american way of life y aplicaron ingenuamente a la revuelta colectiva su búsqueda de nuevas formas de liberación (drop out); y en los setenta la emergente subcultura de los punks, destinada a hacer socialmente efectiva la quiebra en la representación occidental que Burroughs había preconizado en sus escritos, tanto por su fondo como por su forma. Es preciso ver estas tres manifestaciones como fases distintas de una misma revuelta contra una civilización descompuesta, y quiero llamar aquí la atención sobre lo que significa su consumación, sobre lo que el punk representa más allá de modas y estilos y de la industria del rock: el estallido final de los significantes, la ruptura definitiva con la inmediatez de los discursos y con la falsa organicidad de la cultura, un proceso que se viene desarrollando a partir de las primeras crisis del capitalismo, que se expresa desde las primeras manifestaciones de las vanguardias artísticas, y que ahora se hace público. La ingenuidad con que los hippies se enfrentaron al sistema, convirtiéndose finalmente en una más de sus excrecencias ha quedado atrás. Hay un antes y un después del punk no solo para las formas artísticas y literarias, incapaces de seguir evolucionando desde su propio concepto, sino también para los movimientos sociales y para las propias bases de la civilización. El punk es dadá para las masas.

Puede decirse que Burroughs ya había dispuesto a lo largo de su obra las bases para el surgimiento de una revuelta cultural andrógina y nihilista como ésta y la había imaginado en The Wild Boys (1971), la obra inmediatamente posterior a The Job. En gran medida, su constante presencia en el horizonte de las sucesivas oleadas de contestación cultural como icono e inspirador de las mismas se debe a su rechazo a dejarse atrapar por ninguna etiqueta, a rebelarse contra cualquier categoría ideológica que amenazase con absorber y recuperar su figura. Aunque fue de alguna forma el hermano mayor de los beats, funcionando como inspirador y como enlace de todos ellos, negó tozudamente la existencia de tal movimiento denunciándolo como una simple marca comercial en el flujo de novedades de la industria cultural. A pesar de que adoptó como propias muchas de las reivindicaciones del movimiento por los derechos civiles se avino siempre mal con la ideología de paz y amor de los hippies. Ni siquiera las acepciones de yonki o de marica que él mismo había introducido durante su etapa autodestructiva en el mainstream, la cultura oficial que omitía estas realidades, le sientan adecuadamente al elegante caballero de buena familia educado en Harvard. Si algo sabía hacer Burroughs, y puso gran cuidado en hacerlo durante toda su vida, fue no dejarse atrapar por los conceptos, ni siquiera aquellos que pudiesen tener una base real.

Se trata, por tanto, de un texto publicado cuando Burroughs ha alcanzado su madurez como escritor y ha encontrado su voz propia, la que le ha convertido en uno de los intelectuales más originales y brillantes de la historia. Después de haber publicado Naked Lunch, la novela que le haría mundialmente famoso y la trilogía Nova (The Soft Machine, The Ticket That Exploded y Nova Express), construida a base de apuntes dispersos mediante técnicas de cut-up, Burroughs deja de centrarse en la producción de novelas y utiliza la escritura para un propósito desviado: romper la línea de control por todos los medios a su alcance. Si el lenguaje es un virus invasor que atrapa al individuo y confunde sus propios fines, si es el medio de control más poderoso para mantener a las masas dominadas y en permanente estado de necesidad, la producción de meros textos ajustados a los códigos vigentes de la literatura o del “pensamiento impuesto” no hace sino reforzar esa dominación, extender la plaga y colaborar en la destrucción humana. Los intelectuales puros no suelen ser sino aliados del poder, se confunden con los controladores mismos. Durante estos años Burroughs se dedicará casi en exclusiva a investigar y difundir técnicas psicológicas de liberación mental. The Job se presenta como un catálogo de estas técnicas que estarían siendo ocultadas por los guardianes del conocimiento. Es en este sentido que el adjetivo “contracultural” le cuadra a Burroughs, y a este libro en particular, por encima de cualquier etiqueta.

Un hecho ocurrido también por aquellos años, determinante en la evolución intelectual de Burroughs y presente una y otra vez a lo largo del libro, fue su ruptura con la Iglesia de Cienciología, la organización montada en torno al método dianético de Ron Hubbard, donde había ingresado a principios de los sesenta y con la que mantuvo durante algún tiempo una relación muy estrecha, llegando a alcanzar el grado de “claro” (persona liberada) dentro de ella. La Dianética es un método psicológico que promete la liberación mental mediante una técnica que propicia la destrucción de “engramas”, mensajes desviados instalados en la mente reactiva por causa de algún shock que rigen el comportamiento de las personas “aberradas”. Un individuo aclarado mediante la terapia dianética no solo sería psíquicamente mucho más eficiente, al haber eliminado de su mente toda la basura que impide el desarrollo normal de la actividad racional, sino que, por ejemplo, nunca enfermaría, al ser la enfermedad, cualquier tipo de enfermedad, consecuencia de algún engrama activo. En aquellos años la Dianética era todavía una doctrina incipiente que medraba al abrigo del ambiente contracultural y Burroughs, que era desde luego un aberrado típico para esta doctrina (por su sexualidad desviada, por el uso de sustancias, por su afición a las armas de fuego), creía sinceramente en la capacidad de esta técnica para alcanzar la liberación mental “sin hipnosis ni drogas”. En particular, le fascinaba el uso del “electrometro” de Hubbard, una suerte de rudimentaria “máquina de la verdad” consistente en poco más que unas latas vacías de cerveza que hay que empuñar, conectadas a un sensor que detecta las reacciones del organismo frente a una serie de preguntas técnicas planteadas por el “auditor”. He pasado por este artilugio en primera persona y puedo dar fe de su sorprendente eficacia para desenmascarar racionalizaciones y romper las barreras de la autocensura, así como de la opacidad y las brutales técnicas de manipulación de la personalidad utilizadas por esta organización, extendida hoy por todo el mundo, con los acólitos que caen en sus redes. Lo cierto es que, aunque creía en la utilidad de tales técnicas y promovía su uso, Burroughs denunciaba el funcionamiento interno de una organización que tenía un desmedido afán de lucro y que se comportaba con métodos propios de una sociedad secreta o, lo que es peor, de una secta religiosa fanática. También criticaba la megalomanía del propio Hubbard, pero lo que más le indignaba era el hecho de que mantuviesen en secreto y para beneficio propio el conocimiento de sus técnicas liberadoras en vez de hacer entrega de ellas en provecho de la humanidad.

En éste como en otros ámbitos se pone de manifiesto lo que Burroughs identifica como el mayor mal, el mal absoluto que impide a la humanidad como especie dar el salto evolutivo al “espacio exterior” (su metáfora favorita para la liberación): el monopolio y el secreto de los conocimientos es lo que permite la dominación entre las personas y propicia la existencia de una élite que no solo controla y explota al 99,9%, sino que los mantiene en un estado de miseria y de necesidad permanente disponibles para sus fines. Podemos hablar de él como uno de los precursores del conocimiento libre, incluso en ámbitos que pueden resultar tan polémicos para una mentalidad de izquierdas como el uso de armas de fuego. Es conocida su pasión por las mismas, que nunca ocultó y le causó más de un accidente, como la terrible y grotesca muerte de su esposa Joan Vollmer por una imprudencia propia que le pesaría toda su vida. Pero la posición de Burroughs a este respecto no difiere de la que mantiene respecto al lenguaje o cualquier otro tipo de tecnología derivada del mismo. Quizá el problema resida en su realidad, que instala una desigualdad que es el propio cimiento de la existencia de clases, pero una vez que existen lo mejor es hacer esas técnicas accesibles a todos y promover la competencia de su utilización. El problema con las tecnologías no reside tanto en su naturaleza como en uso que hacemos de ellas, en si éste es emancipador o institucionalizador, y Burroughs no quería vivir “en un mundo donde la policía y el ejército tienen el monopolio de las armas”.

Quizá pueda verse en esta obsesión por la autodefensa un residuo todavía operativo de esa mentalidad individualista y paranoica tópica de los blancos del sur de Estados Unidos, que él tanto despreciaba y criticaba, pero a la que en el fondo pertenecía. Burroughs es un marginal no por su origen, ya que procedía de una familia acomodada y tuvo la educación que ésta se podía permitir, sino por su voluntad de transgredir los límites de la moral del rebaño. Lo que no encontraremos en ningún caso en sus escritos, a pesar de su vocación exacerbadamente rebelde y radical, es una propuesta de organización y de acción colectiva, una revolución en el sentido político que entendemos en Europa, probablemente porque su odio a las instituciones estaba siempre por encima de esa necesidad también humana de establecer vínculos, afectos sólidos, patrias ni sindicatos. El desquiciado mundo de Burroughs responde al modelo de la movilización capitalista de todos contra todos, donde el individuo se ve constantemente asediado, abrumado, sujeto a la sociedad y en permanente huida. El sentimiento de comunidad permanece ausente, y el amor no interviene más que como una de tantas amenazas de disolución y sometimiento que se ciernen sobre el yo. Esto probablemente introduce alguna sombra en una personalidad compleja, asaltada por los impulsos contradictorios de retar temerariamente al control y preservar una individualidad que, según su propio sistema, no contiene ninguna esencia, pues no es sino una construcción a base de discursos fragmentarios reunidos de forma incoherente.

“Todo hombre arrastra consigo el virus que amenaza con destruirle”. Burroughs bregó con el suyo hasta el fin de sus días sin lograr extirparlo y sin sucumbir a él por completo, topando detrás de cada inoculación de anticuerpos con una expresión distinta y aún más peligrosa de la misma amenaza. El virus del poder es insidioso, y creo que el mayor mérito que podemos reconocerle a Burroughs, aparte de haberlo aislado y denunciado con toda la precisión que permite la palabra escrita, es haber mostrado a lo largo de su vida que el campo de batalla se desarrolla dentro de nosotros mismos.



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