3/27/2014

Miseria policial y miseria social


El presente texto fue concebido como una serie de reflexiones en torno al proyecto Order del colectivo Democracia en el año 2013. Pensamos que algunos de sus puntos pueden resultar relevantes en el actual contexto generado por las polémicas actuaciones llevadas a cabo durante las Marchas de la Dignidad (22M).



* * *

¿Quienes son los policías del cerebro?
Frank Zappa (“Who are the brain police?”, 1966)

No es común que se cuestione la propia existencia y funciones de las “fuerzas y cuerpos de seguridad” (FCS). Se trata de una institución que se cree necesaria para asegurar el mantenimiento del “contrato social”, es decir, para garantizar la protección ciudadana y velar por el cumplimiento de unas “reglas del juego” básicas en cualquier nivel de la administración pública. En la práctica, ninguna sociedad moderna carece de algún tipo de policía, y ni siquiera aquellas comunidades espontáneas surgidas en rebeldía contra el orden instituido, como la Comuna de París o las recientes acampadas del 15M, prescindieron de dotarse de sus propios cuerpos y comisiones de seguridad con más o menos medios y atribuciones. Puede decirse, haciendo extensiva esta afirmación a las estructuras militares de defensa, que la propia existencia de las FCS marca algún punto de legitimidad colectiva que hay que preservar y que las avala. Esta fuente de legitimidad emana del pueblo, al que se supone que sirve y defiende.


  1. El policía es un trabajador

Mucha policía, poca diversión, un error
Eskorbuto (“Mucha policía, poca diversión”, 1983)

No obstante, nadie es tan detestado por los propios miembros de la colectividad ni tan despreciado por quienes “se benefician” de sus servicios como el policía. Tras la coraza del antidisturbios dejamos de ver al ser humano que se emboza en ella, probablemente buen vecino y padre de familia, y solo vemos la representación encarnada de la “autoridad” que detestamos, la dominación política del estado y del viejo patriarcado, con quienes lo identificamos. Esta identificación tiene un fondo irónico, puesto que el policía ocupa uno de los lugares más bajos en la escala social. Es uno de los funcionarios del estado peor pagados y un trabajador que ha hecho de la obediencia su única tarea y su modo de vida. El policía no tiene más autoridad que la de su inmediatamente superior dentro de una pirámide de mando que reproduce la de la sociedad cuyo orden defiende.

Esa vida entregada a la obediencia y a la aplicación mecánica de principios generales que otros interpretan no requiere una gran formación. Un conocimiento profundo de los valores, una fundamentación teórica de las relaciones sociales que se ajusta a mantener sería un lastre en el ejercicio ideal de sus funciones. Ni siquiera a los más altos mandos de estos cuerpos fuertemente jerarquizados, aquellos que asumen algún tipo de responsabilidad y han de tomar decisiones, se les atribuye ningún grado de autonomía personal, que sería incluso peligrosa entre quienes detentan el poder de las armas. El imaginario colectivo identifica a menudo al policía con el “perro”, y existen ciertamente perros policías con un alto sentido del deber. Como el perro, el policía husmea los bajos fondos, protege la propiedad y salta a la voz de su dueño a cambio de una medalla o una patada.

Al no precisar de una gran cualificación, la carrera policial constituye un refugio, sobre todo en tiempos de crisis, para perfiles sociales bajos que no pueden costearse una educación o que huyen de la precariedad y el desempleo, reclutando a sus efectivos principalmente entre la clase obrera, con la que se finalmente se identifican por su origen y su estilo de vida. ¿Acaso no es él también un trabajador, un empleado público cuya herramienta son las armas? Ciertamente quienes tienen propiedades que proteger no están dispuestos a arriesgar su vida en ello y utilizan a trabajadores como fuerza de choque, muchas veces contra otros trabajadores con los que el policía comparte destino. En los enfrentamientos entre policías y estudiantes de mayo de 1968, el comunista Pier Paolo Pasolini se alineaba con los primeros, en quienes veía a los verdaderos representantes del proletariado frente a aquellos pijos mimados por el sistema que se preparaban para ser futuros cuadros.

Y es cierto que el policía no se diferencia gran cosa del resto de los trabajadores cuando desarrolla su función, a la que ha fiado no tan solo su fuerza de trabajo, sino también su humanidad: su tiempo de vida, su mundo personal, su capacidad para razonar y juzgar. Cada uno en su parcela, y de forma más o menos pasiva, hemos aceptado contribuir con nuestro esfuerzo y nuestro talento al sostenimiento del mismo sistema que nos explota y, llegado el caso, nos excluye, en lugar de rebelarnos y poner a funcionar nuestras capacidades en la construcción de un modelo distinto. Es, en cualquier caso, un trabajador enfrentado a su propio destino como tal, que ha alcanzado sus derechos siempre tarde y de forma relativa. Su participación en el sufragio todavía es limitada en algunos países. En España, apenas hace treinta años que conquistó el derecho a sindicarse, sin posibilidad de hacer huelga y siempre que esta sindicación no comporte ningún compromiso ideológico o de clase. Además de renunciar a gran parte de sus derechos laborales, este tipo especial de trabajador se ve forzado a intervenir contra otros trabajadores cuando éstos tratan de ejercer tales derechos, incluso cuando las reivindicaciones que plantean les afectan a ellos mismos, como en el caso de las manifestaciones de funcionarios contra los recortes que se han sucedido en España en los últimos años.

Es decir, el policía se ve obligado a actuar contra sus propios intereses corporativos y a denunciar y reprimir a sus compañeros de destino. No resulta extraño que estos no les consideren como tales ni que desahoguen con ellos su furia. Así, hubo no solo extrañeza, sino auténtica indignación social cuando la policía se echó a las calles desde noviembre de 2012 para protestar contra las medidas de austeridad del gobierno por cuanto éstas afectaban también a su gremio. Los mismos que actuaban con desmesurada contundencia contra los trabajadores públicos que se manifestaban en defensa de sus derechos reclamaban ahora los suyos propios en un contexto de movilización social generalizada, y lo hacían blandiendo las mismas consignas y copiando el estilo de estas movilizaciones, que se expresaban como “mareas humanas”. Después de reprimir la marea verde de los trabajadores de educación y la marea blanca de los trabajadores de sanidad (1), la policía lanzaba su propia marea azul y clamaba que “la seguridad no se vende, se defiende”.


  1. El policía es un ciudadano

Era un hombre y ahora es un poli cabrón
La Polla Records (“Era un hombre”, 1984)

Uno de los aspectos más singulares de estas mareas consiste en que sus reivindicaciones no solo afectaban a los trabajadores de cada sector, sino que arrastraban consigo a gran parte de la ciudadanía afectada por los recortes de los servicios públicos. De forma que la marea verde no estaba compuesta únicamente por educadores, sino que aglutinaba un movimiento estudiantil que en otras ocasiones históricas, como mayo de 1968 o 1986, había asumido un gran protagonismo, así como a asociaciones de padres y madres y a activistas del 15M que veían en ellas razones para su continuar su lucha. Lo mismo habría que indicar en la marea blanca, liderada por los trabajadores de la sanidad, pero apoyada por ancianos y dependientes que rara vez solían participar en este tipo de movilizaciones, y en definitiva por los eventuales usuarios del sistema de salud pública, es decir por toda la población. La marea azul no atrajo sin embargo a los beneficiarios de su “seguridad”. Por el contrario, la gente se preguntaba con sarcasmo quién se ocuparía en esta ocasión de reprimirles y si se golpearían a sí mismos en el punto álgido de la protesta.

Aquí, el policía se ve enfrentado a sí mismo no solo en cuanto trabajador, sino también en su condición de ciudadano. El 23 de julio de 2011, durante la toma de las plazas, el policía Javier Roca Sierra se hizo célebre por tomar la palabra en la asamblea de Sol para manifestar su adhesión al movimiento 15M y declarar que muchos de sus compañeros “compartían sus inquietudes y preocupaciones”. Su intervención fue jaleada y a menudo interrumpida por sonoros aplausos, recibiendo desde entonces el apelativo de “el policía indignado”. Pese a que en aquel momento el policía no se hallaba de servicio e iba de paisano, el Área de Seguridad del Ayuntamiento de Madrid le expedientó meses después por una falta grave contra el reglamento de la Policía Municipal, que “prohíbe acreditar la condición de policía para manifestar opiniones”. 



Ese mismo verano, la policía se cebó con los miembros del 15M y los manifestantes laicos contra la visita de Benedicto XVI durante la Jornada Mundial de la Juventud. Lo hicieron más allá de sus atribuciones y empleando una violencia propia de regímenes dictatoriales, como probaron varios vídeos colgados en youtube donde se ve a los antidisturbios limpiar las calles desiertas a golpe de defensa, pese a lo cual fueron inmediatamente absueltos.


Hubo policías que cuestionaron esa actuación. El propio Sindicato Unificado de Policía (2), mayoritario en el sector, denunció los hechos y solicitó una investigación interna para depurar responsabilidades y limpiar la imagen del cuerpo. Su líder en ese momento José Manuel Sánchez Fornet, que se presentaba en su perfil de twitter como “defensor de los derechos humanos, civiles y políticos y del 15M”, no perdió ocasión mediática para manifestar su conformidad con las reclamaciones de la calle. Su papel fue criticado desde dentro del estamento por primar intereses políticos sobre la defensa de los trabajadores a los que representaba, y ciertamente la dinámica sindical obliga a menudo a tratar con estas cuestiones de imagen. Lo cierto es que, a tenor de lo que podía leerse en los foros policiales tras cada intervención suya, su liderazgo distaba mucho de ser homogéneo, y las actuaciones policiales siguieron ganando en contundencia (3).

Existen brechas, sin embargo, incluso entre las Unidades de Intervención Policial (UIP). Tras las “tomas del Congreso” ciudadanas que se sucedieron en noviembre de 2012 se les exigió desde la cadena de mando mayor contundencia en sus intervenciones, siendo sometidas a brutales prácticas de entrenamiento como la de Linares, que acabó con heridos y escudos de metacrilato destrozados por el lanzamiento antirreglamentario de pelotas de goma. Tales preparativos, junto a la triplicación del presupuesto para material antidisturbios aprobada por el gobierno popular en un contexto de recortes generalizados en todos los demás ámbitos, supone prácticamente una declaración de guerra del gobierno contra los ciudadanos, y el SUP llegó incluso a preguntarse si no estarían buscando un muerto para desviar la atención de la coyuntura económica. O tal vez desatar el caos para justificar acciones más contundentes, como ocurrió en Génova en el año 2000.

Cada vez más policías empiezan a sentirse ya no descontentos, sino simplemente hartos, y no saben si proyectar su frustración sobre los activistas del movimiento o sobre sus jefes políticos. Ellos son la línea del frente en un proceso de reformas sociales que ahogan cada vez más a la población y a sus propias familias. Sin embargo la situación se hace tan cruda por momentos que pocos pueden plantearse siquiera dejar las armas (su trabajo) en un contexto de desempleo y miseria social crecientes.

Siguiendo el principio de inclusividad que constituye una de sus bases, parte del movimiento 15M ha intentado a menudo reclutar a la policía apelando a su condición de trabajadores o de ciudadanos, e incluso de seres humanos portadores de principios morales y de derechos. El posicionamiento de la policía y del ejército con respecto a las luchas sociales y políticas ha sido históricamente determinante para la caída de regímenes agotados como la dictadura salazarista portuguesa en la llamada “revolución de los claveles” de 1974. En España existe un precedente mediáticamente difuminado u oscurecido durante las movilizaciones contra la guerra de Irak que sucedieron a los atentados del 11M de 2004, cuando la policía se negó a cargar contra los concentrados frente a la sede del Partido Popular el día previo a las elecciones que acabarían con la hegemonía absoluta de este partido en el gobierno. La multitud gritaba: “Mañana votamos, mañana os echamos”, mientras la policía desobedecía excepcionalmente las órdenes de los dirigentes políticos.

A pesar de las buenas intenciones que las inspiran, estas interpelaciones caen en el vacío y suponen un desconocimiento profundo de la dinámica interna y del propio papel de la policía en el actual ordenamiento. Es preciso considerar el contexto en el que estas rebeliones de las fuerzas armadas se produjeron y de qué forma llegaron a ponerse “de parte del pueblo”. El contexto era el de unos gobiernos agotados fácticamente, que habían perdido de antemano todo apoyo y posibilidad de imponerse por la fuerza y frente a los que ya se perfilaban, con cierto toque conspirativo, una solución de recambio que era la que en realidad dictaba las nuevas órdenes. Por otra parte, éstas no dejaron de serlo en ningún momento ni de fluir por el “conducto reglamentario”: no fueron iniciativa de los agentes ni estos se rebelaron contra las órdenes de sus superiores.


  1. El policía es una persona

Hay que exterminar la plaga a golpes de libertad
Leño (“Cucarachas”)

Muchos ciudadanos policías que quieren mostrarse razonables afirman compartir a menudo los objetivos de los movimientos sociales, pero no los métodos. Este ha sido el argumento desactivador que ha mantenido el SUP frente a las últimas movilizaciones. Pero resulta difícil imaginar de qué forma puede avanzar en sus objetivos un movimiento como el que lucha en España contra los desahucios, defendiendo uno de los derechos humanos fundamentales y cubriendo así las funciones que debería asumir el estado, si no es mediante actos de desobediencia civil. Casi tan difícil como pensar que la policía se atiene siempre a la legalidad cuando actúa contra el crimen, o que no puede moldear a conveniencia esa legalidad mediante reglamentos establecidos ad hoc cuando se trata de combatir ciertas luchas. Así, el problema planteado por los grupos vecinales que se oponen a los desahucios ha llevado a la policía a crear recientemente en Madrid una Unidad de Prevención y Reacción (UPR) de apoyo a los antidisturbios (UIP), conocidos como los bronce, entre cuyas atribuciones principales está el despejar por la fuerza este tipo de conflictos emergentes.


El poli bueno que empatiza con los fines que se marca un movimiento siempre va acompañado del poli malo y sin principios que no reparará en los medios precisos para satisfacer un fin superior. El mantenimiento a toda costa del orden y la ley precisa a menudo provocar el desorden y burlar las normas que la sociedad se autoimpone. En los estados democráticos existe una gran hipocresía al respecto: el ciudadano sabe en el fondo que la frágil estructura en la que se desenvuelve no podría ser sostenida sin traspasar los límites que la propia policía trata de imponer al resto de los ciudadanos. Métodos como la tortura, el allanamiento, la infiltración, la identificación y detención arbitrarias y hasta la muerte accidental forman parte del repertorio de la policía y garantizan sus resultados. El ciudadano sabe que la paz social se sostiene sobre pilares de estiércol y mira hacia otro lado, conformándose con expresar una tibia indignación cada vez que las actuaciones de Harry Callahan (4) trascienden a los medios. Al final este tipo de escándalos se difuminan en el flujo informativo que alimentan y Harry sabe que puede contar finalmente con el indulto y con la confianza de sus superiores, porque es un héroe.

Al policía, como al militar, se le supone no solo el valor, sino una falta constituyente de valores. Su aparición marca el momento en que éstos se derrumban y el orden aparece en su desnudez. El valor del policía es el contrapunto mítico del terror social que siente la fragilidad de sus bases, la paternal respuesta a las pesadillas infantiles, el tajo fácil al nudo de las películas de serie B. Criaturas despojadas de la capacidad de decidir, y mucho más de actuar, llamamos a la policía cuando el mundo se desmorona y necesitamos ser salvados. La salvación “sucede” siempre gracias a una intervención externa: el policía es el ángel enviado in extremis para restablecer el determinismo social y “mantener el orden”. Su misión es reducir todas las violencias a una sola, grande, libre y totalitaria. No es solo el monopolio, sino la razón última del Estado, aunque sea democrático.

Acostumbramos a percibir el cuerpo de policía como una de las instituciones del estado cuando representa su esencia, que es su técnica de gobierno. En su origen (5), la ciencia de la policía identificaba a ésta con la política, que tiene su misma raíz etimológica, cuyo ámbito abarcaba todo (justicia, finanzas, ejército), vigilando al hombre como “activo, vivo y productivo”, asegurando “el esplendor y la potencia del Estado” mediante “el control de la comunicación”. El hombre y la propia vida eran el “objeto de la policía”. En la sociedad del espectáculo, la policía es la representación del estado moderno, la interface a través de la cual es Estado se comunica con su súbditos con toda la crudeza de la realidad más allá de todo discurso. La razón de estado no es un arte de gobernar según leyes divinas, naturales o humanas. No necesita respetar el orden general del mundo, sino únicamente ampliar la potencia del estado (6).

Esta función representativa se deja ver y contar en la escenografía de la revuelta, subproducto del folclore revolucionario. El motivo permanente es la represión del desorden, la institución del orden. Es el relato descarnado del poder entendido como imposición, como dominación de hombres y mujeres sobre mujeres y hombres, solución final de todo conflicto. Si los contenedores no arden espontáneamente al calor de la revuelta, el fuego puede ser ajustado al relato mediante toda suerte de estrategias: cargas injustificadas, provocaciones explícitas, infiltrados... Es importante que la violencia se desencadene para que el Estado pueda hacer valer impunemente su monopolio como último recurso.

Pero ¿qué es hoy el Estado, en pleno golpe global de los mercados? La expresión extrema (ideal) y sin máscaras de lo que fue siempre en las sociedades marcadas por las condiciones modernas de producción capitalista: una mera herramienta, aunque fundamental, de la élite financiera. “El ejército, la policía y demás cuerpos especializados que ostentan en el Estado el monopolio de la violencia son la última ratio de la mercancía. ¿Qué es un policía? El servidor activo de la mercancía” (7). Hoy que la mercancía se ha desmaterializado (como las obras de arte), y los valores se han abstraído de los objetos, los estados se limitan a administrar el desmontaje progresivo de todas sus estructuras bajo la tutela y el dictado del poder financiero. Los estados regidos bajo la democracia liberal no han servido más que para consumar la fase de tránsito de un Leviatán primitivo y salvaje a otro mucho más feroz y terrible, apoyado en las tecnologías de comunicación, la ingeniería social, la guerra y la represión interna de los ciudadanos, eliminando cualquier traza de libertad o autonomía personal.

Tal es la condición desgraciada del policía, la miseria de la policía: la contradicción insalvable entre hacer felices a los ciudadanos y proteger el orden del estado en medio de todos sus conflictos, tal y como lo entendía Turquet. ¿Estado o pueblo? ¿Ciudadanos, trabajadores y dependientes o intereses individuales de la propiedad? Una vez racionalizada, el policía solo puede salvar esta contradicción remitiéndose finalmente al nihilismo: nada merece la pena, el mundo es como es y ninguna iniciativa social puede cambiarlo. Cualquier intento de sobreponerse a los condicionamientos e imposiciones del orden social que él necesita encarnar no estaría inspirado más que por agitadores malévolos sin principios ni objetivos, cuando no por un instinto siempre operante de caos y destrucción. Cualquier intento de autorganización, cualquier cuestionamiento del orden imperante no sería más que la manifestación de un desorden natural, un conflicto de todos contra todos que pone en peligro su propia posición (tan débil y amenazada) en la estructura.

La especialización de las funciones convierte a cada trabajador en un dispositivo funcional del que no solo es un ejecutor aplicado, sino también un guardián furioso. Sosteniendo a toda costa su propia actividad, justifica y sostiene el sistema en el que ésta se inserta. El profesional de la educación no está para plantearse ninguna reforma del modelo educativo, sino para mantener el modelo existente que le asegura un lugar dentro de la sociedad. Los funcionarios de la salud simplemente no se cuestionan el paradigma occidental de la intervención externa, la medicina invasiva y el poder sobre la vida y la muerte de la industria farmacéutica, sino que se aseguran a través de su práctica la existencia de un cupo suficientemente amplio de enfermos que le asegure su trabajo. El artista se convierte en policía del lenguaje, el político en profesional del poder. Es por esa razón que la policía no interviene con la misma contundencia contra los grandes capitales, generadores de riqueza basada en la exclusión. Quien hace la ley, inventa el delito.

A esta concepción, basada en la defensa preferente de la propiedad privada y en la especialización de las funciones, se opone aquella otra horizontal que defiende la participación de todas y cada uno en la organización de lo lo que es común. Bienes comunes son las riquezas naturales: el aire que respiramos, los caminos que transitamos, las aguas que atraviesan las parcelas; pero son también aquellos bienes inmateriales que sustentan y dan sentido a la realidad que habitamos: el lenguaje, los adelantos técnicos, la cultura. Y lo son, obviamente las leyes que nos damos, nuestro sentido de la seguridad. Los bienes comunes no pueden ser atribución ni objeto de la iniciativa privada, ni tampoco de un organismo público que detente algún tipo de monopolio que pueda ser rentabilizado como una mercancía. Los bienes comunes solo pueden ser discutidos y gestionados en asamblea, y un policía del pueblo no debería obedecer otro mandato que el de la asamblea. Si la seguridad es un bien común, todos han de colaborar en su sostenimiento y establecer los principios que la rigen.

La miseria policial no es más que una parte de la miseria general cotidiana en la que se desenvuelve nuestra existencia, pero es también su proyección paradigmática, la síntesis de un modelo social basado en la dominación y en la explotación de la fuerza viva. Es preciso ocupar un lugar dentro de este estado policial generalizado o exponerse conscientemente a la exclusión y a la persecución, a la refundación del peligro siempre en los márgenes. Mientras participamos de este orden, sea por activa o por pasiva, colaboramos con la policía. No basta con soñar, arrastrando nuestras cadenas con la resignación de los esclavos, pero habría que empezar por no apretar más aún los grilletes, abriendo espacios a la libre producción de lo humano. La policía no es humana. No es tanto la expresión de una necesidad como la negación de toda posibilidad.

Cuando de identifica como trabajador o como ciudadano, el policía se identifica asimismo como traidor. El que traiciona a su grupo, a su lucha, a sus sentimientos o a sus principios se convierte en un ser insustancial, un comodín de reacciones imprevisibles. Tras la coraza del antidisturbios vive y piensa un ciudadano desvalido, un obrero expropiado, posiblemente se retuerce un hombre roto. He ahí su condición desgraciada. El uniforme, en todos aquellos trabajos en los que es requerido, es la marca humillante de la despersonalización, la deshumanización, la heteronomía. Donde hay un hombre con uniforme no existe el hombre, sino el uniforme; y los espacios, los rangos, los movimientos articulados correspondientes. El policía, en cuanto policía, renuncia a su identidad personal tanto como a participar positivamente en cualquier construcción social colectiva. Es un anónimo sin base y sin objetivo, sin criterio y sin iguales: la viva imagen de un muerto y la forma pura de un replicante. 


notas
 
1 El movimiento de las mareas es un ciclo de movilizaciones surgido en España contra la política de recortes impuesta por la UE a través del Partido Popular, que afecta a servicios sociales básicos como la sanidad y la educación, entre otros. Se citan éstas como más masivas y significativas, aunque también hay que consignar la marea amarilla de los empleados de bibliotecas (uno de los sectores más duramente golpeados por los recortes), la marea negra de los mineros (que pese a no ser funcionarios del estado se beneficiaban anteriormente de las ayudas estatales a su sector), e incluso la marea roja de la multitud creciente de parados, o la marea violeta de las mujeres y las minorías sexuales, afectadas también por otro tipo de recortes que apuntan a prolongar la tradicional exclusión y a dar marcha atrás en las políticas, progresistas en este terreno, del antiguo gobierno del PSOE. Pese a que su horizonte reivindicativo de este movimiento se cifra en la defensa del estado del bienestar y en el mantenimiento de unos derechos que suponen el proteccionismo estatal, su rasgo más significativo reside en el abandono de las viejas formas de movilización sindical y de encuadramiento político para asumir el estilo y los modos de hacer que había instaurado el movimiento 15M.

2 El liderazgo del SUP tiene más que ver con las propias limitaciones a que se expone la actividad policial como sector laboral que con su actividad objetiva. Ante la imposibilidad de conformar sindicatos ideológicos o de clase, y como respuesta al régimen militar imperante en el sector, varios agentes sevillanos emprendieron desde 1978 una lucha semiclandestina por la democratización del cuerpo que se plasmó por fin en el reconocimiento y la legalización de un único sindicato policial (algo parecido a los sindicatos verticales de la dictadura) ya en 1985.

3 El caso más llamativo fue el de Esther Quintana, que perdió un ojo por el impacto de una pelota de goma lanzada por la policía autónoma catalana (Mossos d'Esquadra) durante las manifestaciones por la huelga general del 14 de noviembre de 2012, pero responde a un tipo de actuación sistemática que ha dejado en todo el estado numerosos heridos, muchos de ellos menores, como denunciaba el “demoledor” informe de Amnistía Internacional del 25 de octubre. El caso de los Mossos resulta sin embargo llamativo, por cuanto este cuerpo se ha visto involucrado en numerosos casos de malos tratos y torturas, que recientemente han derivado en la muerte del ciudadano Juan Manuel Sánchez Benítez, ocurrida durante una violenta detención en el Raval barcelonés el 6 de octubre de 2013. Existen registros videográficos de la actuación igualmente hechos públicos a través de youtube.

4 Protagonista de la película Harry el Sucio (1971) de Don Siegel, interpretado por Clint Eastwood, que se ha convertido en el imaginario popular en el paradigma heroico del policía capaz de saltarse la ley para hacerla imperar.

5 Turquet de Mayenne (1611), La ciencia en el gobierno de Luis XIV.

6 Foucault (1980), Sécurité, territoire, population (Paris, Gallimard, 2004).

7 Guy Debord: “Decadencia y caída de la economía espectacular-mercantil”, en Internationale Situationniste nº 10.