1/20/2012

Ser princesa





"Serás mi princesa de porcelana
y de mí dependerás el resto de tu vida".
(Ana y Mía)







A pesar de madrid, las chicas siguen queriendo ser princesas. Y muchos chicos también quisieran serlo. Tu sabes, loca, que para ser princesa no hace falta un ejército: basta ser la más bella del reino, tener un hada madrina y conquistar el corazón de un príncipe.

Para ser príncipe hay en cambio que nacerlo. No es suficiente con ser atractivo, justo ni valiente, todo eso se le supone como se le supone ser rico. No tiene que sacrificarse, no debe esforzarse, es un príncipe. Un príncipe ni siquiera necesita conocer a su padre, pero sí salir del coño de una princesa. Los príncipes son de cuento, pero las princesas pueden llegar a ser reales.

Es preciso acabar con el mito de que las princesas comen perdices. Una vez alcanzado el objetivo, la princesa tiene que olvidarse de todo lo que le llevó a él y ocuparse tan solo de no revelar accidentalmente los brutales fundamentos de la idea que encarna. A menudo recuerdan lo que han perdido por el camino, su renuncia a vivir de cualquier otra forma.

Nadie dijo que fuese fácil ser una princesa. Una princesa es una idea de mujer, una mujer extrema. Hay que vencer al espejo para atravesarlo, quemar el cuerpo y convertirse en una fragancia. Hay que poner el vientre al servicio de la comunidad, creerse el cuento, jugar a las muñecas en un mundo de fieras. Hay que aprender a caminar en el lodo con zapatos de tacón. Hay que hablar poco, decir nada, tener ojos solo para ser vistos, para llorar.

Al otro lado del espejo todas las princesas son tristes. La soledad no abandona nunca a las princesas, siempre esperando. Una princesa solo puede esperar ser bella, pero mientras espera transcurre la historia. A la princesa no le espera más que plasmar en su decadencia el final del reinado. 


Había una vez una princesa.


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