12/29/2011

Nada para siempre

Soberanía popular

Texto concebido para el catálogo del proyecto "Soberanía popular" del colectivo Democracia, una vuelta de tuerca sobre el proyecto "Ser y Durar" que actualmente se expone en Badajoz en el MEIAC.




“Está escrito” no significa hoy gran cosa. Cualquiera puede escribir (sin caligrafía, sin ortografía, sin grafología). Pero hubo un tiempo en que la escritura se correspondía casi sin cuestión con el ámbito de las esencias. La escritura dictaba, era la encarnación pura de la idea. Los negros eran inferiores porque “estaba escrito” en un libro occidental. Somos una cultura “de libro”, levantada sobre Escrituras. Unos tienen su biblia y otros su capital. Antes de ser bautizados somos escritos, y se dicen por escrito los contratos, las promesas de amor, la vivienda, las ejecuciones y hasta la muerte natural.

El reino de los escritos está fuertemente jerarquizado: sustantivos y derivados, verbo y citas, obras inmortales que abarcan civilizaciones completas. El escrito fundamental que imprime nuestra vida en sociedad se empezó llamando Carta Magna y ahora Constitución. No emana de sí mismo, sino del marco de valores que rigen la comunidad y de sus fuentes (políticas, morales, religiosas). Cada comunidad tiene un escrito constituyente que funda su soberanía, pero desde que descubrimos que son combustibles cambian con el paso de los años. Algunos mueren nada más nacer.

La soberanía es un concepto histórico: no encarna una esencia ni surge en la reflexión, sino en las luchas políticas que determinan la distribución del poder, cambiando su sentido en función de quién lo detenta. Su referencia es por tanto confusa y depende a menudo del adjetivo que lo acompaña. Los usos del término “soberano” se inscriben antes en el campo de la dominación que en el de la autonomía. El origen etimológico tampoco está especificado con certeza, aunque su raíz parece apuntar a algo que se encuentra por encima, que cuenta sobre todo lo demás. Lo determinante es entonces a qué o a quién se atribuye soberanía, y con respecto a qué o quién.

La soberanía es, en definitiva, el lugar del poder. Si el poder reside en una sola persona, si uno se encuentra sobre los demás se identifica con la autoridad: la cualidad de soberano que detentan monarcas y dictadores; si el poder está desigualmente repartido, unos sobre otros en razón de su clase, posición o beneficio, la soberanía se convierte en una ficha en el juego de la dominación disfrazada de bien común; si el poder se distribuye de forma igualitaria entre los miembros de la comunidad y ninguno tiene potestad para obligar a otro, entonces ya no hay soberanía alguna, porque hay autonomía. Estas tres figuras básicas se corresponden con los conceptos históricamente determinados de soberanía real, nacional y popular. Puede también hacerse residir todo poder fuera, en una instancia supraterrena que gobierna el mundo material anulando la soberanía inmanente e igualando a todos en la obediencia. Esta configuración, propia de las concepciones religiosas pero también inherente a ciertas ideologías, aboliría teóricamente todo principio de autoridad y de dominación, pero también toda posibilidad de autonomía. En la práctica ha servido para sancionar históricamente el poder de sus respectivos mediadores institucionales eliminando toda posibilidad de intervenir sobre el discurso por parte de cualquiera.

Fue justamente de las luchas entre poderes mediadores diversos de donde emergió el concepto de soberanía, vinculándose más tarde a la monarquía y a la forja del estado-nación. La afirmación del principio de soberanía nacional trataba de blindar el poder del estado no solo frente a los demás estados, sino también frente al poder religioso y frente a los intereses individuales de quienes lo conforman. El estado se erigía en garante de la soberanía suprema de la nación anteponiendo el interés común sobre los de sus particulares bajo el supuesto hobbesiano de que el individuo es asocial por naturaleza. La realidad nacional no era producto de la convergencia, sino del conflicto de intereses, de ahí que no todos los intereses tuviesen el mismo peso en la conformación de esta soberanía ni se beneficiasen igualmente de ella. El concepto de soberanía, en definitiva, no se forjó para la afirmación de la dignidad humana y el desarrollo de la libertad, sino para reducir al ciudadano a la condición de súbdito en deuda permanente con una entidad abstracta.

Fue Rousseau, en uno de sus textos clásicos que inspiró la Constitución resultante de la revolución francesa, el que avanzó una formulación que hacía extensible el principio de soberanía a todos los ciudadanos, apuntando así al sufragio universal y señalando que “la soberanía no puede estar representada, por la misma razón por la que no puede ser enajenada”. Es de esta concepción de donde arrancan nuestras imperfectas democracias parlamentarias, si bien la lógica de la representación se impuso en la práctica y la conquista del sufragio universal fue un camino largo y conflictivo. A principios del pasado siglo, el ejercicio de la “soberanía” seguía siendo, como indicaba la publicidad de una conocida marca de brandy durante la dictadura, “cosa de hombres”.

La “soberanía popular” que proclama esta formulación es por tanto un concepto derivado, construido idealmente por contraposición al de “soberanía nacional” que había legitimado anteriormente a las monarquías y a los gobiernos liberales burgueses, basados en el sufragio censitario. Su sentido era incluir a las capas más bajas de la población, elevando a los productores materiales a la condición de productores de la realidad social. Como figura teórica es un oxímoron, pues si la soberanía se extiende universalmente nadie puede ser proclamado soberano más que de su propia vida. Nadie está sobre otro, el poder no tiene residencia fija y la soberanía pasa de ser un atributo de dominación a ser una garantía de libertad.

La Constitución de 1812 promulgada por las Cortes de Cádiz fue el primer escrito fundamental que afirmaba en España la soberanía nacional. La Constitución de 1978 actualmente vigente afirma que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, lo que supone la declaración más avanzada de la extensión universal del principio de soberanía que hemos conocido en nuestra historia. ¿Cuál es su alcance efectivo? El ejercicio del principio de soberanía queda restringido para el ciudadano según el mismo escrito constituyente a la capacidad para pronunciarse cada cuatro años en la elección de sus representantes, es decir se reduce en la práctica a sancionar de cuando en cuándo a quienes ejercerán sus derechos por delegación.

Las democracias parlamentarias occidentales atraviesan hoy una profunda crisis. La pluralidad y el debate han quedado reducidos a la elección entre dos opciones cuyas propuestas resultan intercambiables. La dictadura de las mayorías anula toda diferencia e impide cualquier avance. Los gestores corporativos han traicionado el mandato popular y han entregado su autonomía a la presión del poder financiero, hasta el punto de cambiar leyes fundamentales sin consulta. La distancia entre la ciudadanía, que reclama mayores márgenes de soberanía, y sus representantes elegidos que interpretan el voto no como un aval, sino como un cheque en blanco para gestionar los asuntos públicos a su antojo, se ha hecho insalvable. Bajo la consigna “No nos representan” la gente ha salido a las calles en todo el mundo y se ha organizado en asambleas libres, abiertas y horizontales cuya dinámica expresa la forma más pura de soberanía popular.

La voz del pueblo no es un clamor ni un himno, sino un diálogo entre individuos eternamente inconcluso. Un pueblo no es una nación, una realidad distinta de las personas que lo conforman capaz de desarrollar intereses propios. No somos todas, sino cada cual, luego no existe pueblo soberano sin soberanía personal. En el mismo texto donde explicita el principio de soberanía popular, Rousseau se pronuncia a propósito de la democracia liberal: “El pueblo inglés cree ser libre, y se engaña mucho; no lo es sino durante la elección de los miembros del Parlamento. Desde el momento en que éstos son elegidos, el pueblo ya es esclavo, no es nada.” Y remacha: “Toda ley no ratificada por el pueblo en persona es nula; no es una ley.” No queremos ejercer nuestros derechos por delegación: queremos afirmarlos en la discusión y aprobación de cada decisión que nos afecte, y queremos sobre todo participar en la redacción y vigilancia de las leyes fundamentales. Hoy existe la tecnología y la cualificación ciudadana suficiente para ello. El pueblo islandés, que ha puesto en marcha una iniciativa para discutir y redactar su Constitución a través de las redes, está marcando el camino.


12/27/2011

Invitación a la insumisión bancaria

Hoy cedemos nuestro espacio para la difusión del reciente comunicado de Enric Duran, activista y expropiador de bancos.




Este otro vídeo antiguo nos explica el sentido de la acción por la que se enfrenta a la petición de ocho años de cárcel por parte de la fiscalía del estado.




Más información: Derecho de rebelión

12/16/2011

Estética del 15-M (1). Cambio de modelo

¿De qué puede presumir el movimiento 15M seis meses después? La crisis no ha cedido, sus principales  responsables han sido elevados al gobierno en España, no se ha abierto el debate sobre una verdadera democracia, el poder se ha reafirmado y ya anuncia sin pudor el endurecimiento de sus políticas. La gran energía social invertida en la revuelta no ha tenido aparentemente consecuencias “reales”. No obstante, se ha escrito una página de nuestra historia que desarrollará numerosas secuelas. Quienes aún están viviendo los acontecimientos no podrán olvidarlos nunca ni serán olvidados. Su dulce derrota ha impregnado el mundo. La dura realidad es ahora mucho menos consistente. La primavera árabe marcó el camino rompiendo con su historia. Desde Oakland a Atenas, de Reikjavik a Santiago se extiende la agitación. Este movimiento internacional ha asumido en muchos lugares el imaginario y las prácticas de lo que se dió en llamar spanish revolution.

En su irreductible heterogeneidad, surgió ya con la conciencia, mantenida en ciertos círculos pero que nunca antes se había expresado como un sentimiento general, de que el sistema no da más de sí, de que es imposible salir de los problemas a partir de las viejas formas de entender la política, la economía, las relaciones sociales, de que no son razones objetivas ni leyes inexorables quienes nos han llevado a esta situación, sino la propia lógica del sistema, los valores y la percepción del mundo sobre cuya base nos pensamos. Lo que se precisa en consecuencia no es un cambio de gobierno ni una reforma superficial de tal o cual aspecto de la legislación, sino una profunda y radical transformación del modelo, un replanteamiento del mundo y de nuestro lugar en él. Ésta era en efecto la consigna que el 15-M enarboló en su manifestación convocada con vistas a las elecciones del 20-N.


Es esto lo que afirma también una consigna básica como “No nos representan”, más allá de su acepción política: si no nos sentimos representados, si el guión del mundo se desarrolla como una fatalidad al margen de los intereses y de los deseos de la mayoría de las personas, se impone generar nuestras propias representaciones, hacer tabla rasa con la vieja realidad y empezar a construir socialmente la nueva desde sus fundamentos. Esto no es algo que pueda llevarse a cabo mediante una simple “regeneración política”. Exige transformar nuestra percepción de lo real y los modos de construcción social. Ningún cambio social profundo llega a hacerse efectivo sin intervenir sobre los patrones culturales, sin una revolución en el campo de la estética entendida no como ciencia, sino como marco perceptivo que orienta la conducta humana. La estética no es un simple asunto de distinción o un reflejo de la infraestructura, sino una dimensión constituyente del ser humano con fuertes implicaciones políticas.

Un movimiento como el 15-M, que ha desarrollado en tan poco tiempo referentes simbólicos propios y una cultura paralela, no puede obviar esta dimensión, pero tampoco enfrentarla de forma explícita. Es algo que se da por supuesto, pero que no se puede definir de antemano sin comprometerse y comprometer al movimiento en su conjunto. El nuevo sentido estético desarrollado por el 15-M no entraña un estilo o una simple moda. No es una corriente que se afirme en obras acabadas, en grandes síntesis entregadas a nuestra contemplación asertiva. Es un desarrollo procesual y abierto, una secuencia de sucesos que dejan una impronta, una huella, una imagen en la memoria (analógica y digital) antes de disolverse en su propio flujo.

Definir el estilo del 15-M equivale por tanto a tratar de identificar a sus líderes. Sí lo intentaron los medios de comunicación extendiendo el tópico del perroflauta, es decir de una supuesta bohemia marginal, parásita y antisistema que se identifica con lo sucio, la vagancia, el botellón barato en las calles y el desorden vital. A partir de esta imagen toda la representación que determinados ciudadanos se hacían del campamento, con sus materiales precarios, la acumulación de objetos heterogéneos y la falta de instalaciones se relacionaba con los asentamientos chabolistas o con la deriva urbana de los sintecho, convirtiéndolo en un foco de infección o directamente en una amenaza para la civilización. La campaña de desprestigio a la que respondía esta imagen fue pronto contestada en las redes de mil formas con la ironía popular que se ha convertido en uno de las marcas más características del movimiento. Obviamente la magnitud y la  participación que éste había alcanzado era demasiado amplia para poder ser reducida a folklore, pero este episodio resulta ilustrativo de cómo se puede atacar y marginalizar a un movimiento social con una simple representación sesgada.




La estética del movimiento tampoco se ha proyectado sobre una serie de “obras” que vayan a quedar como testimonio histórico (y no por falta de creatividad dentro de la acampada), ni puede descifrarse a través de una serie de artistas representativos (y no porque haya en él nada de iconoclasta). Si ciertos artistas se han declarado simpatizantes o participantes del movimiento, y otros lo han integrado en sus obras como un elemento más en su reflexión, ha habido en general bastante respeto y cuidado de no “apropiárselo”. Su no-representatividad política ha calado también en su estética. Si nadie puede decidir por otro, nadie puede tampoco expresar por otro, todas soñamos en primera persona. La comisión de Artes no funcionaba como demiurgo catalizador de inquietudes o productor de sueños, sino como un taller donde aplicar ciertas técnicas para plasmar instrumentos de agitación. Las performances e intervenciones se sucedían sin otra firma que la del 15-M. En la memoria colectiva del movimiento perduraba la imagen del autor como propietario corporativo de las imágenes, uno de los objetos de su odio (ley Sinde), y no como el ser investido de poderes especiales, el genio que justifica la desigualdad entre las personas según la antigua concepción burguesa.

Y sin embargo puede decirse que lo que la gente vivió en la plaza, a tenor de sus propias descripciones, fue una experiencia estética total, uno de esos raros momentos en que lo real cede terreno ante lo posible y caen todas las barreras, como el que describe Ken Knabb en su libro El placer de la revolución. Una experiencia de este orden constituye justamente lo que los artistas modernos, y especialmente las vanguardias, perseguían cuando hablaban de la utopía estética, de la “obra de arte total” que abolía todas las separaciones:
  1. La separación entre las diversas artes, haciéndolas concurrir junto a las técnicas en la producción de un ambiente colectivo.
  2. La separación entre espectador y productor cultural, invitando a todo el mundo a la participación. Las vanguardias predicaban que en todo ser humano hay un artista, y el objetivo de todas las utopías estéticas del siglo pasado era el desarrollo integral del individuo, cuya libertad nunca sería plena sin el ejercicio de este potencial creativo en la producción de sus propias condiciones materiales.
  3. La separación entre el arte y la vida, aboliendo el mundo autónomo de la representación que en la estética burguesa funcionaba como evasión y consuelo de una realidad insatisfactoria. Se trataba de integrar los recursos y procedimientos de la imaginación en una práctica de mejora efectiva de las condiciones de la vida cotidiana.
Es conocida la deriva del proyecto ilustrado de “realización del arte”, cuyo principal efecto fue la ampliación del campo de lo artístico para incluir aquellas producciones efímeras, inmateriales o procesuales que atacaban los fundamentos de la institución. Se trataba, y se consiguió reducir e integrar en el tradicional paradigma aquellas emergencias que cuestionaban la dinámica de producción cultural haciéndolas funcionar como meras representaciones documentables y comerciables, sin ningún efecto radical sobre la ideología. Hubo corrientes utópicas que ensayaron otras vías en busca una práctica alternativa capaz tanto de abolir como de superar el viejo sistema artístico. Entre ellas, quizás fueron los situacionistas los que alcanzaron formulaciones más eficaces con su propuesta de un “urbanismo unitario”, es decir, con la aplicación de todo el instrumental técnico y de todos los recursos artísticos en la construcción del entorno. Pero sus formulaciones se quedaron en meras propuestas teóricas hasta la apropiación efectiva de esas técnicas y de esos recursos, que estaban de momento en manos del capital concentrado. La situación no es que haya cambiado mucho: esta lógica concentracionaria ha seguido su curso produciendo una realidad cada vez más extraña y ampliando la brecha entre clases. Pero quizá los situacionistas se planteaban objetivos demasiado ambiciosos para su época al intentar intervenir desde arriba en campos como el urbanismo (producción material de nuestro entorno), o el cine (fábrica de sueños), ámbitos que por entonces funcionaban según la lógica de la superproducción y exigían una gran concentración de medios.

Lo que sucedió el 15-M y en las jornadas que siguieron hasta la consolidación de la acampada tiene mucho que ver con esta aspiración de una experiencia radical, de una realización humana integral y colectiva, de una obra total que abola todas las separaciones: la especialización como fundamento del dominio; la distinción como fundamento de clase; la representación como algo meramente ideal. Tras la catarsis del encuentro, de la encarnación material del espacio virtual (pero público) que habíamos forjado en las redes, sucedió la necesidad de construir una situación, de canalizar toda esa energía liberada de constricciones, miedos e intereses en una realidad simbólica, en algo que pudiese funcionar al menos como inspiración para futuras luchas. Así surgió la acampada, una ciudad dentro de otra, una sociedad alternativa capaz de sobrevivir con los despojos del sistema. Y lo hizo en el corazón de las ciudades, negando así su marginalidad e iluminando los espacios simbólicos que fueron escenarios de la historia, desviando y dando nuevo sentido a los monumentos que protagonizan el imaginario colectivo, haciéndose visibles y convirtiendo a las plazas en un medio de comunicación, restaurando en ellas la vocación de ágora.

12/13/2011

Somos el 99%

Sol a estallar. La multitud se comprime en un paquete y desborda las calles vecinas. Gente de todas las edades se desplaza con dificultad con el rostro alucinado y la sonrisa estática. Se forman grandes corros alrededor de un orador encendido o de un artista callejero. ¿Es que el 15M ha vuelto a las plazas? Es que empieza la navidad.

Una vista elevada apenas muestra rasgos distintos. El mismo enjambre humano, similar alboroto, policía. Únicamente la inmersión en este magma borracho resulta menos gozosa, y casi irritante. Aquí la humanidad no se reconoce. Cada uno tiene sus propios planes que no incluyen a los otros. El roce es viscoso, se percibe la resistencia del medio, se palpa la antipatía.

La sociedad es en efecto un medio líquido. Nos movemos entre los otros como en una sustancia que nos sostiene y limita nuestros movimientos. Cuesta mantenerse a flote: buscamos puntos de apoyo y encontramos condiciones, pedimos ayuda y solo los preceptos responden. El dinero es el saturador de este fluido, nos hace tontos y obtusos produciendo en realidad un fango espeso. Las jerarquías crean una superficie y un fondo. Cuando eres reconocido, cuando percibes un ingreso puedes sacar la cabeza unos instantes y respirar, pero el resto del tiempo chapoteas desesperadamente en el barro, aguantando los tirones de quienes nadan por debajo o sepultándote en el coágulo. Quizá no vuelvas a ver la luz.

No sabemos estar juntos porque estamos separados. No hay flujo. El conocimiento se atasca en la autoría, la opinión en el dogma, el amor en el interés, la libertad en el miedo.

Todo encuentro, toda alianza entre partículas crea un contexto superior que no es el resultado de una suma, sino de una simbiosis. Lejos de impedirnos, nos proyecta. Necesitamos la opinión contraria para no volvernos locos. Sin ellas y ellos no es posible realizar nuestros sueños más íntimos.

Lo hemos visto, lo hemos vivido, loca. Chocar y estallar para conquistar el estado gaseoso. No podemos dejarnos llevar por la masa.