10/09/2011

Tente mientras cobro

Ironías del urbanismo sostenible

Extractum de la intervención de "no había futuro" en las Jornadas de reflexión sobre urbanismo, arquitectura e impacto medioambiental "Ironía y sostenibilidad", organizadas por el colectivo Basurama.

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En todos los planos de la actividad humana estamos alcanzando un punto de ruptura. Esta ruptura puede encaminarnos hacia la destrucción de la civilización tal y como la conocemos o hacia un radical, profundo cambio de paradigma.

En momentos tales crece la sensación de que es necesario “hacer algo”, de que es urgente actuar en algún sentido para recomponer el presente y garantizar el futuro. Pero no es menos preciso practicar entonces la detención del pensamiento, la reflexión crítica acerca de aquello mismo que nos permite pensar, la clarificación de nuestros conceptos y la necesidad de nombrar y abarcar nuevas realidades. Y es que no resulta banal, en un foro que reflexiona sobre urbanismo, recordar que el lenguaje es también una “construcción social”, que habitamos conceptos, transitamos textos y frases hechas, que el tiempo y la historia pasan también por el lenguaje y producen deterioro, espacios vacíos, ruinas. Y que es preciso intervenir sobre él para restaurarlo, remover cimientos, demoler viejas fórmulas, diseñar nuevos usos y acepciones.

Desde la economía, desde la estética, en la gestión política de las multitudes, en el plano más concreto de los usos y costumbres hemos desarrollado una conciencia de límite que estaba ausente, o que al menos no tenía una presencia tan insistente ni tan definida en la ideología moderna, en la que hemos estado discurriendo desde antes del pasado siglo, que lo atravesó totalmente y que hoy se encuentra cada vez más desacreditada (en el plano intelectual) en su lógica de progreso constante y desarrollo infinito.

Todo equilibrio era entonces producto del movimiento, el resultado de un avance. Toda solución a los problemas generados por este estado de cambio permanente era buscada mesiánicamente en la innovación. Una innovación que, de no surgir de forma espontánea del propio obstáculo que la haría posible, simplemente había que nutrir y estimular financiando al efecto programas de investigación. Daba igual cuán errática fuese la vía de investigación mientras sirviese para abrir nuevos espacios de desarrollo y multiplicar así los recursos en ella invertidos. A tal punto llegaba este protocolo que lo mejor para seguir progresando era generar nuevos problemas, inventarlos incluso para poder seguir financiándolos.

Ningún retorno, ninguna corrección de trayectoria era siquiera considerada en esta permanente huida hacia delante que propugnaba la modernidad basándose en la dinámica exponencial de la economía y olvidando, quizá, que la economía habla de la gestión de unos recursos por definición limitados, que no pueden crearse de la nada: si fuese así no habría economía. Resulta paradójico que este proceso de economización de la existencia, que va parejo con la movilización cada vez más espectacular de energías y productos, tenga tan poco que ver con el sentido original de la palabra economía: economizar significa minimizar costes, evitar gastos y pérdidas. Algo económico es algo que no cuesta mucho. La actual gestión de la economía se encamina por el contrario a la magnificación de las operaciones, a la subsunción de toda esfera de actividad humana en la lógica productiva, a la extracción de márgenes de plusvalía siempre crecientes, al aumento del consumo y la depredación acelerada de los recursos disponibles.

Hoy parece que esta dinámica haya tocado su techo, o quizá deberíamos decir que ha tocado fondo. Desde aproximadamente los años ochenta, cuando la conciencia moderna se queda antigua y se vislumbran los signos de un apocalipsis, empieza a asumirse que no hay paso al noroeste ni más leña que la que ya arde. Recordemos que en aquellos años se desarrolla también una estética nihilista bajo la consigna “No Future”.

Es entonces cuando la ONU pone cartas en el asunto y financia una comisión de expertos para que establezcan una serie de condiciones que habrá de implementar el desarrollo de cualquier proyecto que pueda tener algún tipo de impacto medioambiental. El resultado es el Informe Bruntland, que establece el "criterio de sostenibilidad" consistente en “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las futuras”. Dicho criterio encuentra un campo de aplicación preferente en el urbanismo, dado su impacto determinante en los modos de vivir. Desde entonces todo proyecto de construcción incluye un amplio apartado dedicado a vender la etiqueta “sostenibilidad”, y el concepto se ha incorporado a las legislaciones antes de pasar por la Real Academia.

Se trata sin duda de una buena idea, equiparable en su belleza al imperativo categórico. No entendíamos cómo no se nos había ocurrido antes. Y como todas las buenas ideas, lo hubiese seguido siendo si no hubiese descendido al mundo corrompido de los hechos, es decir, si nunca se hubiese aplicado. Pues cuando las ideas atraviesan la noosfera para insertarse en cada encéfalo caliente se descomponen. Cuando circulan de mano en mano, de peritaje en subasta pública se manchan como el espíritu inocente de los niños. Y cuando se solidifican ya no hay quien las mueva.

El criterio de sostenibilidad se descompone así formalmente en ámbitos diversos, pues se propone valorar diversos tipos de impacto. El informe Bruntland se plantea en efecto el impacto medioambiental de cualquier proyecto de desarrollo. Se trata a fin de cuentas de un concepto que hunde sus cimientos en la tierra, transferido de los planteamientos de la ecología, por lo que tendrá que atender a la ocupación del territorio, a la escasez de los recursos, a la canalización de los residuos, etc. Pero debe valorar también el impacto humano, la satisfacción de necesidades básicas como el alimento, el oxígeno o la vivienda, innegociables en cuanto constituyentes de la naturaleza humana y de lo que hoy llamamos “calidad de vida”, ¿os acordáis de cuando no se hablaba de ella? Y debe también valorar su impacto económico.

Los filósofos somos gente muy simple, acostumbrada a tratar con ideas puras. Sabemos poco de mucho y nada de todo, de manera que se nos cita a este tipo de reuniones para que manifestemos nuestra perplejidad a propósito de cómo es posible, por ejemplo, que la habitabilidad entre en contradicción con el hábitat. Hemos tardado más de veinte siglos en advertir que el desarrollo económico tiene un funcionamiento autónomo que atenta en muchos casos contra el desarrollo humano, y que puede en último término hacerlo insostenible. El criterio de sostenibilidad debería servir para integrar todos estos campos en una única realidad, hacerles responder a los mismos condicionamientos. Debería poder darles un sentido común. En la práctica, las dificultades de su aplicación proceden no obstante de la incapacidad para conjugar las dinámicas de sus diversos ámbitos de proyección (humano, medioambiental y económico) que mantienen lógicas distintas y en ocasiones enfrentadas. Así vemos cómo la vida humana se refugia en comunidades precisamente para enfrentar la intemperie, y cómo el desarrollo de estas comunidades ha tenido a la larga un impacto negativo sobre el territorio. Pero además vemos que el progreso económico, en su lógica exponencial, sólo resulta viable en base al saqueo de los recursos y la explotación del hacer humano.


El propio concepto de sostenibilidad convive difícilmente con el de desarrollo, un vecino incómodo (hay quien subraya esta incomodidad a propósito del propio término “urbanismo”), y pasa de ser un valor absoluto a convertirse en un adjetivo relativo, en una idea sin sustancia, una vaguedad en manos de quienes tienen que calibrarlo en función de una multitud de indicadores no definida de manera precisa en ninguna parte y que pueden servirse a la carta. En último término la sostenibilidad, esa hermosa idea “para un futuro común”, ha llegado a convertirse en una mera etiqueta de moda, un epígrafe políticamente correcto bajo el que desgranar una retórica vacía y bienpensante con la que tranquilizar las conciencias de los súbditos votantes mientras se sigue ejecutando el expolio del territorio, se implanta de forma creciente la deuda sobre la vida y se impone el único principio de sustentabilidad que finalmente se reconoce y que tiene una formulación concreta: el de la viabilidad del desarrollo económico, que sigue funcionando según el viejo paradigma moderno.

Recupero la noción de límite (límites al desarrollo infinito, límite histórico) que según señalamos más arriba inspiró toda esta problemática. Desde hace casi una década viene hablándose de crisis, y nuevamente detectamos aquí una desvirtuación conceptual. Las crisis son buenas para limpiar y engrasar el sistema, para neutralizar los “productos tóxicos” generados por éste en su dinámica especulativa. De las crisis, como de las enfermedades, se sale renovado y fortalecido. Pero ¿y si no se trata de una enfermedad, sino de un estado final? Todo lo que se desarrolla nace, crece, pasa por diversas crisis, produce algo y muere. Y las viejas fórmulas que se siguen aplicando a pesar de que ya nada de ello funciona, sino que nos hunde más profundamente, se parecen mucho a la ventilación asistida.

Resulta curioso que la toma de conciencia de este límite, y el intento de plantear medidas de ajuste, haya coincidido en el tiempo con la instrumentalización por parte del capital financiero del sector inmobiliario para ejecutar sus propios planes de desarrollo, y que haya contado para ello con la colaboración entusiasta de los poderes públicos, al punto de convertir dicho sector en principal motor de la economía. Lo que confirma las sospechas de que cuando los gobiernos empiezan a pactar ha llegado la hora de ponerse a temblar. Intereses políticos y económicos se funden en una acción concertada. Lejos de apuntar a garantizar un derecho humano básico, que constituye uno de los hilos maestros con los que se teje el concepto de sostenibilidad, las administraciones de todos los niveles se han entregado a la lógica de los mercados, la de la producción y el consumo acelerado y el desarrollo sin límites, que es lo que al final se trata  precisamente de “sustentar”. Así, más que hablar de urbanismo sostenible tenemos que hablar hoy, con la ironía que nos ha citado aquí, de economía sostenida gracias a la especulación urbanística.

Pero ni siquiera esto se sostiene ya. Después de algunos años de borrachera inmobiliaria todo el sistema se ha revelado como una pirámide sin cimientos. Especulación viene de espejo, y el espejo proyecta una realidad multiplicada, pero solo aparente. Hoy el límite no se expresa únicamente como restricción o como ajuste en los viejos modos de hacer, sino también como fin del modelo. Es preciso plantearse cuáles serán las nuevas fuentes de valor. El criterio de sostenibilidad puede funcionar como principio rector del nuevo paradigma siempre que no se rinda estrictamente a su dimensión económica y se aplique realmente como integrador de los demás ámbitos. Numerosas sensibilidades se alzan ya en ese sentido y se desarrollan proyectos reales de sustentabilidad en marcos todavía alternativos, soluciones técnicas que aún no han obtenido el certificado de rentabilidad que emiten los mercados. Se convertirá en valor hegemónico cuando logre desenvolverse fuera de los márgenes de la economía-ficción y su afán continuista, cuando el territorio y la vivienda dejen de ser mercancías en manos de políticos y banqueros. 

Es decir cuando el sistema colapse definitivamente y la realidad se imponga como único recurso.

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