10/05/2011

Democracia ideal (1). No nos representan

Ni desde fuera ni, parece, tampoco desde dentro. Lo que se puso en marcha el pasado 15 de mayo ya no puede ni sabe detenerse. Un torpe intento de apuntillar al “movimiento indignado” aprovechando las fechas en que todo se disgrega solo consiguió afirmarlo y relanzarlo. Hay fuerzas negativas más potentes que la voluntad estreñida y el ilusionismo torpe, y ya no es preciso especular con el impulso de la gran conspiración. Solo obedece a su propia inercia, y esto es cada vez más manifiesto en la multiplicidad de iniciativas espontáneas y en su despliegue autónomo, diverso y soberano. Las asambleas se autoconstituyen en poder paralelo. Ya no son manis, son derivas. Las marchas nunca llegan a su destino. Pero ¿saben adónde van?

Si el 15M fuese un movimiento en el sentido conocido tendría claros sus objetivos y la agenda para alcanzarlos, pero hasta hoy éstos aparecen tan indefinidos como las fuerzas que lo activaron. Desde todas las instancias se le pide urgentemente que se manifieste, que desvele su programa y su estructura. Se le quiere reducir a la realidad desde sus propias consignas: “democracia real”. Pero “real” es lo que hay, salvo que se interprete la realidad de los universales en sentido platónico.

Pongamos, loca, que la “realidad” tiene excesivo prestigio en este mundo virtual, y que lo que busca esta gente es una “democracia ideal”, es decir una “verdadera democracia”, y que solo un observador externo, un ser tan omnisciente como ajeno a lo que ocurre podría definir lo que es eso. No sabemos si ese Ser existe, pero si existiera probablemente no quisiera revelarnos ese conocimiento, y si nos lo revelase seguramente nos costaría entenderlo. No perseguimos ninguna esencia, no seguimos ningún manual, vivimos a la intemperie del sentido. Pero no estamos solos.

¿Quiere decir eso, como enfatizan los los voceros del sistema fáctico, que no sabemos lo que queremos? Yo creo que tenemos alguna idea, y que algunas de estas ideas son tan jodidamente buenas que pueden despertar un amplio consenso. Lo que queremos es bastante personal, pero el deseo se construye en común. Las fantasías son individuales, pero la imaginación es colectiva. Por eso no hay que obsesionarse y sí saber esperar construyendo. Sin ser muy partidario de las consignas, creo que esto es lo que significa “vamos despacio porque vamos lejos”. ¿Por qué no cogemos el avión? Porque el sentido de la marcha no es llegar, sino construir por el camino, mantener la llama viva y dispersar semillas.

En todo caso sabemos muy bien lo que no queremos porque nos hemos alzado contra ello, y estamos construyendo a partir de este rechazo una realidad paralela cuyos rasgos se oponen a lo que, huérfanos de creatividad, hemos aceptado durante mucho tiempo como un hecho. Así se ha constituido, mediante negaciones que liberan un espacio vacío, lo que se ha dado en llamar intuitivamente “espíritu del 15M”, una fuerza dinámica y no una esencia.

Sabemos que no nos representan, que ningún ser humano representa a otro, que ninguna imagen representa a un ser humano y ninguna ideología nuestros deseos concretos. Hemos comprendido, cierto que más gracias a la fuerza de los hechos que a la de las razones, que la “democracia representativa” no es democracia, y que no podemos poner nuestros destinos en manos de especialistas corporativos. Estos “representantes” acaban convirtiéndose en puras representaciones, actores de un drama que escriben los dueños de los recursos (capital, violencia institucional, medios de comunicación).

Fue éste un sentimiento unánime (un consenso implícito) que sacó a la gente a las calles en vísperas electorales. Y fue a partir de este sentimiento que la gente se organizó en asambleas (libres, abiertas, horizontales) para sorpresa de quienes pensaban que los procedimientos asamblearios, una vieja tradición de la izquierda extraparlamentaria, habían quedado fuera de juego en la tecnológica, mediática e hipercompleja sociedad global. Es que la asamblea es una idea eterna, un ente inspirador más fiado al mañana que dependiente de su ayer marginal e imperfecto, y lejos de sucumbir a las redes (al olvido futurista, la lógica espectacular, la descomposición virtual) ha sabido experimentar a través de ellas formas de expresión, de organización y de gestión que le resultan afines y le permiten “entrenarse” en su dinámica: blogs, foros, redes sociales... compartir enriquece y resulta al final más práctico que trollear.

La democracia ideal que empezamos a conocer a partir de la negación de la existente debe asegurar la participación universal: no en la elección de quien ha de tomar las decisiones, sino en la toma de cada decisión. El discurso de los especialistas que interpretan la totalidad a partir de su área específica de conocimiento supone la auténtica dictadura ideal: ¿qué sabe de economía un asesor financiero que nunca experimentó un desahucio? Quienes la han cagado de forma tan rotunda y pastosa no tienen ninguna autoridad para deslegitimar nuestros experimentos, pues la solución no saldrá de las mentes de los especialistas empeñados en validar un conocimiento que ha fracasado, sino de la tormenta de ideas generada en procesos colectivos.

Al asumir la dinámica asamblearia, el “movimiento” se sitúa no obstante en un espacio marginal dentro del sistema de la vieja política, que no reconoce legitimidad a las asambleas y reclama insistentemente la presencia de portavoces a los que cooptar, de propuestas que derribar en negociaciones posibilistas, de una organización a la que aislar como un subconjunto de la sociedad que saltó unánimemente a las plazas para denunciar ese mismo sistema excluyente. Se produce así la paradoja de una gran fuerza social en acción que no encuentra vía de acceso a los procedimientos institucionales. Hay quienes se impacientan ante este hecho, se sienten impotentes al contemplar la alternancia indiferente del gobierno y temen que toda esa potencia puesta de manifiesto en las calles se resuelva en un brindis al sol. Se abre paso así la tentación de entrar en el juego conformando un partido, al que imaginan votando en bloque todos los indignados y al que suponen blindado frente a la lacra de la corrupción sistémica y la posibilidad de que entren a saco en él los profesionales corporativos de la política.

La creación de un partido político que llevase al parlamento las propuestas de las asambleas es en efecto la respuesta fácil y “realista” (pragmática, contrarrevolucionaria) al reto lanzado por el 15M, pero lo más barato no es necesariamente lo mejor. Supondría el debilitamiento de la rebelión ciudadana a corto plazo y su absorción final en la farsa de la democracia representativa: porque atenta contra su espíritu y su inspiración, porque la divide, la difumina y le hurta su identidad, que no consiste sino en un procedimiento formal. ¿Cuál será el encuadramiento ideológico de ese partido? ¿Y su programa? ¿Se pondrá al nivel de sus señorías, a las que se verá desde entonces obligado a reconocer como democráticamente elegidas? ¿Dónde quedará el respeto?


Las iniciativas que se han lanzado en este sentido han encontrado escaso eco y han topado invariablemente con el bloqueo de las asambleas. Pero no resulta tan sencillo conjurar un peligro más taimado: la instrumentalización por parte de los partidos tradicionales. De los minoritarios que aspiran a alcanzar alguna representación gracias al desvío de votos y de los mayoritarios que ven en él un recurso para desgastar al enemigo. Es difícil no jugar esta partida, y el 15M lo ha hecho ya peligrosamente centrándose en su pulso inútil contra el bipartidismo. La idea es extrema y tiende a la simplificación. Un llamamiento masivo a la abstención hubiera sido no solo más coherente (la consistencia de la idea se llama coherencia), sino también más eficaz al jugar con una carta ganadora. Un 50% de abstención, objetivo no imposible de alcanzar partiendo de las actuales cifras, supondría serios problemas de legitimación para cualquier gobierno. 

Ante la certeza de que tratarán de instrumentalizarlo en un sentido u otro, el 15M no debe responder sino yendo a lo suyo, caiga quien caiga. El 20N no es su meta ni su horizonte.

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