8/27/2011

Tú eres Pedro

La gran fiesta de la juventud "católica" en Madrid llegó a su fin sin rozar la pena ni la gloria. Lo poco de histórico que trajo consigo fue extrínseco a la celebración, sin que la mayoría de los jóvenes cristianos que inundaron eufóricos la ciudad se sintiesen realmente afectados por cuanto ocurría a su alrededor y por su causa. Ni excesiva pena ni alguna gloria tampoco para quienes tomaron el evento como una oportunidad de afirmación "laica" y como una celebración alternativa de su propia diferencia. 

No pasó nada realmente grave, pese a las excelentes previsiones en este sentido, aunque dejará posos muy graves donde escarbar. Residuos no solo materiales, porque todos somos cuerpos y hemos de comprendernos y aceptarnos en primer lugar como cuerpos, con todas las limitaciones y miserias que ello supone, sino también "espirituales": profundización de conflictos irresueltos, radicalización de las identidades que imposibilita cualquier diálogo, brecha política y social. Semillas de odio que deben ser purificadas.

Si hay algo que comparten cristianos e indignados, al margen de sustanciales diferencias en cuanto a procedimientos y objetivos, es que son movimientos culturales muy amplios y difusos, con gran pregnancia social actualmente, pero sin claves firmes de pertenencia. Ambos se orientan en un sentido crítico hacia el sistema, si bien históricamente la Iglesia como institución se ha venido apoyando en él. En este país todavía somos casi todos "culturalmente" cristianos, aunque esta determinación puede vivirse según diversos niveles de compromiso, promoviendo incluso construcciones identitarias a la contra. 

El 15M logró romper las barreras ideológicas y atraer las simpatías de esta población en su mayoría vagamente cristiana, inconscientemente cristiana en muchos casos. Esta ruptura de departamentos, esta pertenencia difusa y eventualmente militante incomoda a quienes reducen la riqueza de la experiencia humana a estadísticas y basan su poder en la lectura y cuidado de las tendencias. Ellos han de buscar siempre un enemigo que esté a la altura de los resultados que esperan alcanzarse, una amenaza que afirme la identidad colectiva del grupo.

Al enfocarse en el plano de lo trascendente, de aquello que aún no ha sido subsumido, ni probablemente pueda serlo de ninguna forma, en el campo de la razón científica (que dista mucho de explicar satisfactoriamente "misterios" tan básicos como la materia o la evolución), las creencias religiosas son campo abonado para el conflicto. Los relatos en que se sustentan apuntan a un asentimiento sin sombra de dudas y sin las luces de la crítica, siempre escasa de fe. Su verdad es absoluta, y el absoluto no ve nada fuera de sí mismo. Y por lo mismo, no puede negarse.

España es además un país donde el problema religioso ha marcado profundamente el conflicto político, hasta el punto de ser señalado por muchos católicos como escenario de "la más sangrienta persecución de toda la historia", quizá porque ha sido también el país donde, desde el imperio hasta la dictadura, la instancia religiosa oficial ha estado más comprometida con la dominación y el exterminio. Como en ninguna otra parte las creencias religiosas determinan posicionamientos en términos de derechas e izquierdas. 

Redes cristianas y católicos de base figuraban sin embargo entre los convocantes de la primera manifestación contra el dispendio festivo de la iglesia. Ser cristiano es una acepción muy amplia y muy rica, no siempre enfocada en la obediencia y la aceptación, sino militante en muchos casos contra la injusticia. A pesar de los esfuerzos de Benedicto XVI por reunir un ejército cohesionado ("No hay cristianos fuera de la Iglesia") y operativo ("No os dejeis intimidar"), ser cristiano es una determinación cultural que desborda cualquier forma de pertenencia o de filiación. ¿Y ser "laico"? Ser laico es encontrarse fuera de la estructura eclesiástica, incluyendo tanto a los ateos como a los feligreses que confiesan sus pecados.

Me imagino el infierno como una gran resaca, así que no creo que hoy haya alguien contento, salvo quienes orquestaron el conflicto para sacar rendimiento desde un lado u otro: los políticos. Todo esto no hace sino alimentar su juego y mantener la lógica del cordero (nosotros-vosotros) que cimenta su poder en un momento muy delicado para ellos. Y todo lo que ha ocurrido, y lo que se pretendía que ocurriese, no apuntaba sino a restaurar esta lógica con las próximas elecciones en el horizonte. Un horizonte donde campa todavía por sus plazas el 15M, que a pesar de no estar directamente implicado en el conflicto era el objetivo primordial de esta estrategia. Dejándose utilizar los unos, dejándose provocar los otros (sin saber muy bien dónde están unos y otros), todos hemos caído en la trampa y los pastores con sus perros nos han devuelto al rebaño y están nuevamente contando cabezas.

Benedicto XVI ha puesto de manifiesto que es un líder mundial, sin entrar a juzgar el espíritu de sus seguidores, y que la cristiandad sigue siendo una fuerza histórica. Desde su posición podría llegar a ser realmente un líder espiritual. Hubiera bastado con tratar de escenificar la reconciliación, con pronunciarse contra los violentos y los mercaderes, contemplando la realidad de este país y condenando los desahucios y las cargas policiales. Hubiera bastado con estar por encima de cualquier diferencia y tender la mano. En lugar de ello se ha prestado al juego de sus patrocinadores exhibiendo símbolos y consignas que, más que acercar la iglesia a la sociedad, consiguen abrumar y humillar a los excluidos de la fiesta, profundizando las razones históricas del resentimiento.

Humano, demasiado humano para ejercer sus poderes por infusión divina. Quizá la verdadera iglesia, la comunidad espiritual universal que aspiró a crear Jesucristo deba reflexionar sobre su pasado y su futuro, sobre su dinámica y su estructura. "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia", dicen que dijo Jesús a su discípulo más tosco y ferviente (Mateo 16). Durante siglos se han utilizado sus palabras para justificar la fundación de un estado teocrático y el reinado infalible del Papa. Quizá se refería a cualquier tipo gris lleno de debilidades y pecados, aunque con un fondo divino actualizable gracias a la iluminación. Pero el camino de la iluminación es una lucha contra las sombras, ya que "mi reino no es de este mundo" (Juan 18).



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