6/24/2011

¿Respeto? Dignidad


Una de las palabras que más se ha escuchado por las acampadas y que más se ha usado para definir la identidad del 15M es RESPETO. Aparecía en numerosas pancartas, se formaron grupos de trabajo y comisiones sobre ella, se exhibía a menudo para conjurar cualquier brote de violencia dentro o fuera del movimiento. Llegó a ser el lema que coronaba la Acampada frente a las Cortes del día 21 contra la reforma laboral, a pesar de largas discusiones en la asamblea previa, que mostraron que no todxs se identificaban tan cerradamente con ella.

De haber previsto esta circunstancia, quizá hubiera convenido exhibir un lema relacionado con el motivo que nos reunía, en vez de tratar de seguir forjando marcas y señas de identidad donde no la hay. Finalmente se acordó levantar la pancarta, dado que nadie cuestionaba su fundamento, sino su oportunidad, pero no mirando hacia la Castellana, como si diese nombre al campamento, sino de forma que la pudieran leer sus señorías en el momento de acceder al Congreso.

El respeto, el que nos perdieron los políticos, es en efecto una condición mínima de la democracia real. Supone la igualdad de trato entre seres humanos y la necesidad de escuchar al que opina distinto. Su papel central dentro del 15M no solo se justifica por esto, sino porque gracias a ello el movimiento se ha hecho también respetar, no tanto por el poder político y mediático, que han hecho cuanto estaba en su mano por distorsionarlo y destruirlo, como por la opinión pública. Pero si hubiera que buscar un valor marco, un concepto abstracto para definir esta sucesión de acontecimientos que hoy ya ha cobrado una forma y una tendencia, yo no lo cifraría en el respeto, sino en la DIGNIDAD.

El respeto marca una distancia que no siempre es recíproca. Respetamos a nuestro jefe porque puede despedirnos, al policía porque puede golpearnos y deshumanizarnos, a los líderes políticos y mediáticos porque ellos hablan y nosotros estamos sin voz. Siempre se ha exigido a los esclavos que respeten el orden que los mantiene en inferioridad. Se nos pide que respetemos las instituciones democráticas cuya irrealidad ha puesto de manifiesto la marea humana que ha invadido las calles: llevamos mucho tiempo respetando su sistema corrupto, sus leyes vejatorias, su juego político amañado, su ley de oferta y demanda infinitas, pero en ese respeto que se nos impone en el actual marco de violencia no existe dignidad.

Por eso estamos indignados, porque se nos ha hurtado algo que como seres humanos nos corresponde y nos define, y su reconquista quizá suponga romper algunas distancias y limitaciones que solo se sostienen gracias al miedo, la pérdida de autoestima, la resignación. El respeto no nos enseña a desobedecer.

Así fue que, al constatar nuestra fuerza, al darnos cuenta de que ellos no eran nada sin aquellos que sostienen el sistema sobre sus hombros, descubrimos el placer y la belleza de romper con sus leyes. Y no fue el respeto quien nos llevó a las plazas, ni el que nos agrupó frente a las casas que iban a desahuciar, ni el que nos puso a las puertas del Congreso para gritar que "no nos representan", que ningún ser humano representa a otro, que ser minoría no es ser escoria, que es preciso hacerse valer como individuo único. Y porque perdimos la distancia que marca el respeto nos acercamos al rostro desconocido, le expusimos nuestros conflictos y preocupaciones, nos convertimos todas y cada uno en oradores y comenzamos a aprender a legislar en común nuestras vidas.

Las sociedades laicas modernas basan su vaga moral en el imperativo formal (categórico, universal por el reconocimiento de la universalidad de la razón) que un día expuso el filósofo Kant. No hay nada más bello que el imperativo categórico, interpretado superficialmente como "no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti", en realidad una versión edulcorada, vaciada de contenido, del mandamiento cristiano: "ama a tu prójimo como a ti mismo". Pero el imperativo categórico incluye una exigencia poco atendida. Su formulación completa en su segunda versión llama a la rebelión:
"Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca solo como un medio".
Es decir, se trata de reconocer que todos somos dignos, merecedores de algo, incluso una misma. No existe respeto sin dignidad. Uno empieza a comprender su propia dignidad cuando pierde el respeto a lo que no es digno. La dignidad tiene un sentido positivo (frente a la distancia que marca el respeto) que se comunica y crea la dignidad del otro. Solo quien tiene dignidad, es decir quien se respeta a sí mismo, es capaz de respetar y de indignarse. Te respetaré mientras no me atropelles. Si atacas mi dignidad, si atentas contra la dignidad de mi compañera me alzaré, no en mi nombre ni en el suyo, sino en nombre de la razón universal.

1 comentario:

Julia Outón dijo...

Muy buen análisis. Me gusta.

También es interesante el empleo que se está dando desde la fecha a la palabra Indignado, una palabra que se encontraba en desuso,por cierto.

Un saludo