4/06/2011

Dos revueltas: Túnez y Egipto 2010-11 (1)

Lo que sigue a continuación es una traducción de un análisis en alemán publicado en el blog In The Absence Of Truth enviado a nuestro correo por un colaborador anónimo junto con otros textos que iremos publicando y que juntos componen un cuadro de la situación digno de ser considerado por cuanto nos afecta.
* * *

El mundo árabe está completamente alborotado: en sí mismo esto es un hecho histórico.

1. El mundo árabe, ese sistema de autocracias fosilizadas que, como los zombies, parece haber escapado de los cementerios de la historia revolucionaria, ese estrambótico mundo donde parecía posible, hasta hace muy poco, que los presidentes fundasen dinastías de presidentes y que los faraones fuesen momificados en vida, ese mundo de permanente defensa de las conquistas de la última «revolución» militar hecha por los mismos oficiales, de guerras permanentes y de gloriosas victorias ilusorias contra el archienemigo, ese sistema de Estados todopoderosos que fueron Estados fallidos desde sus inicios, mantenidos a flote sólo por su completa incompetencia, que entretanto se ha convertido en un factor económico por derecho propio. Y, por supuesto, durante la mayor parte del tiempo, sin oposición digna de ese nombre.

En estos días ese mundo árabe —¡y es como para celebrarlo!— ha llegado a su fin. ¡Días históricos, sin duda! Esperemos que los productos de esos regímenes de pesadilla también desaparezcan con ellos, y que no envenenen el tiempo que venga después: la pasividad de las masas, enraizada en la legítima presunción de que no participarán en ninguno de los grandes acontecimientos históricos oficiales, los putschs o las «revoluciones» correctivas; el omnipresente temor a las conspiraciones, todo ello basado en la conciencia bien fundada de ser meros objetos de todos los planes y proyectos imaginables de poderosas pero siniestras figuras; la eterna predisposición a aplaudir el estado de cosas existente y a adjudicar todos sus innegables horrores al enemigo exterior, al imperialismo y al sionismo.

Esperemos, aunque sólo sea por un instante, que en el mundo árabe, en estos días, la gente conquiste su conciencia, su historia y el sentido de su responsabilidad histórica, así como la experiencia de que son ellos mismos quienes han de hacer su propia historia. Porque, y ese es nuestro siniestro deseo, en cuanto una parte relevante de la humanidad conquiste esa experiencia, ésta empezará a hacerse verdadera y dejará de ser una ilusión desesperada para convertirse en una fuerza objetiva. ¿Y qué más podrían desear los comunistas como primer paso que el hecho de que la humanidad deje atrás su pasividad y conquiste su propia historia? 


2. El mundo árabe nunca ha sido, aunque lo haya aparentado, la parte lamentable, olvidada y atrasada de este mundo tan feliz y tan moderno; al contrario, los signos más que evidentes de su fracaso total han sido los signos del fracaso del propio mundo moderno en el que todos vivimos, y un castigo histórico por el inconcebible fracaso de la humanidad al no haber abolido Estado y capital cuando todavía estaba a tiempo. Del lamentable estado de las sociedades árabes sólo cabe deducir el lamentable estado de las nuestras, y en consecuencia, para nosotros lo que ahora sucede allí importa y mucho. No hace sino poner la carga aún más firmemente sobre nuestros hombros para que cumplamos con nuestra parte, para que esta revuelta árabe de hoy, como antes la iraní, no haya sido en vano o peor.

Para los analistas políticos de todo tipo, es muy fácil seguir la pista de la situación en los países árabes hasta dar con la total incompetencia de sus elites, y así queda explicado otro problema más a gusto de todos. No obstante, se olvida con demasiada facilidad en qué circunstancias concretas surgieron esos Estados, y que esas sociedades han entrado en la historia, es decir, en el mercado mundial.

Por tanto, cada analista tiene que ocultar u olvidar que el mundo capitalista moderno, sea de estilo occidental o moscovita, ha perdido hace mucho la capacidad de dar a sus sociedades una apariencia siquiera de orden racional; que ha perdido toda la racionalidad interna que podía haber tenido en algún momento —y de eso hace ya mucho— (Wolfgang Pohrt habla incluso de 1870), y que este orden sólo ha sido «racional», y hasta «progresista» sólo en la medida en que cabía imaginar al proletariado recién creado derrocándolo y sustituyéndolo por la emancipación humana universal.

Tras la Primera Guerra Mundial, la revolución fracasada, la contrarrevolución y el nacionalsocialismo, esta perspectiva se perdió. Y así, contra toda razón, se mantienen vivas la dominación y la explotación; sería exagerado creer que la dominación y la explotación no tuvieran hoy el aspecto de haberse prolongado mucho más allá de toda apariencia de legitimación histórica; el hecho de que debieron de haberse abolido hace mucho, y sin embargo sobrevivan es lo que les da su aspecto zombiesco. Al menos cumplirían lo que Marx, estremeciéndose, le concedía al capital como legitimación histórica: que produjeran la sociedad burguesa, la sociedad moderna del intercambio libre e igual de su trabajo: ¡no se hable más! El capital mismo, disfrazado con una máscara espeluznante de tiempo premodernos, habita las ciudades fantasma desiertas que él mismo ha creado.

El propio islamismo, esta horrorosa mascarada, es un movimiento totalmente moderno, que no expresa otra cosa que el capital desesperando de sí mismo.

Este mundo árabe, esta entidad atrasada donde hace muy poco tiempo no se movía nada salvo la locura apocalíptica de fanáticos instigados, es el retrato exacto, el verdadero rostro de este mundo en el que todos vivimos y en todas partes. Y son los argumentos en favor de nuestra causa los que están siendo expuestos en las calles de Túnez, de Qahira (El Cairo), y esperemos que muy pronto y una vez más, en Teherán. 


3. La revuelta en Túnez ha deshecho, al principio sólo por un breve instante, la miseria específicamente árabe, y ha demostrado por primera vez en la historia que hasta un régimen árabe puede ser derrocado por su propia población (1); que ni siquiera estos regímenes aparentemente intemporales son eternos; que la pasividad de las sociedades árabes no es un hecho natural, sino el resultado de un singular callejón sin salida histórico al que la constelación poscolonial concreta, la empresa fracasada del desarrollo no-capitalista y el modelo de modernización neoliberal forzado pueden haber contribuido, pero cuyo núcleo es la crisis continuada y nunca resuelta del capital.

Que esta crisis desafía todos los intentos de solución; que ningún sistema y menos los más rígidos, ha sido capaz de organizar la formación nacional y la competitividad en el mercado mundial a la vez sin topar con la resistencia de su propia población, que se supone que sólo ha de suministrar el material humano a esta doble empresa: eso sería una buena noticia para amigos de la sociedad sin clases como nosotros, pues esta crisis, que todavía está por resolver, no se distingue en nada de nosotros mismos.

(Hagamos una pausa momentánea para recordar que, por supuesto, ese sistema, capaz de organizar tanto la competición en el mercado mundial como de gestionar la formación nacional, existe, y goza de gran aprobación entre su población; el nombre de este sistema es Alemania, la gran ganadora de la crisis en curso, y una amenaza manifiesta para el futuro de la humanidad; allí la revolución está realmente muerta, y la humanidad se muestra demasiado débil de mente y floja de corazón para tratar a este sistema, el país de los eficientes nietos de Hitler, como merece.)

La trascendental y universalmente reconocida obsolescencia del hombre, que se muestra en el paro hasta de los trabajadores con mejor formación, no forma parte en sí misma de la crisis del capital, sino que se ha convertido en parte de esa crisis debido a la revuelta de aquellos a los que se hace obsoletos. Por desgracia, nadie puede sublevarse contra el paro y la falta de perspectivas durante mucho tiempo sin sublevarse contra el destino humano de convertirse en trabajo en general. Una insurrección pro-trabajo es un absurdo en sí mismo; una insurrección contra éste tendría que serlo contra la dominación y la explotación, y como tal será una empresa ambigua mientras no esté en posición de ocupar las fábricas y destruir la maquinaria del Estado.

Pero llegados a ese punto, la conquista de las fortalezas de la dominación y la cuestión de cómo organizar una sociedad libre se impone forzosamente, y hasta ahora todas las revoluciones han fracasado en darle respuesta. Antes de llegar a ella, es posible que la gente en revuelta retroceda y decida someterse de nuevo a los poderes de siempre: el trabajo asalariado, el Estado soberano y la familia, infundiéndoles a estas formas sociales nueva vida y vigor que sólo pueden servir a horribles propósitos. Si hay algo en lo que pueda confiarse, en toda la historia conocida, es en la contrarrevolución. 


4. Tras el levantamiento tunecino no vendrá un gobierno capaz de gobernar la sociedad mejor de lo que lo hizo el espantoso déspota Ben Ali, y secretamente eso lo sabe todo el mundo. Pero si todo hubiera sido cuestión de tener un gobierno mejor, nada de esto habría sucedido.

No es una coincidencia que el levantamiento tunecino adoptara formas que parecían contener, uno tras otro, el levantamiento francés de 2005, el griego de 2008 y el iraní de 2009. Tampoco es una coincidencia que los acontecimientos tunecinos parezcan encajar en esa sucesión tan perfectamente que todos los eslabones de la cadena sólo resultan plenamente comprensibles a la luz de los demás; considerados de forma aislada, parecen ser simples erupciones espontáneas de pasión de masas; considerados en su relación mutua, ofrecen la perturbadora impresión de una crítica cada vez más precisa, consciente y omniabarcante de la sociedad contemporánea.

Por supuesto, sabemos que ya no existe algo así como una dialéctica positiva de la revolución. Pero es asombroso hasta qué punto puede llegar a parecer que existe. Veremos enseguida en qué punto podría detenerse por completo. Esperamos que no sea ese el caso, pero ¿qué importan nuestras esperanzas?

Todos estos movimientos insurreccionales partieron de circunstancias muy distintas, pero todos ellos se desarrollaron de forma similar; lo que sucede es que expresan estas formas de modo diferente, según las circunstancias y lo que éstas exigen. En Túnez vimos por primera vez la interacción de los distintos elementos, incluidos los contradictorios y conflictivos, de todos los movimientos precedentes; la quema de coches, por ejemplo, que parece haberse convertido entretanto en una expresión internacionalmente comprensible de cierta crítica de la sociedad de mercancías, topó inmediatamente con la necesidad de seguridad de los propietarios de esos coches, que les llevó a custodiarlos bate de béisbol en mano. No hace falta dar muchas vueltas para adivinar quiénes van a apoyar a los gobiernos interinos, y quiénes seguramente no, de acuerdo con la infame máxima árabe según la cual más valen cien años de tiranía que un solo día de caos (2).

Pero las contradicciones internas del movimiento sólo pudieron aparecer porque éste logró extenderse y expulsar al odiado presidente, y elevar así la confrontación al nivel de la cuestión de qué debería de venir tras él; un paso más allá de lo que ha ido la insurrección griega, y un paso hacia lo desconocido, en el que la tendencia de quienes queman coches se verá forzada a constituirse en partido histórico o desaparecer.

No cabe duda de que precisamente esta última tendencia es el enemigo más implacable de una simple continuación del statu quo y la principal garantía en su contra, como también es indudable que sus aspiraciones se oponen completamente a las de las clases medias, y más aún a las de los militares. Pero estos dos últimos sectores nunca han sido capaces de decidir por su cuenta que el presidente tenía que dimitir: esa decisión tuvo que serles impuesta.

Lo más interesante es la amplia participación de la clase trabajadora industrial, que se refleja en el grito proferido por todos los analistas desde el principio, ¡para que los sindicatos intervinieran, resolvieran la crisis y refundaran el Estado! Veremos qué tal les va en esa tarea.

En conjunto, el movimiento tunecino parece más racional, más sabio y más agradable que el francés de 2005; se trata de un interesante descubrimiento que proporcionará conclusiones importantes acerca de los errores del movimiento de 2005, y sin duda recibirá la atención que merece en los círculos a los que incumbe.

Ya había sido objeto de atención en la región en general, como quizá sepáis; para empezar, no estuvo restringido a Túnez, sino que incluyó también a Argelia, sometida a circunstancias mucho más duras, y con un ejército más brutal y temerario y una población más aterrorizada enfrente. Pero luego se extendió, en poco tiempo, a Libia, donde al parecer se han producido increíbles movimientos de squatters, de ahí a la península árabe, y, como quizá hayan oído, después a Egipto, donde en estos días se verá el amanecer de la libertad árabe o el reflejo de su catástrofe. 


5. Cuál de las dos cosas haya de suceder a largo plazo no es algo que esté en manos del régimen egipcio, sino en las de los propios egipcios sublevados, porque ahora, al llegar a Egipto, el centro del mundo árabe, aparece en escena un nuevo actor.

En Egipto tampoco se trata del presidente; de haberse tratado del presidente, nada de esto habría pasado. Se podía ver (si se era capaz de ver) una acumulación constante de actividad opositora radical a lo largo de estos últimos años, incluyendo auténticas insurrecciones obreras. Y ninguna de las llamadas organizaciones opositoras, ni las ajadas máscaras histriónicas de las izquierdas (restos de la propia historia revolucionaria árabe agrupados en torno a la infame coalición Kifaya), ni los Ikhwan al muslimun (la principal organización islamista), mucho más poderosos, ha podido hablar en nombre de estos movimientos. Al contrario, sus intentos de movilizar mediante manifestaciones, y hasta de convocar una huelga general en los aniversarios del levantamiento de Mahala al kubra no encontraron eco apreciable.

Eso fue alentador; pero, por el contrario, si las masas egipcias pudieran ser movilizadas por una organización que llamase a repetir la guerra contra Israel, eso sería un desastre.

Parece que tales reivindicaciones no tienen cabida en las manifestaciones de hoy, y que se les niega activamente sitio; por algún motivo misterioso parece haber un sustrato activo de las protestas, del que surge una organización espontánea, que ha logrado negar la palabra tanto a los islamistas como a los nasseristas.

Si este sustrato consiste en una conciencia generalmente compartida, o incluso está encarnado en una cuasi-organización, es algo que todavía no se sabe.

Ahora bien, nadie sabe cuánto poder son capaces de proyectar realmente los islamistas en la calle. Y si hay un factor que no debe subestimarse, es precisamente ese. Eso es algo que la izquierda iraní, por ejemplo, sabe mejor que nadie. Los Ikhwan al muslimun tendrán que jugarse el todo por el todo —y ese día no está lejos— para abatir a este movimiento; éste es, sin saberlo, su enemigo mortal, pero los Hermanos lo saben muy bien; en cuanto el régimen se derrumbe, comenzará la batalla decisiva contra un enemigo desconocido.

Y cada paso que da el movimiento es un paso más hacia lo desconocido; después del presidente malo, no vendrá uno bueno que sea mucho mejor, pues el presidente malo es la venganza de la historia por seguir teniendo cosas como Estados y presidentes mucho tiempo después de que haya quedado probado que su existencia es contradictoria con la existencia de la humanidad. Y la vacilación ante ese problema, unida al súbito ataque de un enemigo sanguinario, podría ser el final que aguarda a ese movimiento. 


6. ¿Qué quieren quienes participan en estos levantamientos? No un presidente Baradei, ni un Musavi. Tampoco necesariamente unas nuevas elecciones ni una guerra contra Israel, sino, como ellos mismos dicen, una vida mejor. Eso es muy razonable, y uno no tiene que decidir: no se puede evitar estar de su parte.

Lo que no sabemos, y ni siquiera podemos adivinar, es hasta dónde llegarán los cambios que consideran necesarios, con qué poco podrían conformarse y qué conciencia tienen de los terribles enemigos que se interpondrán en su camino, más terribles que los militares árabes, que en tiempos sólo tenían un destino —disparar contra su propia población— y cuyos oficiales se encuentran hoy en las calles de Egipto intentando persuadir a la gente de que vuelva a casa.

Los insurrectos iraníes, que observarán con atención lo que sucede estos días, ya sufrieron hace mucho tiempo la derrota y tuvieron frente a ellos al último enemigo. Está por ver si los egipcios han asimilado la lección.

Son tiempos realmente sobrecogedores. Nadie sabe aún si se trata del comienzo de una gran paz o de una gran guerra. Pero algún día tenía que pasar.

Que la humanidad se encuentra ante una encrucijada es algo que cae de su propio peso. Lo está todos los días. Y todos los días, decide, de un modo u otro, seguir como antes. Pero no todos los días es la lógica de la propia historia, el proceso objetivo, el que la fuerza a tomar una decisión de forma explícita, activa y consciente. Y los días en los que eso sucede son días en los que hay lugar tanto para el heroísmo admirable como para el cretinismo funesto; son días de decisiones en los que las dudas comunes y generalizadas sobre la marcha del mundo son posibles y en los que la humanidad podría reunir la fuerza para despertar, estremeciéndose, ante su condición. Son días en los que el aislamiento que nos rodea parece disiparse, en los que ya no parece que estemos solos con nuestras dudas y nuestros temores, días en los que las cosas podrían empezar a cambiar y los conceptos empezar a moverse; días que son como los dolorosos segundos entre el sueño y el despertar. Días en los que parece que todavía podríamos ser humanos. Esos días son los únicos por los que merece la pena vivir.
«En este horno 
Te pido ahora que te aventures;
Tú, a quien no puedo traicionar.»

P.D. Podéis leer nuestros anteriores análisis de los acontecimientos de Francia 2005, Grecia 2008 o Irán 2009, y Egipto 2008 (todos en alemán) en:
http://letzterhieb.blogsport.de/category/iranischer-aufstand/
http://letzterhieb.blogsport.de/category/die-kommende-revolte/

NOTAS

(1) No ha sucedido algo así antes, ni en 1988 en Argelia ni en 1985 en el Sudán; aunque a veces se oiga decir eso. Esos acontecimientos, por determinantes que fueran, están muy alejados de lo que está sucediendo ahora.

(2) Y tampoco hace falta darle muchas vueltas para comprender que la quema de coches es precisamente un ataque anticipado contra esas partes de su propia clase a las que consideran, con razón o sin ella, partidarias del orden, y por tanto, al menos un ataque simbólico contra la pasividad y la connivencia de la clase trabajadora, así como un ataque contra el pilar de la autoconcepción de la fuerza de trabajo, contra su movilidad y su status social.

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