3/15/2011

Pastillas contra el amor propio

No todo lo que se deriva del colapso del sistema (dejen de llamarlo "crisis", por favor) ha de ser negativo. Por ejemplo, las consultas psiquiátricas y la ventas de psicofármacos están viviendo un momento de esplendor.

Hace meses, preocupados por buscar la mercancía ideal que nos sacase de este atolladero histórico, descubrimos que no debía satisfacer una necesidad, ya que la cobertura de dichas necesidades constituía un freno para el consumo ulterior de la misma o de otras mercancías. Se nos olvidó subrayar entonces que no sólo no debía satisfacer necesidades, sino que además tenía que crearlas.

Tal es la lógica subterránea del mercado negro de estupefacientes, que tanto ha hecho para reflotar la economía visible en momentos de dificultad mediante lavados, inyecciones de dinero y apertura de nuevos mercados; pero hay también drogas legales que se expenden con receta. Siempre hay un especialista dispuesto a consagrar el consumo de estas drogas mesiánicas que de vez en cuando lanzan los Laboratorios Inc. En un caso como en el otro se trata de suscitar los comportamientos adictivos que permiten mantener alta la demanda de un determinado producto.

Pero sabemos que los comportamientos adictivos no están directamente relacionados con las cualidades del producto redentor. El consumo hedonista de dos copas de vino no nos convierte en alcohólicos, el uso de las tecnologías no produce necesariamente adicción a internet, fumarse un porro a tiempo puede incluso bloquear otras respuestas adictivas. Lo que produce adicción es el malestar, el estado ansioso de necesidad que dispara la repetición de pequeñas y fugaces satisfacciones.

Queda claro: al mercado no le preocupa satisfacer una demanda, sino producir un malestar. ¿Qué puede significar esto cuando hablamos de salud mental?


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