11/16/2010

Política de la tristeza

Versión española del texto "Politique de la tristesse", publicado en el blog francés murmures, enviada a nuestro correo por Amador, que dice de él: "Es un blog bien curioso e interesante que, completamente a su ritmo y con tono muy propio, va elaborando murmullos de pensamiento -filosófico, político, existencial- sin ninguna línea, tema o pretensión predefinida." Nos reconocemos en ese espíritu (la filosofía de garaje de la que habla también Amador), así como en la actitud desde la que afronta murmures cuestiones que atañen a la transformación social y la acción política. Como saben quienes nos siguen, frente al triunfalismo tecnófilo o el positivismo hiperactivo de otros proyectos, nuestra crítica parte de una visión desconsolada del mundo que habitamos, tratando de extraer fuerzas y motivos de la desesperación.

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En la vida, hay cosas que parecen evidentes: la alegría es buena, la tristeza es mala. O bien, el sufrimiento es malo. Y por el contrario, la serenidad es buena. Podría seguir así, pero creo que ya podéis ver de lo que quiero hablar. Incluso sin ser demasiado maniqueo, creo que hay un consenso general en torno a que el dolor, la tristeza o el miedo (por ejemplo) son cosas a evitar en la medida de lo posible. Dicho así, parece incontestable. Pero también es verdad que es muy difícil aceptar la presencia concreta de esas sensaciones en nuestras vidas: tememos estar tristes, no es un estado que nadie quiera conservar.

Sin ser más listillo que nadie, trato regularmente de interrogarme sobre mi propia vida. Ya hace tiempo que creo que hay algo de fundamentalmente político en nuestra relación con esas pasiones tristes, por retomar los términos de Spinoza (de quien ya he hablado anteriormente). A mi juicio, el punto común de esas pasiones es que son transitivas, que dependen de algo exterior para darse y tener lugar: sufrimos a causa de algo, tenemos miedo de algo, etc. Todas esas pasiones manifiestan nuestra vulnerabilidad a algo que escapa (aunque sea por el momento) a nuestra acción. En general, la respuesta lógica a una de esas pasiones es encontrar la causa y desembarazarse de ella de una forma u otra, lo antes posible. Cuando no podemos deshacernos de lo que nos pone tristes (o nos hace sufrir o...), tocamos nuestros límites, nos medimos con nuestra impotencia. Como dije en mi texto sobre Spinoza, nuestras representaciones de las pasiones se organizan según la pareja potencia/impotencia. Pero ese par no es en sí mismo más que la expresión de un tema más esencial, el de la acción: toda potencia es una potencia de acción y nuestra impotencia se caracteriza por sufrir sin poder reaccionar. La lección fundamental de Spinoza, desde mi punto de vista, es mostrar cómo, finalmente, toda pasión se concibe de modo fundamentalmente negativo: el objetivo de la vida debe ser alcanzar una serenidad donde ya no haya más que acción. Esa serenidad es la de Dios, cuya característica esencial desde el comienzo (desde el comienzo de la Biblia, quiero decir) es crear a partir de nada, es decir, actuar por voluntad propia sin ser jamás empujado por nada: la acción pura y autónoma (los místicos judíos de la Kábala han escrito textos muy bellos sobre todo eso).

Spinoza elabora muy bien el camino filosófico para escapar a la impotencia: es a través del conocimiento cómo podemos alcanzar la beatitud final. Pero se han pensado otros caminos. Personalmente, veo dos grandes ejes: el ascetismo y el más allá. El ascetismo está bastante de moda en nuestros días, el término se refiere sobre todo a las famosas “filosofías orientales”, una simpática construcción neo-colonial típica nuestra que nos permite meter en el mismo saco textos completamente diferentes escritos en civilizaciones radicalmente diferentes. La caricatura fácilmente accesible de ese ascetismo en nuestra cultura popular es la “ética jedi” de la Guerra de las Galaxias: no vincularse a nada para no arriesgarse a perder nada y poder ser libre para actuar. En nuestra civilización el estoicismo está muy cerca de esa idea, que siempre es la misma: como las cosas exteriores pueden hacernos sufrir, basta con no dejarse afectar por ellas, no dejarse tocar, recentrarse constantemente sobre uno mismo y entonces llegará la calma (la ataraxia, si nos ponemos pedantes), poco a poco, mediante la retirada del mundo. La idea es muy poderosa y ha sido descubierta y redescubierta constantemente durante milenios: es muy inquietante ver las similitudes que puede haber entre el taoísmo místico chino algunos siglos anterior al año cero de nuestra era y el sufismo musulmán que se desarrolla un milenio más tarde en una región completamente diferente. Lo que hay de común en todas esas prácticas es la idea de regresar a uno mismo para poder acceder a la verdad del mundo, a su corazón, con el fin de que nada pueda afectarnos porque ya nos hemos fundido con el mundo en su totalidad (que podemos llamar Dios, la naturaleza, la Vida, etc.). Sin exterior para afectarnos, se acabaron las pasiones.

A mi juicio, lo que limita esa práctica del ascetismo es el nivel de disciplina y de rigor que exige. Todas esas escuelas ascéticas tienen en común el hecho de organizarse en torno a un modo de vida bien definido, ritmado por los momentos de meditación, los rituales bien precisos, los ejercicios constantes y un esfuerzo cotidiano para alcanzar el estado buscado. Todo ello no es posible más que teniendo un dominio suficiente del propio empleo del tiempo y de la organización de la jornada, es decir, dicho muy claramente, si uno forma parte de las clases privilegiadas de la sociedad (y por supuesto si uno es un hombre, el dominio del tiempo por parte de una mujer es frecuentemente más aleatorio). El taoísmo estaba muy de moda entre los intelectuales y dirigentes chinos, el estoicismo entre la antigua élite griega y luego romana. Por supuesto, siempre es posible convertirse en un eremita, pero es una elección arriesgada e inestable. En definitiva, creo que los ascetismos son poco accesibles para la mayor parte de los miembros de la sociedad en las que nacieron. De ahí, creo yo, la creación del más allá. Decir a alguien: sufres, pero no es grave, porque si sigues algunos principios simples podrás acceder a una felicidad total y para toda la eternidad, eso parece más accesible que una disciplina constante que exige concentración y dominio. De ahí también, pienso, la simplificación creciente de los rituales monoteístas a medida que se diseminaron por el mundo.

Bueno, ¿por qué he empezado a hablar de todo esto? Para mostrar los puntos comunes entre todas esas filosofías, prácticas y religiones: se trata de permitir a un individuo superar la impotencia, la vulnerabilidad, que se percibe como indeseable. Más aún, esa vulnerabilidad está profundamente ligada al hecho mismo de ser un individuo, porque los límites propios de cada individuo no son, de hecho, más que sus vulnerabilidades. De ese modo, todo lo que dicho hasta aquí no tiene verdaderamente sentido más que en un contexto en el que el objetivo de la vida se define como orientado hacia la acción autónoma individual. Lo cual no significa que no haya que tener en cuenta en todo esto a la sociedad, sino que el elemento fundamental de reflexión y de definición es la felicidad individual concebida como el hecho de poder actuar de modo autónomo. Según este esquema, la felicidad puede darse en la sociedad, por ella o contra ella, pero nunca es colectiva. De la misma manera, la acción arranca siempre del individuo y nunca de una entidad colectiva. De hecho, lo que no está presente jamás aquí es una cierta reciprocidad. He hablado sobre ello a propósito de Freud o, más recientemente, de la violencia.

En verdad, yo no creo que haya acciones y pasiones separables. Nuestras interacciones están hechas de relaciones, donde tocamos y somos tocados, no existe lo uno sin lo otro. Cuando hemos definido nuestra relación con el mundo como algo centrado en torno a una acción unilateral donde transformamos algo (o a alguien) sin ser al mismo tiempo transformados nosotros, deducimos a la fuerza que la felicidad consiste en actuar siempre de ese modo. En ese momento, ser tocados equivale a ser actuados, es decir, a ser pasivos (“víctimas” en lenguaje moderno) y alejarse necesariamente de esa felicidad tan deseable. En esa visión del mundo, la fuerza de la relación queda negada: entre dos individuos no puede haber más que un ping pong de influencias recíprocas, nunca una transformación mutua y progresiva. Una relación es por definición recíproca (lo que no quiere decir equilibrada o justa), implica a dos personas y no es comprensible en términos de acciones y reacciones de dos personas permanentemente separadas. No podemos separar a la gente de sus relaciones, no ser tocado sólo es un estado mítico. La tristeza y el sufrimiento no son simplemente males necesarios, sino que representan la vulnerabilidad que me permite ser tocado y, por tanto, estar en relación con los otros. Sin tristeza, no existe lo común.

Creo que el lenguaje de la acción es, fundamentalmente, el lenguaje de la dominación. Las relaciones de dominación son relaciones donde la posibilidad de la reciprocidad es minimizada al máximo. En ese contexto, lo compartido es negado, porque todo lo compartido supone una cierta reciprocidad. Todo parte del individuo y vuelve al individuo: creo que toda concepción un poco colectiva del mundo requiere que superemos esa idea y afrontemos una especie de política de la tristeza (ay, siempre las grandes palabras). Creo que una política de la tristeza pasaría por la atención a nuestras vulnerabilidades, por saberlas elaborar como algo necesario para vivir en común. Sería una política que desconfíe de la fuerza porque sabe que, dejada a sí misma, destruye lo común. Y también advierte que lo que compartimos está condicionado al hecho de estar prendidos los unos de los otros. Puede ser que una política de la tristeza consista en saber que nuestro objetivo no es la felicidad, un estado, sino un movimiento, que si somos tocados es para transformarnos y transformar nuestro mundo. Quizá mi comunismo sea un comunismo de la debilidad o, en todo caso, un comunismo que no es el de la fuerza. No pretendo decir que el objetivo es estar tristes, sino que la tristeza y la debilidad son condiciones de toda vida común. Y que reforzar un colectivo no es necesariamente hacerle un regalo.

De hecho, creo que un comunismo de la fuerza ya existe y se trata del capitalismo. El capitalismo nos vincula a unos con los otros, pero por medio del intercambio y no de lo compartido. Podemos compartir lo que tenemos, pero también lo que no tenemos y sin embargo no podemos intercambiar más que lo que tenemos. El intercambio está concebido para que al final de la interacción nada haya cambiado y cada uno de los dos participantes en el intercambio siga en una posición equivalente. En el seno del capitalismo, nuestras fuerzas se transforman en capital y nuestro capital nos da la fuerza: el capital es la expresión de la fuerza. Hay una sociedad en el capitalismo, lazos entre la gente, y el capitalismo tiende a reforzar esos lazos (es necesario para incrementar los beneficios), pero esos lazos funcionan bajo el régimen del intercambio, donde todo lo que intercambiamos pertenece al régimen de la fuerza, de la creatividad, de lo positivo, del capital. Ahí la tristeza no tiene lugar, es el mundo del happy end y de la publicidad, y es considerada un problema individual a corregir (con anti-depresivos, psicoanálisis) más que una reacción a una situación problemática o una ocasión de reflexionar juntos. La cólera y la rabia pueden encontrar su sitio, porque pueden ser “creativas”, pero la vulnerabilidad desnuda ciertamente no: ¿qué vas a compartir con alguien que no tiene nada? 

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