6/09/2010

No funciona

La noticia fue que no hubo noticia. La jornada de no huelga se desarrolló con absoluta no normalidad. La minoría absentista no sufrió las represalias de los no piquetes (bastante tenían con arrastrar su trabajosa inactividad durante todo un día de no lucha solitaria y marginal), y la gente aprovechó la no movilización para realizar sus gestiones de forma mucho más rápida y eficiente que los demás días del año, siendo rápidamente no atendidos, como esos no días festivos en que abren las tiendas.

Los sindicatos siguieron sin enterarse de lo que no estaba pasando, demostrando nuevamente una sólida ineficacia, anclados en las formas de no lucha de la no transición. Los empresarios respiraban tranquilos contemplando el no desarrollo previsto de los acontecimientos. Los trabajadores públicos, que ya tienen que afrontar un recorte serio de sus ingresos, hacían cálculos a propósito de las sucesivas jornadas previsibles de lucha que a partir de ahora pueden percutir en su salario, y concluían que no merecía la pena desgastar su capacidad de movilización con una huelga parcial e insolidaria. El gobierno se felicitaba por lo asumible de las cifras, mientras se iba oscureciendo la perspectiva de una movilización social masiva que lo ponga a su pesar en el sitio que le corresponde.

¿Cómo explicar lo no ocurrido? ¿Acaso no estaban las cosas tan mal? ¿O están acaso tan tan mal que no podrían encauzarse a través del modelo clásico de conflicto social? Este modelo, que siempre tuvo sus lagunas frente a problemas como el paro o la precarización, que nunca pudo presentar oposición seria a las prácticas de la empresa privada ni aportó alternativas frente a la progresiva desorganización capitalista del trabajo global, manifiesta una creciente obsolescencia en las circunstancias actuales.

No estamos frente a un simple conflicto laboral, sino ante un colapso del sistema con numerosas ramificaciones. La clase obrera ha sido desmontada, así como el relato de su progresiva emancipación. El funcionariado, que en época de bonanza se ha dedicado sobre todo a apuntalar sus privilegios, vive hoy estos con un cierto sentimiento de culpabilidad, sintiéndose en el fondo a salvo de los dramas que se desarrollan a su alrededor. Ha dejado de ser la vanguardia de la lucha obrera, cuyas conquistas pudieran proyectarse sobre otros sectores, así como el paradigma del trabajador tipo y de sus deseables objetivos. ¿Tenía sentido en este contexto utilizar la carta fácil del funcionariado como laboratorio o catapulta de un movimiento más amplio?

No lo tenía, y el fracaso de la movilización era perfectamente previsible para quien tuviese alguna noción del nuevo escenario. ¿Qué se pretendía entonces con semejante convocatoria? ¿Acaso lo que se ha conseguido: poner de manifiesto la impotencia y la desestructuración de los trabajadores, confundir a los agentes del conflicto, desmoralizar el impulso de un movimiento social que se siente cada vez más desafecto a las instituciones políticas y más justificado para emprender movilizaciones de mayor calado? ¿Mostrar como un fracaso de los trabajadores lo que no es más que una inadecuación clamorosa de los métodos de las grandes centrales sindicales?

No hay que interpretar este fracaso como una descalificación de futuras movilizaciones ni extrapolar estos datos a lo que no tendrá más remedio que ocurrir. Los funcionarios han visto venir imparable la general, y es de agradecer que nos hayan esperado. No necesitamos castigar de antemano al tejido social con huelgas que afectan sobre todo al sector público. No necesitamos experimentos controlados cuando lo imprevisible está de nuestra parte. La huelga para la cual las condiciones ya están maduras será una huelga de ciudadanos que afectará a todos los sectores: funcionarios y trabajadores por cuenta ajena, parados, precarios y muchos empresarios, pensionistas y jóvenes sin presente. Será una huelga transnacional y salvaje cuyo objetivo último será cuestionar las bases del sistema y no luchar mezquinamente por un triste porcentaje. No consistirá en bajar los brazos ni en levantar el puño, sino que obligará a hacer muchas cosas, poniendo a prueba la capacidad autoorganizativa que nos es propia. Los sindicatos se han mostrado como poco obtusos para interpretar la nueva realidad, si es que no conspiran con ella. Habrá que buscar la respuesta en las redes.

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