Nunca fueron inocentes las palabras. Nunca estuvieron desnudas ni fueron libres, mucho menos cuando hablaban los poetas. Nunca reflejaron simplemente el mundo, ni sirvieron para iluminarlo más que para oscurecerlo. En época de Marx se ignoraba todavía que hablar es hacer cosas, pero internet es un mar de palabras cuyo oleaje sacude sin pausa ni proyecto el suelo flotante de nuestra realidad. Todo cuanto existe ha sido previamente codificado, traducido, manipulado. Casi no tenemos dónde repostar la experiencia viva, si no en la decepción que sucede a las palabras inadecuadas.
Ellas van y vienen, nos traen y nos llevan. Crean comunidades, edifican, generan patrones y corrientes y se organizan en ejércitos ideológicos. Pugnan por abrirse paso en las redes de la conciencia, y no somos más que los instrumentos de su lucha. La vida no tiene sentido, las palabras tienen demasiados, y nuestro destino como especie y como individuos depende de ese curso autónomo de las palabras.
¿Usamos el lenguaje para pensar? ¿O el propio recurso al lenguaje nos hace caer inevitablemente en lo ya pensado? ¿Cómo podrías comunicar lo inédito, lo aún no experimentado socialmente? ¿Por qué hablamos y hablamos en todas partes, a veces con criterio, con ingenio, con el rostro encendido, de corazón... y nada cambia ni siquiera entre nosotros?
Cada martes Radio Círculo emite una nueva entrega de Una línea sobre el mar, un programa de "filosofía de garaje" que comparte algunas de nuestras preocupaciones y de nuestros métodos. Nos espiamos mutuamente y a veces compartimos también algunos resultados. Pero todo sigue igual...
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