5/12/2010

La duda

Todo el edificio de nuestra tradición filosófica está plantado sobre los cimientos de la duda. La dualidad de lo aparente y lo real alumbró la conciencia. Los pensadores arcaicos invitaban ya a considerar el mundo percibido como el escenario de un sueño cuya permanencia era debida a su falta de cuestionamiento. "La auténtica naturaleza de las cosas suele estar oculta", denunciaban ya en el preciso momento en que el logos comenzaba a objetivarse. "Sólo sé que no sé" era la primera lección del currículo socrático. El pensamiento moderno parte de una duda radical, sistemática, y ya sólo evoluciona interrogando con refinada crueldad a los fenómenos.

De legítima y prudente en los albores, la duda pasa a ser necesaria en un mundo regido por mediaciones. En la suerte y en el fracaso, nuestra vida cotidiana nos parece demasiado particular, menos real que el mundo representado en los medios. Aunque sabemos que estos medios manipulan en función de intereses políticos que se nos presentan bastante definidos y de su propio interés económico, aunque de forma abstracta podemos reconocer su dinámica selectiva, falseadora, dependiente del sistema que ellos mismos configuran, y aunque en el fondo todos compartimos esa sensación frustrante de que estamos siendo engañados, nos resulta imposible aplicar este conocimiento a los casos concretos sin hacer afirmaciones descabelladas, pero sin dejarnos llevar por la corriente. No sabemos qué nos espera fuera de la matriz, y preferimos pisar firmemente el suelo edificado de las certezas. ¿Es acaso posible sobrevivir sin asumir algún papel en el guión? Poner algo en duda suele resultar disonante y provoca respuestas agresivas. La duda es también el vacío frente al que se desata el horror o la astenia. Se diría que nuestras dudas son tantas y tan básicas que preferimos aceptar las cosas según vienen dadas.

Dudar produce vértigo y angustia, pero hemos de aprender a levitar entre paréntesis si queremos pisar el suelo. La duda es la mano que no aprieta el gatillo, el antídoto de la fe ciega que alimenta el fanatismo. Es un ojo que lee desde la distancia precisa. Unas cuantas dudas en ayunas crean anticuerpos eficaces contra el torrente de memes que habrán de asaltarnos a lo largo del día. Dudar en medio de la abundancia no te transforma en un asno, sino en un crítico. No seamos paranoicos con la duda: el que duda mucho yerra poco, a menos que precise irracionalmente una única respuesta.

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