4/06/2010

Plataformas ciudadanas

A medida que el sistema económico que nos mantiene atrapados pierde aliento, sin esperanza alguna de volver a una situación anterior al desbordamiento planificado de la deuda, no digamos ya a recuperar los márgenes especulativos crecientes que son el fundamento de esta gestión del capital; a medida que esta no-crisis se convierte en el nuevo estado del mundo y tratan de amañar las reglas de su propio juego; a medida que la indignación frente al dinero, la decepción frente al consumo y la desesperación se convierten en los rasgos que definen al hombre del nuevo milenio; a medida que los hechos vienen dando la razón, aunque no las gracias, a los obstinados practicantes de la crítica de las estructuras capitalistas, esta misma crítica pierde naturalmente su sentido, se convierte en una tarea acabada y se nos imponen nuevos objetivos, enfoques diferentes.

Naturalmente. No es hora de paladear ningún triunfo, ni de seguir ejerciendo redundantemente una labor para la que ya no hace falta lucidez alguna. Ni siquiera hay árboles caídos donde hacer leña para calentar los nuevos tiempos. Habrá si acaso que acabar todavía con esa esperanza mojigata, que mantienen los que todavía no han perdido casi todo, en que las cifras vuelvan a remontar "con el esfuerzo de todos". El sistema se critica sólo, y los gestores del mismo nos han demostrado lo que son capaces de hacer y lo que se proponen. Sólo la parálisis que produce el miedo, la reserva ante el prójimo, al que nos han enseñado a no necesitar, el sentimiento de desamparo nos impiden tomar cartas en el asunto y poner manos a la obra: la obra total que ya no será de arte, aunque precisará de todo nuestro legado cultural y tecnológico, de toda nuestra creatividad colectiva, de toda nuestra empatía y nuestra apertura.

¿Qué nos impide escapar de este modelo catastrófico de gestión, resultado directo y muy simple, pese a las sutilezas metafísicas que lo median, de la ambición desmedida por el control y la dominación de unos cuantos "autores" del destino del mundo? Si generamos una tormenta de ideas en torno a esta cuestión hallaremos poca diversidad de respuestas: una gestión del conocimiento basada en la escasez, como si se tratase de un bien consumible, que impide su extensión fractal en todas direcciones; una enculturación ideológica regida por la competencia y la dominación del mundo en todos sus frentes; una dependencia patológica de cada ser humano hacia las estructuras que ellos mismos han ayudado a construir. La política fiada a la representación, la burocracia y la especialización del poder nos ha convertido en una manada inerte al cuidado de sus depredadores.

Sea cual sea la reacción, se generará en las complejidades que no habrá más remedio que afrontar (enseguida es muy tarde), y tendrá como principio fundamental la capacidad autoorganizativa inherente al ser humano y al uso de lenguajes. La actual política de altas esferas, la democracia puramente ritual sólo pueden llevarnos a la consumación de un poder cada vez más separado, cada vez más corrupto, cada vez más violento. Pagamos un precio demasiado alto por mantener un bipartidismo estéril que no ofrece alternativas. Hoy se impone una superación pragmática de la política como lenguaje. Y de las ideologías divisorias sobre las que se fundamenta.

Es preciso empezar a construir plataformas ciudadanas capaces de ejercer presión sobre un ámbito accesible y a la vez significativo: los municipios. Plataformas ciudadanas sin ideología política, referidas a asuntos concretos de gestión, que tomen como principios fundamentales la construcción de la política desde abajo y el rechazo de la especialización de la gestión pública. Plataformas de ciudadanos liberados de marcas históricas para entablar las batallas de los nuevos tiempos. Naturalmente: plataformas de individuos organizados colectivamente, y en ningún caso de políticos untados o a sueldo, con capacidad para influir en los plenos, para desbancar y expulsar de ellos a las derechas y a las izquierdas con todos sus trucos. Plataformas construidas a partir de debates, de ejercicios, de celebraciones, capaces de cambiar el rostro de un pueblo y de contaminar la vieja política con replicaciones víricas que se extenderán por otros municipios, hasta generar una corriente que fluye de abajo a arriba anegando los salones de los señores de la guerra.

Nos toca dignificar a la especie humana o asumir su extrema degradación.

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