4/16/2010

El capitalismo como religión

Hay que ver en el capitalismo una religión. Es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban antiguamente respuesta las denominadas religiones. La comprobación de esta estructura religiosa del capitalismo, no sólo como forma condicionada religiosamente (como pensaba Weber), sino como fenómeno esencialmente religioso, nos conduciría hoy ante el abismo de una polémica universal que carece de medida. No nos es posible describir la red en la que nos encontramos. Sin embargo, será algo apreciable en el futuro.

No obstante, son reconocibles tres rasgos de esa estructura religiosa del capitalismo en el presente. Primero, el capitalismo es una pura religión de culto, quizás la más extrema que haya existido jamás. En el capitalismo todo tiene significado sólo en relación inmediata con el culto. No conoce ninguna dogmática especial, ninguna teología. Desde este punto de vista, el utilitarismo gana su coloración religiosa. A esa concreción del culto se vincula un segundo rasgo del capitalismo: su duración permanente. El capitalismo es celebración de un culto sans trêve et sans merci [sin tregua ni piedad]. En él no hay señalado un día a la semana, ningún día que no sea festivo (en el sentido terrible del desarrollo de toda la pompa sacral) que supondría el esfuerzo más manifiesto de quien adora. Este culto es, en tercer lugar, culpabilizante. Probablemente el capitalismo es el primer caso de culto no expiante, sino culpabilizante. Este sistema religioso se encuentra arrastrado por una corriente gigantesca. Una monumental consciencia de culpa que no sabe sacudirse la culpabilidad de encima echa mano del culto no para reparar esa culpa, sino para hacerla universal, forzarla a entrar en la consciencia y, sobre todo, abarcar a Dios mismo en esa culpa para que se interese finalmente en la expiación.

La expiación, por tanto, no debe esperarse del culto mismo, ni de la reforma de esa religión. Tendría que sostenerse en algo más seguro que en ella misma. Tampoco podría sostenerse en su rechazo. Es la esencia de ese movimiento religioso que es el capitalismo resistir hasta el final, hasta la culpabilización final de Dios, hasta la consecución de un estado mundial de desesperación que es, precisamente, el que se espera. En esto estriba lo históricamente inaudito del capitalismo, que la religión no es reforma del ser, sino su destrucción. La expansión de la desesperación hasta un estado religioso mundial del cual ha de esperarse la salvación. La trascendencia de Dios se ha derrumbado, pero no ha muerto, sino que está comprendido en el destino de la humanidad. Ese tránsito del planeta humano por la casa de la desesperación en la absoluta soledad de su trayecto es el ethos determinado por Nietzsche. Ese hombre es el superhombre, el primero que empieza a cumplir, reconociéndola, la religión capitalista. Su cuarto rasgo es que Dios debe permanecer oculto, y sólo debe ser llamado en el cénit de su culpabilización. El culto es celebrado ante una divinidad inmadura y toda representación, todo pensamiento en esa divinidad daña el secreto de su maduración.

Walter Benjamin, fragmento de un borrador de un texto inédito de 1921. Las negritas son nuestras

2 comentarios:

Andrés Devesa dijo...

Hola.

Magnífico el texto, que bien podía haber sido escrito hoy. "la consecución de un estado mundial de desesperación" qué es hoy sino la amenaza pendiente del cambio/desastre climático y de la crisis enérgetica que amenaza el futuro de prosperidad que se nos promete.

Se me ocurren muchas lecturas del presente y del (si no lo desviamos) sombrío futuro que se aproxima a la luz de ete texto.

Por más que piense que conozco algo obra de Benjamin siempre encuentro algo nuevo y directo a las entrañas del capitalismo.

Benjamin nunca dejará de sorprenderme...

Saludos de tipo gris a tipo gris

tipo gris dijo...

este texto es de un borrador inédito que publicó El País hace unos veinte años ya, como ocurrió con gran parte de su obra inacabada. posiblemente debía quedar así, pero si no hubiese muerto precipitadamente quizá tenía mucho todavía por decir.