2/28/2010

La mirada del Cobra o ¿Quién cojones es ese tipo?


Ya hemos hablado de ARCO, loca, así que ¿por qué no íbamos a hablar de EUROVISIÓN? Ya sé que a tí te parece frívolo, que no está en nuestros eventos, que aún somos frikis entre los frikis, pero hay que abrir de vez en cuando las ventanas para ventilar, aunque se cuele el sucio mundo en nuestra república de plata. Si hemos de buscar el lugar de esas prácticas de producción de sentido que heredarán las cenizas de la vieja e inútil institución del arte, si queremos reescribirlo todo, habremos de empezar por comprender los códigos en que se escribe nuestra existencia extrañada. Somos "cazafantasmas".

Uno de los ámbitos hacia los que se ha desplazado el eje de la producción de sentido en nuestros días, para bien y para mal, es el de la cultura de masas, cuyo rasgo más contrastado es su carácter "medial", el haber estado vinculada desde su nacimiento, y a través de sus sucesivas ampliaciones, a los avances tecnológicos en materia de información y comunicación. Con lo que fatalmente el acceso de las masas a la cultura, a la cultura de masas, ha estado vinculado desde su nacimiento, y a través de sus sucesivos asaltos, a una "expropiación" (técnicamente a una alienación) de su experiencia viva, del contacto con su mundo real, del manejo cualificado de las condiciones de su existencia.

Es cierto que las cosas no son como antes. Dentro de la transformación constantemente acelerada en que estamos inmersos, el desarrollo del modelo de información en red constituye un tránsito crucial en los usos espectaculares que está anegando el viejo paradigma. La televisión, especialmente antes de la diversificación de canales en competencia, cuando era ante todo "cuestión de estado", establecía frente al cine un modelo de comunicación basado en la centralidad del emisor, el aislamiento y la dispersión del receptor y la unidireccionalidad del flujo informativo. Se ha avanzado algo en alguno de estos aspectos, aunque continuamos reducidos a la impotencia. No es preciso ser ingenuo para darse cuenta de ello.

Eurovisión es un evento televisivo. Durante algún tiempo fue el evento televisivo por antonomasia, equiparable a las finales de la Copa de Europa de Fútbol. ¿Recuerdas, loca? Eran los días en que nos acostábamos tarde, la familia pocas veces reunida en torno a una ilusión, los duse points, el royó miní, la conexión que a veces fallaba por causas ajenas. El Festival de la Canción de Eurovisión nació en los años de postguerra, en un momento de reconstrucción de las identidades nacionales, como primer evento que se transmitía simultáneamente a todo el continente, lo que en aquellos años suponía un enorme esfuerzo técnico y económico.


Se trataba de producir un acontecimiento mediático internacional que, mediante el recurso a la música, reuniese a todos los países en un mismo espectáculo donde lo festivo y lo competitivo pudiesen ir de la mano. El efecto espectacular era múltiple: se engrasaban las relaciones internacionales con rostros bonitos y ritmos machacones al tiempo que se reforzaba la conciencia nacional y se neutralizaba esa amenaza a la moral y las costumbres que representaba la cultura popular emergente gracias al desarrollo de la industria discográfica, que era el puntal principal por entonces del mercado cultural. Canalización de energías colectivas de diverso signo. No creo necesario insistir en la forma en que la política determinaba de este modo el desarrollo del evento, lo que hacía que los productos presentados a competición participasen de un gusto tan genérico que por fuerza resultaba desligado de cualquier condición particular, y que Uribarri siempre acertase en su predicción del sentido de las votaciones.

Hoy queda poco de eso. La red ha trascendido las identidades nacionales, ha roto con los criterios del gusto tradicional y ha generado su propio espectáculo en youtube. Cuanto más se esfuerzan los actuales gestores del evento por recuperar su antiguo manto de prestigio abriendo la celebración a la participación de las masas según el nuevo modelo, más se hunde ésta en la banalidad, la ridiculez programada, el mal gusto que nadie reconoce como propio, y no le queda otro sentimiento que explotar. Si el festival sigue en pie es gracias a los frikis y los nihilistas que ven en él una forma de romper con el "programa", de destapar sus miserias, de "animar" a sus antiestrellas. Góticos, enanos, transexuales, hemos descubierto tras lo que nos quita la vida la gran parada de los monstruos.

La cosa empezó hace ya pocos años, cuando los esquemas empezaban a romperse después de la Guerra Fría y el "espectáculo más grande de Europa" intentaba reciclarse incorporando los diversos estilos hacia los que había evolucionado el pop: el rap, el heavy y hasta el punk. Como de lo que se trataba es de producir antídotos y contratipos inocuos, lo que se derivaba de ello eran parodias descafeinadas cuando no disparatadas de estos géneros, representaciones de mal gusto en cuanto que estaban sacadas de su contexto, como un grafiti en un salón burgués. 50 años después del nacimiento del festival Lordi ganaba con una operística puesta en escena que invitaba a los heavies a abandonar. Vamos a divertirnos.


En 2008 España presentaba al festival, gracias a que la decisión última estaba en manos de la votación popular a través de los medios que se lucran con las votaciones, una ironía, si es que no un verdadero insulto a la inteligencia de los promotores. Contra todo pronóstico, no quedó en último lugar. Estaba claro que quienes se adhirieron a la campaña por la representación española de Rodolfo Chikilicuatre no estaban inspirados ni por el amor patrio ni por el espíritu eurovisivo tal y como éste se había concebido hasta el momento. Y que los cerebros de esta maniobra, adobadas e influyentes figuras del espectáculo nacional más grasiento, progresistas con espíritu rompedor pero con haciendas que proteger, no pretendían el efecto subversivo que habría de derivarse de ella. Por eso tuvieron que intervenir de forma determinante en las fases clasificatorias de las futuras ediciones, desprestigiando de forma activa, al poner en práctica una moral de la que nunca habían participado, a los candidatos "impresentables" que el pueblo sugería mediante votaciones masivas, como el "nazi" John Cobra, erigido en "el candidato de internet" tras la eufemística descalificación de Pop Star Queen. En España todo el mundo sabe lo que pasó en la final para escoger al candidato en la gala de este año, pero fuera quizá no.



¿Cómo llegó John Cobra hasta aquí? ¿Quién cojones es ese tipo? Es el que nos iba a representar ante Europa de no haber mediado los poderes fácticos del espectáculo y los intereses políticos que despliega. No por sus dotes, que todavía no ha exhibido a pesar de decir que son muchas y de amenazarnos constantemente con hacerlo: ójala y no me vea en la necesidad de comentarlas en esta columna. Porque ciertamente es un producto autónomo, construído a partir del nuevo paradigma, del que es un producto residual, pero efectivo. Es el único que no llegó ahí "promocionado por nadie, ni por promotores, ni por radios, ni por televisiones", mucho más de lo que podría decir Chikilicuatre. John Cobra es el resultado de una campaña de marketing vírico emprendida por Mario Vaquerizo a través de internet y de filtraciones y desvíos de programas de gran audiencia como el "Diario de Patricia", logrando subordinar el viejo formato televisivo a las redes y utilizándolo para sus propios fines, como un Luther Blissett sin ideales ni principios. Hay quien necesita ser famoso para poder desarrollar su talento; para John Cobra el "rap" que dice interpretar es sin embargo un mero pretexto para ser famoso. Hay quien pone su estética al servicio de una idea, sea o no equívoca, y quien como Vaquerizo pone su perfil skin al servicio de una estética. Su verdadero punto de partida es la moda de los jackass, literalmente los "tontosdelculo", jóvenes descerebrados que realizan barbaridades ante la cámara, poniendo a veces en riesgo su vida, sólo por conquistar su minuto de gloria en youtube. Impacto.


Por eso, cuando la clase espectaculista se alza hipócritamente en su contra denunciando sus modales poco finos y el "mal ejemplo" que transmite a las audiencias, no hacen otra cosa que defender su patrimonio exclusivo frente a intrusismo de quienes buscan el "éxito sin precio". No se plantean en qué medida han preparado ellos este caldo de cultivo elevando cada día un poco más sus espectáculos a la categoría de bochorno, ni están dispuestos a reconocer la deuda que tienen con esas criaturas deficientes y monstruosas que somos todas cuando salimos en pantalla sin maquillaje, sometiéndolas al ridículo para elevar sus audiencias. La tele lamenta la "escena", pero en realidad "lamenta" la escena. Condena al infractor y se queda con las ganancias. Pero ya les queda poco. La tele ha descalificado a John Cobra "para siempre", pero el pacto ya está hecho y el espectáculo continúa.

John Cobra sois todos, desde que no había futuro. Por eso estaba allí.

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