2/02/2010

¡Ay de tí, Haití! ¡Ay de nosotros!

Los terremotos por televisión son emocionantes. La mortecina secuencia de banalidades que desgranan los programadores se rompe bajo nuestros pies, las pantallas treman como poseídas de pronto por esa realidad que tratamos siempre de conjurar, y por las brechas abiertas en la coraza reflectante mana de nuevo nuestra propia miseria, nuestra vulnerabilidad, el drama básico de la vida y de la muerte, es decir el de la supervivencia desatada en medio de la civilización. Sin estas catarsis periódicas, sin estas interrupciones en el flujo del guión el espectáculo se acomodaría a sí mismo, a su eterno retorno indiscutible e indiscutido.

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Aparentemente, la representación de una catástrofe natural da poco juego a la interpretación y el desarrollo. El dolor es transparente, la destrucción definitiva, y las fuerzas que los produjeron fatales. Sin embargo, contemplada desde fuera, nos revela sutilezas ideológicas, condicionamientos históricos, intenciones oscuras que no pueden tomarse en consideración en un primer momento porque la necesidad de actuar es más urgente, pues ante este tipo de calamidades todos estamos en entredicho, y las instituciones habilitan dispositivos para que esa acción se canalice dentro de los estrictos márgenes de la pantalla momentáneamente empapada de realidad. Se habla de doscientosmil muertos, una cifra cercana a las estimaciones realizadas para los tsunamis índicos de 2004 o al balance final de víctimas de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y de una situación de trauma, caos y desgobierno.


El espectador impasible sería un delincuente, o como mínimo un desalmado, he aquí un primer aspecto a explotar. Por ello, y como respuesta a una necesidad más urgente que los gritos de los hambrientos, los primeros en desplazarse al lugar de los hechos y en organizar campañas de solidaridad serán nuestros medios de comunicación, especialistas de la catástrofe. En muchos casos, sólo para contar los muertos de sus respectivos países, que serán los únicos que tengan nombre y apellidos. O para constatar la lentitud con que fluyen las ayudas, atoradas en competencias y compromisos geopolíticos que únicamente los Estados Unidos están en condiciones de gestionar según su criterio, pues el gobierno nacional ha desaparecido con todos sus símbolos.


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O, como valor marginal añadido, para desplegar la carnaza que reventará sus audiencias. Estamos acostumbrados a eso, y casi resulta igual de hipócrita denunciarlo, pues parece responder a una necesidad social. Pequeños gestos y anécdotas protagonizados por los ídolos de nuestros sueños colmarán nuestro vacío de emociones y nos harán sentir que también somos humanos, llamadas ocultas de ong´s reclamando donativos, o de empresas que ofertan sus productos incluyendo un pequeño porcentaje para Haití. Esta vez no han ahorrado imágenes de dolor y muerte, de violencia y devastación para horadar nuestros resecos corazones y nuestros sentidos obturados por espectáculos morbosos. ¿Protección de menores? Mirad a los ojos de ese hermoso niño desnudo y comprenderéis la necesidad de adquirir uno para llenar vuestras vidas. Traed las cámaras, va a comenzar el rescate. No hay que descifrar el uniforme de los héroes, sino el logo de la cadena que transmite desde el mejor ángulo posible. Propaganda política: mirad lo que hacemos y lo que hacen los otros. Reporteros estrella, tipos duros bregados en el violento mundo del documentalismo y la telerrealidad. El Gran Circo Americano organiza una gala solidaria en Madrid, pero el verdadero circo americano no tiene carpa.


Sabemos que el enfoque de las cámaras no es objetivo, sino selectivo. El espectáculo no se desvela a través de lo que nos muestra, sino de lo que esconde. El heroísmo del pueblo antillano para sobrevivir a la catástrofe y empezar a levantarse, su entereza ante el dolor, sus intentos de autoorganización frente al desgobierno no están en la carta del menú carnívoro que cada día nos sirven. Parece que algunos de los cuerpos rescatados fueron encontrados por "saqueadores". El caos y la violencia resultan mucho más rentables desde el punto de vista del espectáculo, pero no se trata sólo de eso, sino sobre todo de construir mediáticamente un escenario que justifique la ocupación militar de la zona con el supuesto fin de poner orden entre la población y coordinar las ayudas. Obama ya no engaña a nadie con su imagen de progre pacifista. Si había alguna duda sobre cuál sería la deriva de sus políticas, hoy ya sabemos que la necesidad de restaurar el liderazgo mundial de los Estados Unidos convertirá su reinado en uno de los más crueles y cínicos de la historia.


Hierven en la red las denuncias sobre la posible relación con este terremoto de HAARP, el programa de investigación que la defensa norteamericana mantiene en Alaska y que estudia el modo de interferir sobre el electromagnetismo terrestre mediante emisiones masivas de onda corta. Parece una posibilidad alocada, digna de bloggers conspiranoicos, pero el proyecto HAARP preocupa también a estados como Rusia, que saben de lo que hablan por haber estado involucrados en tentativas similares, o a la Unión Europea, que en 1999 aprobó una resolución denunciando los peligros de este programa de investigación, capaz de interferir sobre el clima y de producir fenómenos. Estaríamos hablando entonces no de un acto de oportunismo, sino de una tragedia provocada de manera consciente o experimental para destruir un país y tomar posesión de él. Se trata de una posibilidad tan repugnante que la conciencia rechaza incluso tomarla en consideración, y tan terrible que nos aboca posiblemente a una destrucción total. Las armas nucleares, que tanta polémica despiertan, habrían quedado obsoletas frente a esta nueva forma de manipular la energía. Pero para no caer en el descrédito ni dar pábulo estas acusaciones, el gobierno y la defensa norteamericanos deberían dejar de actuar en Haití como si efectivamente fuese así, y desmantelar un programa cuyo propósito bélico resulta más que evidente.

Desde que la ayuda internacional empezó a movilizarse inmediatamente después de la catástrofe, numerosos países han denunciado los impedimentos y controles del ejército americano, apostado allí antes que las brigadas de salvamento con el humanitario propósito de contener la violencia y el pillaje. ¿Están gestionando el drama para consolidar la ocupación? Interrogado por la lentitud con que llega la ayuda a un país no mayor que Galicia, donde casi toda la población está concentrada en su capital, el embajador norteamericano alega mirando al suelo falta de convoyes y de combustible. ¿Acaso no ha abierto Chávez el grifo? Han desplazado un gigantesco dispositivo militar, pero han olvidado los camiones de reparto.


Haití es víctima de Occidente desde que Colón arribó a las Antillas, convirtiendo la isla en pasto de los imperios y a su población autóctona en masa esclava. Ha tenido que pagar su precio por dejar de serlo y ha sufrido sucesivas ocupaciones que la han empobrecido y la han hecho políticamente dependiente. Todo parece indicar que su destino seguirá estando marcado por sus explotadores, que tras manifestarse capaces de las mayores tropelías se postulan hoy como sus salvadores. Tras la destrucción, empieza la reconstrucción, y no faltarán quienes se apunten a ella por un módico precio: poder seguir explotando su territorio y sus vidas.

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