10/01/2009

Las putas palabras

La guerra es lenguaje ultrajado por la publicidad
usado como magia negra para el dominio del planeta.
Allen Ginsberg

Cuando faltan las palabras sólo queda el concurso (que no el recurso) de la violencia. Pero hace tiempo que las palabras nos vienen fallando, ya sea por nuestra falta de fe en ellas o por su propio carácter plástico, leve, tornadizo.

Al principio la palabra era dios y Dios se encarnó en ella. Era la materia del mundo y a la vez su arquitecto y su herramienta. Sin las palabras, el mundo no era más que un caos perruno donde no fraguaba el orden ni la libertad. La palabra nos abría el espacio del otro y nos permitía escapar de nosotros mismos.

Sobre ellas se consolidó también la memoria y la conciencia del tiempo en forma de leyenda o de relato con sentido. Y emprendieron el futuro, pues estaban llenas de proyectos.

Toda esta civilización incontrolable, para la que parece no haber palabras, tiene en ese polvo su átomo primordial. Y no solo una. Y todas ellas herederas únicas de las únicas palabras. Los ladrillos del muro se modelaron con el mismo barro.

No sabemos si la mentira nació con la palabra. Imagino que poco después, y no sin intermediación del error, pues la eficacia de las palabras no podía hacerse evidente más que en su correspondencia “sagrada” con la materialidad del mundo. Pero si las palabras nos traicionaban, si no eran cosas, entonces eran humo. Humo no: fuego donde abrasar al otro.

La conciencia del error y la mentira debieron librarnos del fanatismo, pero no fue así siempre y para todos. Las palabras fueron a misa y se hicieron últimas palabras. Ya no dialogaban: dictaban. Difícil no perderles el respeto. Difícil alzarse contra sus dueños sin renegar de ellas, sin partirles el corazón, sin maltratarlas.

Y junto a la mentira, la repetición, que desalma a las palabras y las deja a la intemperie. Y la repetición repetida, que crea verdades que en realidad son conjuros. Y la palabrería, reproducida huecamente en todas las bocas.

Nietzsche no podía imaginarse con una mujer con la que no pudiese estar hablando toda la vida. ¿Y de qué hablaríamos tanto tiempo, loca? ¿De filosofía? Me gusta también cuando estamos callados.

Las palabras sólo son palabras: sólo palabras. Hay un trecho. Son insuficientes para registrar lo sucedido y no bastan para producir un suceso. Así que las palabras son pura teoría, y hoy necesitamos gente de acción.

¿Qué hacer con las palabras en la sociedad del espectáculo, cuando una imagen vale más que mil de ellas?




Escucharlas, sin prejuicio ni ingenuidad. Aceptar lo que son, sin títulos de propiedad. La palabra marca una distancia imposible de derribar a golpes. Tomarlas en serio: no borrar nada, no hablar a lo tonto. No es preciso recuperar su sentido, ni su cifra oculta, ni su profundidad. Yo me conformaría con recuperar su materialidad. Las palabras son un tipo de cosas. Son palpables, tienen forma, duelen. Pueden cambiar el curso de los acontecimientos. Escritas en nuestro cuerpo, nos transcienden. Una mala palabra provoca una enfermedad: nos hacemos un lío y la energía deja de fluir. No aspiro a la palabra salvadora, sino a la palabra sanadora que vive en tí. Espero el retorno de las palabras de carne y hueso, porque ni siquiera esto puede ser el final.

Voy a decirlo solo una vez: hablar es comprometerse.

[Comic: Vida salvaje, de Elvis Pérez]

1 comentario:

Anónimo dijo...

Las palabras han salido del pecho del aire y por la boca. Mucho antes de que se armasen en cadenas sobre el monódico sensorio del aliento animal.

Las palabras son verdad porque no pueden ser mentira. La mentira no es más que otra verdad que no era buscada.

A las últimas palabras no les sigue la violencia. Cuando faltan y te abrasas o abrasas al otro antes de que te falten quizá es que no has encontrado ningún espacio en el silencio, no llevas ninguna como caja de herramienta, o botiquín. Quizá no tienes energía para saltar al vacío y encontrar la que parecía imposible que salvase el hueco.



Si tanto vale una imagen, cuando una imagen se seca, entonces, se seca más que mil palabras. Es la palabra la que rescata imágenes secas y palabras olvidadas.

Har.