10/29/2009

Las revueltas que dicen que perdimos


Texto sobre las movilizaciones estudiantiles de 1986-87 en España y Francia publicado anónimamente en el libro Estudiantes, antiestudiantes, policía, prensa, poder (Madrid, Literatura Gris-Traficantes de Sueños, 2001). Recuperar el hilo rojo y preparar otro escenario.




Pertenezco a una generación objetivamente revolucionaria que no acertó a serlo efectivamente, porque no supo reconocerse en un pasado que le resultaba esencialmente extraño ni podía concebir el futuro más que como cuenta atrás. El olvido era generalizado, una marca de la época podríamos decir, pero más pronunciado en España, donde no sólo conspiraban a su favor las fuerzas de la modernización capitalista, sino que era oficialmente sancionado por el Estado, cuya estructura seguía sin embargo habitada por los fantasmas de su pasado reciente. Nosotros mismos hubiésemos querido correr, quemar etapas, dejar atrás la pesadilla, y en un tiempo récord saltamos del sonido "chapa" al afterpunk sin solución de continuidad. Pero no había hacia dónde correr, así que dimos varias vueltas al circuito de la moda y acabamos bailando sin movernos del sitio, o saltando al vacío. Se llamó "movida" a la puesta en circulación y al consumo acelerado de productos y actitudes culturales prescritas en otros sitios, como ejercicio reflejo de una transgresión ritualizada que dejaba de lado siempre lo esencial, y en este consumo artificial de tiempo perdido en conserva se nos fue casi todo el ímpetu. La droga, el paro, el sida, eran la cara b del vinilo, otros tantos efectos que esta época siniestra dispuso allí para nosotros y que tuvimos que encarar sin maestros ni libro de texto. Nuestros padres nos traicionaron o fueron demasiado débiles para hacerlo. Mi generación es también la del eterno jardín de infancia, la del trabajo-basura y los mil cursillos de capacitación para nada. Bocados de realidad envueltos en papelina. Pero ¿qué importan esos que tragaban y se quedaban en casa? Una generación no es lo que es generado, sino aquello que se genera en el curso de un momento. La generación está compuesta por los que actúan, unos todavía con esperanza, otros ya sólo con rabia.

Las situaciones de revuelta que se produjeron en 1986-1987 expresaban ante todo un estado fundamental de ausencia (de sujeto, de organización y sobre todo de perspectivas) que intervino tanto en su origen como en su disolución. Eran revueltas con causa, pero sin sentido. Y la causa tenía un alcance tan amplio que no existían las bases para que ese sentido se forjase sobre la marcha, con las necesidades de una lucha que no pudo expresarse más que negativamente: como desesperación y agonía, como odio y destrucción. Algunos progres se creían simpáticos aplaudiendo desde posiciones de poder lo que debían de entender como un signo de maduración democrática, el punto sin retorno de la apuesta por las libertades. Pero quienes sabían leer las condiciones particulares que propiciaron estas movilizaciones tenían de qué preocuparse. No eran efectivamente análogas a las del 68 (lo que no quiere decir que no respondiesen a la misma necesidad histórica), ante todo porque aquellas se produjeron en medio de un intenso movimiento contestatario a nivel mundial, en el que encontraban impulso y referencia, y de un vivo debate acerca de la reformulación del socialismo revolucionario que había impregnado la sociedad civil y se expresaba mediante la formación de innumerables grupúsculos. Las de 1986-1987 se desencadenaron sin embargo a partir de la descomposición de todo esto, con la izquierda secuestrada por el capital y las ilusiones enterradas bajo los escombros del comunismo decadente. Si los acontecimientos del 68 sorprendieron a la gran mayoría de quienes se vieron cuestionados por ellos, los del 86 surgieron sencillamente de la nada. Que la frustración, durante bastante tiempo reprimida y silenciada, se expresase de este modo, sin proyecto ni reivindicación concreta, era doblemente alarmante porque demostraba que el desgaste de las estructuras de la izquierda, burocracias parlamentarias, encuadramientos de los trabajadores, militancias históricas acomodadas en su derrota, no era capaz de canalizar ya las fuerzas de la contestación rebelde, y dejaba en consecuencia a éstas en libertad para constituirse a partir de su existencia concreta, sin rodeos ideológicos ni participación posible en ningún marco negociador.

La contradicción más profunda que suscitó aquellas revueltas no se daba por tanto entre las supuestas partes en litigio que se repartían los papeles en el drama virtual de la política, sino entre el propio conflicto y su precaria Normalización. Del mismo modo que para mí las protestas estudiantiles no eran sino una puesta en escena que había que denunciar en su raíz, llevando las cosas mucho más lejos de lo tolerable en cada una de nuestras acciones, nunca me hice la menor ilusión a propósito de su resultado. Como por lo demás tampoco era estudiante, porque la sociedad me había prohibido serlo, ni existía el Sindicato de Oficios Sumergidos (SOS), aquellas huelgas convocadas por quienes yo percibía como los "nuevos amos" no eran sino un contexto para plantear una puja con la que nadie contaba. Aislado, desesperado, no pude intervenir más que a título individual y crítico, es decir destructivo, con unas pretensiones tan descabelladas que a la mayoría parecían fuera de lugar. Pero en mis descabelladas pretensiones no me encontraba solo, y al margen de cualquier pretensión me encontré formando parte del foco más vanguardista de la revuelta.

Es hoy un lugar común decir que aquellos sucesos estuvieron exentos de significado, lo que he empezado por reconocer. Que constituyeron ecos sin sustancia de explosiones más puras. Que fuimos mediatizados y más mediatizados cuanta más violencia alcanzábamos a desplegar. Y, en fin, que no hicimos nada porque no había nada que hacer. Creo que es tan falso decir que no existía fundamento para hacer lo que hicimos como pensar que perdimos algo cuando no teníamos nada que jugarnos. No puedo sacar conclusiones morales que sirvan para todos de un episodio que se recorta sobre inmoralidad de mi tiempo como una reacción profundamente amoral y nihilista.

En el momento de recordar aquellos momentos sí me gusta subrayar los tres aspectos que personalmente más me han dado que pensar. El primero es que he vuelto a encontrarme en lo sucesivo, sin participar necesariamente en actividades comunes, con muchos rostros que vi allí por primera vez y con los que sólo intercambié consignas, de forma que mi vida parece haberse ido construyendo impremeditadamente en relación a estos rostros. El segundo es anecdótico, gamberro, injustificable para muchos, pero curioso en todo caso, y es que cuando estamos habituados a contemplar, sin que provoque ya más indignación que hastío, la imagen del policía que aísla al manifestante y lo reprime a toletazos, fueron varias las ocasiones en que la policía, que había desplegado el máximo de sus efectivos y de su violencia, se vio cercada, pateada y humillada por los manifestantes en las revueltas de 1986-1987. Un chaval exhibía, meándose de risa, los galones deshilachados de un cabo de los nacionales. El tercer y último aspecto es que, al margen de los resultados políticos, dimos un golpe mortal al "espectáculo de la movida" tomando su estrépito y su nihilismo por nuestra propia cuenta y descubriendo en el ejercicio de la “infancia liberada" la madurez que nos había negado la “infancia alentada y programada” por el nuevo paternalismo-patriarcalismo de izquierdas. Por fin pudimos reconocernos en algo propio, lo que equivalía a haber vivido, y con la misma impremeditación con que nos lanzamos a la calle nos vimos convertidos cuando todo había pasado en el “viejo topo” de la historia, que sólo vive para esperar una nueva oportunidad, capaz de nuevo de concebir un futuro; no porque lo haya, sino porque ha empezado a tener un pasado en el que reconocerse.


10/01/2009

Las putas palabras

La guerra es lenguaje ultrajado por la publicidad
usado como magia negra para el dominio del planeta.
Allen Ginsberg

Cuando faltan las palabras sólo queda el concurso (que no el recurso) de la violencia. Pero hace tiempo que las palabras nos vienen fallando, ya sea por nuestra falta de fe en ellas o por su propio carácter plástico, leve, tornadizo.

Al principio la palabra era dios y Dios se encarnó en ella. Era la materia del mundo y a la vez su arquitecto y su herramienta. Sin las palabras, el mundo no era más que un caos perruno donde no fraguaba el orden ni la libertad. La palabra nos abría el espacio del otro y nos permitía escapar de nosotros mismos.

Sobre ellas se consolidó también la memoria y la conciencia del tiempo en forma de leyenda o de relato con sentido. Y emprendieron el futuro, pues estaban llenas de proyectos.

Toda esta civilización incontrolable, para la que parece no haber palabras, tiene en ese polvo su átomo primordial. Y no solo una. Y todas ellas herederas únicas de las únicas palabras. Los ladrillos del muro se modelaron con el mismo barro.

No sabemos si la mentira nació con la palabra. Imagino que poco después, y no sin intermediación del error, pues la eficacia de las palabras no podía hacerse evidente más que en su correspondencia “sagrada” con la materialidad del mundo. Pero si las palabras nos traicionaban, si no eran cosas, entonces eran humo. Humo no: fuego donde abrasar al otro.

La conciencia del error y la mentira debieron librarnos del fanatismo, pero no fue así siempre y para todos. Las palabras fueron a misa y se hicieron últimas palabras. Ya no dialogaban: dictaban. Difícil no perderles el respeto. Difícil alzarse contra sus dueños sin renegar de ellas, sin partirles el corazón, sin maltratarlas.

Y junto a la mentira, la repetición, que desalma a las palabras y las deja a la intemperie. Y la repetición repetida, que crea verdades que en realidad son conjuros. Y la palabrería, reproducida huecamente en todas las bocas.

Nietzsche no podía imaginarse con una mujer con la que no pudiese estar hablando toda la vida. ¿Y de qué hablaríamos tanto tiempo, loca? ¿De filosofía? Me gusta también cuando estamos callados.

Las palabras sólo son palabras: sólo palabras. Hay un trecho. Son insuficientes para registrar lo sucedido y no bastan para producir un suceso. Así que las palabras son pura teoría, y hoy necesitamos gente de acción.

¿Qué hacer con las palabras en la sociedad del espectáculo, cuando una imagen vale más que mil de ellas?




Escucharlas, sin prejuicio ni ingenuidad. Aceptar lo que son, sin títulos de propiedad. La palabra marca una distancia imposible de derribar a golpes. Tomarlas en serio: no borrar nada, no hablar a lo tonto. No es preciso recuperar su sentido, ni su cifra oculta, ni su profundidad. Yo me conformaría con recuperar su materialidad. Las palabras son un tipo de cosas. Son palpables, tienen forma, duelen. Pueden cambiar el curso de los acontecimientos. Escritas en nuestro cuerpo, nos transcienden. Una mala palabra provoca una enfermedad: nos hacemos un lío y la energía deja de fluir. No aspiro a la palabra salvadora, sino a la palabra sanadora que vive en tí. Espero el retorno de las palabras de carne y hueso, porque ni siquiera esto puede ser el final.

Voy a decirlo solo una vez: hablar es comprometerse.

[Comic: Vida salvaje, de Elvis Pérez]