9/16/2009

No hemos visto nada





El texto siguiente se publicó en el número 1 de la revista Brumaria, noviembre de 2001. Las dudas que en él se exponen, y ante todo la percepción "disonante" que expresa, cobran cada vez mayor verosimilitud.


La noticia del terror no espera a mañana; se presenta como "última hora" suspendiendo el curso de la realidad programada. Irrumpe aullando en el plácido documental de sobremesa y se lleva por delante hasta los cortes publicitarios. No es objeto de contemplación, sino un cañón en la frente de la audiencia. Los medios avanzados de comunicación despliegan gracias al terror todo su potencial: instantaneidad, omnipresencia, condicionamiento.

El intervalo inferior a veinte minutos que medió entre ambos asaltos a las Torres Gemelas bastó para que las televisiones de todo el mundo se conectasen a un inmenso espectáculo de fuego. Una vez y otra, con hipnótica cadencia, la imagen fascinante de los impactos sobrepuesta a la agonía de edificios y personas. Y en menos de dos horas, la unidad de atención media de un largometraje, la tragedia se consumó y la catarsis alcanzó su punto álgido: los edificios cayeron de rodillas, el relato del histórico acontecimiento se descompuso en una corriente desbordada de ohes y ahes y la audiencia más espectacular de la historia palideció al unísono. Instantes después, un fundido de polvo y ceniza, el inmenso amasijo de escombros en la gótica desolación de la Zona Cero y un solar arrasado en las conciencias sobre el que ha empezado inmediatamente a edificarse el orden nuevo: nuevos odios, nuevos miedos, nuevas cicatrices culturales.

Esta irrupción catastrófica de realidad es innegable; lo habrá sido sobre todo para los hombres y mujeres atrapados en la cima del edificio. Y como sus consecuencias no dejarán de sentirse por doquier, esta realidad se impondrá finalmente a la humilde verdad de quienes paguen por ella. Insistir en estas circunstancias en el carácter mediático de lo que se ha visto va a parecer frívolo e insensato durante algún tiempo. Al igual que existe una economía de guerra que concentra los recursos y relanza las expectativas de crecimiento de las naciones, existe una cultura de guerra que concentra espectacularmente las ideas y alinea instintivamente cualquier juicio. Todo gira alrededor del mismo eje, y las utopías son más secundarias que nunca. Hay momentos, se dice, en que no se puede permanecer neutral, en que la indiferencia es traición y toda manifestación de crítica terrorismo. Ante todo, no está permitido dudar. La descarnada visión del desastre debe validar pruebas dudosamente confeccionadas y campañas sospechosamente oportunas. Y semejante exhibición de poder en pleno ejercicio nos señala el partido del más fuerte.

Pero no hay acto terrorista que no sea esencialmente un montaje. El rastro de sangre que deja es el tributo que paga lo viviente a la ideología que lo inspira. Se dice que en el acto terrorista retorna lo real destruyendo la ficción social de estabilidad y acuerdo, pero el terrorismo moderno va más allá de esta primitiva voluntad de hacer hablar a los mudos: quiere forzar lo real, configurarlo a partir de su gestión de la muerte "producida en serie" y explotada espectacularmente como cualquier otra mercancía. No combate unos medios rígidos y altamente concentrados, sino que calcula en función de la lógica de medios flexibles y perversos. Y lo hace tanto mejor cuanto puede disponer de ellos.

El atentado del 11 de septiembre, no reivindicado aún pasado un mes, no buscaba producir un desequilibrio local de fuerzas, sino cambiar en un instante nuestra percepción del mundo (y hacerlo globalmente, en todas las conciencias). Se ha llamado la atención acerca de su economía de recursos, de la elección de un escenario altamente simbólico, de la implacable secuencia de los acontecimientos, de su estudiada repercusión mediática. Es decir, de su cuidada escenografía. Se habla al mismo tiempo de "fanatismo" como fenómeno abstracto, y los que creen entender algo valoran el "odio" que mueve una acción suicida capaz de poner en peligro a la civilización en su conjunto. Esta imagen proletaria y salvaje de los "nuevos bárbaros" encaja en el esquema mítico de la campaña contra el "terrorismo internacional" bautizada como "libertad perdurable", con la que se trata de preparar a la población para una intervención a largo plazo y de gran alcance sobre todas las naciones y sobre todas las culturas; es decir, para un estado de excepción global, permanente e indefinido que se perfila ya como organización policial del "nuevo orden".Y evita también, ante todo, que busquemos las causas en esa misma civilización que se nos impone ahora defender a sangre y fuego, en su hibris tecnológica, en sus pretensiones de dominación, en su falta de escrúpulos.

Los cascotes han caído sobre todas las cabezas. Las defensas críticas de la población han sido mermadas por el impacto y se ha lanzado en medio del pánico el llamamiento a una guerra total sin objetivo definido. Bin Laden es sólo uno de los rostros del "mal" y cuenta sobre todo por lo que cuentan las imágenes, como demuestra el hecho de que el atentado al Pentágono no haya causado una impresión igual de profunda. Todo lo que hemos visto son las Torres ardiendo. Todo lo demás queda envuelto en columnas de humo.
Madrid, octubre de 2001


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