8/20/2009

Cuerpo perro

No somos nada, loca. Nos enfrentamos al mundo cruel sin corazas, sin cuernos, sin garras ni dientes. Y casi ya sin defensas. Una simple gripe nos manda al infierno. A veces nos sorprendemos pensando cómo hemos llegado hasta aquí, cuántos se fueron. Cómo podemos llegar a viejos en medio de tantas posibilidades de morir.

Por si fuera poco, los gestores de nuestro destino, los que mandan instrucciones, no cesan de recordárnoslo: somos criaturas de dios, dependemos de nuestros amos. Ellos nos acarician o nos golpean, según seamos de culpables en nuestra inocencia. Nos lanzan trozos de comida y marcan los límites de nuestro entorno-mundo. No tenemos nada asegurado. Tenemos que ganarlo cada día con nuestra obediencia, trabajo y sacrificio. Necesitamos que nos digan cómo tenemos que vivir.

Estamos expuestos al frío y al calor, a impactos y caídas. A millones de agentes invisibles que penetran nuestro cuerpo y lo manchan del antiguo pecado. La enfermedad es una maldición, ¿y quién no está un poco maldito? ¿quién no estornuda, quién no tiene una verruga o un grano? El disgusto nos enferma. La infelicidad que hemos creado nos enferma. La falta de autoestima nos enferma. El miedo a enfermar nos enferma.

Necesitamos medicinas como antes necesitábamos la absolución y los diez mandamientos. Necesitamos nuevas medicinas para combatir los males que provocan las medicinas. El cuidado de los otros, el cariño y el violento amor son peligrosos. Sus enfermedades nos enferman, nos contagian sus excesos y debilidades. Sus cuerpos son recipientes constantemente agitados de pedos, mocos y excrecencias. Ecosistemas ajenos de especies monstruosas e invisibles.

Necesitamos dignidad para andar a dos patas, pero nuestro cuerpo carece de dignidad. Y la dignidad de los cuerpos bellos es una flor venenosa que hay que tocar con guantes. Si hubiese un estado natural sería el de querer vivir a toda cosa, fluir simbióticamente en el líquido vital devorándonos unos a otros, abriéndonos paso sin discernir el hueso de la carne, procreando sin límite. Pero la naturaleza humana está infectada de cultura. Hemos desarrollado soluciones a medida que desencadenan problemas más amplios. Hemos construído un fortín defensivo que nos aísla de nuestro entorno y nos impide vivir de acuerdo con él. Hemos roto el pacto con la naturaleza y hemos sido expulsados del paraíso de la salud salvaje.

En el origen de la civilización moderna está también el origen de las grandes pandemias y de la gestión de la salud a gran escala. Las grandes concentraciones urbanas se convirtieron rápidamente en focos abonados para las diecisiete plagas. La gestión científica de la salud, el poder sobre la vida y la muerte de la población configuró una forma nueva de dominación, un recurso para imponer normas de conducta, infundir miedos en la gente, controlar la demografía en función de los intereses productivos.

El poder en el estado capitalista se alió con la ciencia, de la misma forma que el poder feudal se sostuvo gracias a su alianza con la religión. Desarrolló la clase científica, la autoridad médica, una casta privilegiada que expendía milagros por receta a cambio de un porcentaje del PIB. Las batas blancas ocuparon el lugar de los viejos hechiceros, de los sanadores adscritos orgánicamente a la comunidad, que extraían su saber de la experiencia y basaban su práctica en la confianza de sus convecinos. Todos ellos sucumbieron a esta nueva Santa Inquisición.

Se impuso una gestión burocrática de la salud, basada en la estadística y en la intervención externa: el cuerpo era una vasija de miserias que había que disciplinar y corregir constantemente. Descubrieron un enemigo a su medida: el virus. A la medida de la mercancía y de su desarrollo multiplicado. La rapidez de las comunicaciones terrestres y los flujos migratorios nos convirtieron a todos en terroristas suicidas. Los virus se hicieron mestizos y dejaron de discernir entre cerdos y humanos.

Se impuso así la Santa Doctrina del Higienismo, auténtica cruzada armada contra la miseria humana, contra lo pobre, lo cutre, lo salvaje, lo usado. Aquí también se impuso la muerte sobre la vida, el exterminio sobre la razón comprensiva, la fumigación del extraño, el debilitamiento de lo propio. A las maldiciones naturales que antes fortalecían el cuerpo se añadieron las iatrogénicas, aquellas enfermedades producidas por su tratamiento invasivo. Hubo auténticas plagas iatrogénicas, pero siempre había un virus de aspecto lo bastante repugnante como para cargar con la culpa. Los mecanismos propios de defensa del ser humano sufrieron un colapso. Dejaron de seguir su programa y se lanzaron contra el propio cuerpo, abotargado de química ortopédica. A las maldiciones naturales y a las iatrogénicas se unieron las inmunológicas, producto de una gran confusión.

Comemos mierda envasada, higienizada y vitaminada, respiramos dolor a cada paso, somos violentamente sacudidos por un mundo en constante estado de emergencia, experimentan con nosotros, nos infunden terrores virtuales, pero la culpa siempre es del virus y de la miseria humana. Sólo ellos tienen la solución. La solución siempre renovada para la maldición que siempre se renueva. La solución se llama vacuna, y no se vende de una en una. La vacuna es la mercancía perfecta. Se difunde casi a la misma velocidad que las plagas, en lotes compactos de consumo obligatorio. Ha de renovarse constantemente, a cada nueva mutación del virus producida por ella misma. Envilece a la especie, haciéndola cada vez más dependiente y necesitada de un estado clínico que vele por ella. Si el negocio decae, siempre puede crearse un nuevo virus, sintético o mediático, para el que previamente la industria ha inventado una vacuna.

Gracias al virus, la clase médica en alianza con la clase política conquistó un prestigio y un poder creciente. Bastaba con lanzar una amenaza para captar enormes flujos de capital. La gente lloraba en su hombro, se manifestaba pidiendo más dinero para ellos. El estado clínico se impuso por todas partes. Las farmacéuticas han conquistado así un poder enorme, influyendo en los gobiernos, desarrollando nuevas formas de destrucción que afianzan su futuro, financiando campañas de terror por todo el mundo mientras siguen captando fondos para su labor humanitaria.


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