7/24/2009

La abstención (última y definitiva crónica política)

Hacer política es una tarea necesaria para la ciudadanía, pero desagradable e incómoda de llevar a cabo en las condiciones presentes. ¿Por qué es tan necesaria y por qué resulta a veces tan desagradecida la práctica política para quien la emprende dentro del marco de lo políticamente correcto, o previsible, o siquiera comprensible desde estas condiciones?
La política se refiere a la gestión de los asuntos públicos que afectan a todos los componentes de una comunidad, la polis. No puede ser dejada en manos de unos pocos representantes, por más que estos acaparen el título de políticos especializados y cobren por ello, y más aún cuando estos pocos, constituidos corporativamente en clase política diferenciada de todas las demás, no comparten ninguna de las inquietudes, ninguno de los miedos e intereses del ciudadano de a pie.
Que la práctica política es absolutamente necesaria para la ciudadanía, si no se quiere dejar los asuntos que a todos nos afectan en manos de depredadores profesionales es algo que han entendido bien, por ejemplo, la Plataforma por la Defensa de los Caminos Públicos de La Veguilla.
Sin embargo, el hecho de ser necesaria no ha bastado para ser suficiente, y la razón estriba en que, en el fondo, la mayoría no deja de percibir la política como lo que lo han dicho que es, o como lo que es de facto, es decir, la pugna por el poder por parte de un par de facciones aparentemente enfrentadas, pero que sirven de hecho a los mismos intereses del Gran Capital y del Poder en la Sombra.
Y esta es la segunda acepción, que es la universalmente aceptada: la política como pugna por el poder y la dominación, como conquista de los títulos y atribuciones que permiten negociar el interés público con las grandes corporaciones, la política como engaño necesario y como traición ineludible, como escenario de la violencia sublimada en discursos y del conflicto soterrado en cada acuerdo que se firma, dejando al ciudadano con la última palabra sin decir. No como escenario de debate y de toma común de decisiones que afectan a todos y deben tener a todos en cuenta, como ocurre por ejemplo en una asamblea de iguales.
Y es también la razón por la que uno se siente siempre tan incómodo a la hora de pronunciarse en política y por la que muchos dejan de pronunciarse. Es difícil denunciar la voraz gestión de los recursos que hacen los cerdos sin que te aplauda una manada de asnos. Y es entonces cuando te preguntas: ¿qué he dicho mal? ¿quién sujeta mi correa y me permite ladrar al viento?
Tu sabes, loca, que la política en este país ha estado básicamente definida por el control férreo de una clase, que ha logrado mantener sus privilegios más allá de la superación de la sociedad clasista, y por la alternancia en el poder de dos marionetas que escenifican con sus pantomimas la vieja leyenda de las derechas y las izquierdas, que todavía remueve muertos en sus tumbas.
Los partidos, enormes burocracias que se disputan los parabienes y azucarillos que les lanzan sus desinteresados benefactores, además de costarnos mucho dinero público empleado básicamente en convencernos y chantajearnos con la amenaza del "otro", han logrado reducir la política al espectáculo de una gran final con sólo dos equipos en juego.
No importa que uno pueda tener opiniones que a veces se salen del tiesto de lo que pudiera ser el equipo que teóricamente se te asigna. O que puedas compartir algunos planteamientos con tu adversario más obvio. No se trata de las cuestiones a debatir, sino del signo de la carga de la que eres portador para que la conexión política funcione.
En consecuencia, muchos de quienes tenían más razones para defender la causa de los caminos de La Veguilla se han resignado a callar para no entrar en batallas políticas que sienten que ni les van ni les vienen. Y muchos de quienes menos interés directo y práctico tienen en su defensa han abrazado esta causa como una maniobra más de desgaste, pero sin implicarse en las acciones prácticas del movimiento.
La adscripción política de los movimientos civiles siempre ha sido una táctica peligrosa.
El reinado del PSOE ha supuesto afirmación del liberalismo y de la cultura del pelotazo, privatizaciones de recursos públicos, intervencionismo en los medios y en la instancia judicial, represión y guerra sucia, tráfico de influencias. El reinado del PP ha supuesto afirmación del liberalismo y de la cultura del pelotazo, privatizaciones de recursos públicos, intervencionismo en los medios y en la instancia judicial, represión y guerra sucia, tráfico de influencias.
Yo veo lejos las claves de una regeneración política necesaria, pero sí veo claro que pasa por un replanteamiento radical de lo que hoy entendemos por sistema de la política, es decir, del montaje de estos dos para escenificar un falso conflicto y explotar las ganancias que genera. La regeneración de la política pasaría entonces por la intervención ciudadana lejos y al margen de los signos políticos heredados.
Porque hay otra cosa que está quedando muy clara: el poli bueno y el poli malo son el mismo poli. El PSOE y el PP son la misma mierda.
Y la gente no es tonta. Por eso siempre gana la abstención.

No hay comentarios: