2/06/2009

Si Goya levantase la cabeza (os haría un cuadro)

Como viene siendo habitual, los profesionales del cine han vuelto a deleitar a los humanos de a pie, los que no tienen más que su carne y sus huesos y ningún aura, con su innecesaria presencia pública en la gala anual de los Goya. Y, como es preceptivo en este tipo de eventos decadentes, han vuelto a vestir de purpurina la alfombra roja, a lucir palmito y agraciado perfil, además de modelo exclusivo de diseñador en boga, a mostrarnos lo guapos y alegres que son, sus felices ocurrencias, lo bien que se lo pasan mientras trabajan mientras los demás trabajamos y lo pasamos mal.

Si existe en este país un gremio corporativo, elitista, parasitario y trepa, al margen de los políticos, que lo son por las propias condiciones de su labor, posiblemente sea el de los profesionales del cine. Y quizá se deba ello también a las condiciones de su labor. Al fin y al cabo ellos no ignoran la dimensión política de la misma, dado que son los encargados de proporcionar a la sociedad representaciones ideales, de nutrir el imaginario público con figuras de reconocimiento. Si los políticos encarnan ese engendro, contradictorio en sus propios términos, que es la democracia representativa, los actores son la sustancia onírica de la representación (supuestamente) democrática, de un arte que fue el espectáculo por antonomasia del siglo XX, concebido para las masas, para el disfrute colectivo y el adoctrinamiento social.

El mantenimiento de un orden jerárquico, allí donde éste no puede ya deducirse de ningún poder trascendente ni de ninguna estructura definida de antemano, requiere un dominio efectivo y constructivo de las representaciones cambiantes a través de las que los individuos de una comunidad se reconocen y se relacionan. La concentración de medios técnicos de difusión de imágenes a nivel masivo y la práctica del montaje permitían plantearse este objetivo mediante el establecimiento de un flujo unilateral de información y novedades que reducía al individuo a la condición de espectador mudo de acontecimientos parciales y que expresaba en su propia estructura la del orden social y cultural que se trataba de imponer.

No hace falta invocar la aplicación originaria del cine a propósitos de propaganda, lo que dió lugar a todo un género bélico que después se ha desplazado abstractamente hacia la denuncia. Un estudio de los productos cinematográficos contemporáneos sería revelador de las estructuras mentales que impone el capitalismo global o capitalismo en red. Es cierto que el abaratamiento de las tecnologías y el uso de cámaras domésticas han aportado derivas interesantes al cine que escapan a la dinámica espectacular. Pero precisamente hoy el cine está concebido como una gran industria que exige grandes producciones, una gran concentración de capital, de medios y de esfuerzo. Resulta difícil decir algo interesante cuando se maneja tanto dinero.

Y ellas, con el escote al viento de febrero o el patético modelito que ha de dar que hablar; y ellos, con el meditado descuido de una barba de tres días (que hay que planificar tres días antes), no sienten ningún empacho en poner esta dimensión política en primer plano a la mínima oportunidad, erigiéndose en portavoces de los mitos, los deseos, las esperanzas del “pueblo” al que sirven y entretienen. Como cada vez que firman un manifiesto, al que todos se adhieren antes de leerlo para salir en los papeles. O como cuando Almodóvar denuncia un golpe de estado y luego mete la cabeza donde antes había metido la pata. O como cuando, esa vez sí, rompieron la necia ceremonia para lanzar un clamor que estaba en boca de todos.

Esa vez sí, loca, por una vez y siempre que quieran. Porque la ceremonia siempre será necia, aburrida y pretenciosa. Porque la situación era excepcional, porque no estaba preparada de antemano y porque merece siempre la pena romper todas las ceremonias para decir “no a la guerra”, una tras otra, hasta acabar con las guerras o con las ceremonias. Este año también la hubiese merecido, porque la guerra se ha recrudecido; y el año que viene habrá más guerras, así que vayamos preparando las próximas ceremonias.

Este año, como el anterior y posiblemente el próximo, la Academia del Cine ha perdido una espléndida ocasión de significarse denunciando la masacre de palestinos, la espiral mundial del terror o los olvidados conflictos subsaharianos, cuando no la penosa situación de las familias ahogadas por la crisis muy cerca de ellos. A veces hacen esto algunas películas, siempre de forma más o menos sesgada, y eso es algo que se admite de buena gana como inevitable, pero esto es un hecho que escapa al boato, que está más allá del glamour y el buen rollito, que es el que más entradas vende, de la gente del cine.

Este año, han preferido hablar de su crisis, como si fuese algo que sólo les afecta a ellos, o como si la crisis del cine, que no es un fenómeno nuevo ni ilógico, sino producto de la evolución tecnológica que se lleva gremios por delante (y que en todo caso no es absoluto, pues este año se ha batido el record de producción pese al desplome general de otras industrias), fuese más preocupante para un país que la fila interminable de parados protagonistas de Los lunes al sol. Dicen que las palomitas y los refrescos reportan más beneficios que la taquilla: me pregunto quién se tomará las palomitas y los refrescos. Dicen que las subvenciones son exiguas, lo que no permite afrontar grandes superproducciones ni genera una gran industria: pero es que esas subvenciones públicas absolutamente sorprendentes, que ningún otro industrial recibe y de las que no tienen que responder, se dan precisamente para que los valores culturales no sean enteramente dependientes de la gran industria. Si lo que quieres es montar una industria que produzca engendros como Santiago Segura, afróntalo por tí mismo, y si no, dedícate a las palomitas. Dicen que las descargas P2P les hacen mucho daño, que pierden no sé cuántos miles de millones de euros cada vez que miramos una película para ver si nos interesa ir a verla a las salas, pero con tales discursos atentan contra quienes les siguen y contra sí mismos. Las películas líderes en descargas son también líderes en taquilla. La gente que se descarga es la que suele acudir a las salas, y las descargas les permiten tener un mayor alcance social y no depender de las superproducciones, ¡qué castigo!

En todo caso, su crisis no se notó en la ceremonia. Estaban allí todos los que tienen trabajo y un producto en el mercado, los que se hallan en la cima de su carrera, aquellos de los que no se deja de hablar. El modelo exclusivo que exhibían, ¿es un privilegio o un servicio más a las fantasías de la comunidad? ¿No son seres ideales? ¿No los admiramos por ser guapos y felices, por tener vidas perfectas donde ni siquiera cabe el remordimiento? ¿No han recibido un goya como una olla? No entiendo sus quejas de palacio. Nos restriegan en la cara nuestra miserable vida y siguen pidiendo.

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