12/24/2008

Triste navidad

En medio de una crisis económica imparable, que se anuncia larga y ya es profunda, arrastrando cotidianamente consigo cifras alarmantes, derrumbes clamorosos, dramas de andar por casa, y amenazando ahora a la mismísima vicepresidencia del gobierno, que se confiesa cansada de no saber qué hacer, llegó la navidad hace ya casi un mes, pues cada año se adelanta, y con ella el decreto consumista, el derroche en medio de la carencia, la obligación de ser feliz a toda costa, a riesgo, si no, de convertirte en un asocial. Con estas expectativas, las “muchas felicidades” que invaden ya los buzones de nuestros antiguos domicilios, como si la única felicidad verdadera pudiera ser divisible y llegar en tropa, envasada en cajitas de colores brillantes para engañar a la noche y al frío, sonarán más blancas, más vacías, más tristes que nunca.

O quizá no. Quizá la austeridad forzada, la estrechez reconocida sin rubor y asumida por los otros sin desprecio, la necesidad de prescindir de adornos y dispendios nos reconcilie con lo que se supone que sería el auténtico sentido del solsticio invernal. Todos llevamos un niño dentro que renace con cada cambio de ciclo. Todos necesitamos quitarnos los relejes del tiempo roto o perdido para soñar que sí hay futuro si estamos juntos y reina la paz en la noche. ¡Qué ironía más zafia, loca, que la cuna de la Navidad sea también la capital del odio y la violencia! ¡Y que sea la bendita religión la bandera que lidera la matanza! Cuando éramos unos adolescentes bordes que podían reírse impunemente de todo hicimos un crisma con imágenes de israelíes y palestinos partiéndose la crisma en Belén y la leyenda: “Feliz Navidad”. Sería divertido colocarlo en el tablón de anuncios de todas las iglesias, sinagogas y mezquitas del mundo, para lo cual sólo se necesita un diario de cualquier día y una chincheta. O colgarlo del arbolito, junto a las bolitas de colores y los paquetitos de nada.

Una pausa publicitaria: los Grandes Almacenes les desean Feliz Navidad, y usted no puede evitarlo. Los Grandes Almacenes reciben la Navidad con zamboba y pandereta. Los Grandes Almacenes celebran la Navidad antes y más que nadie, y nosotros somos sus corderos de pascua. Con la excusa de las compras anticipadas y el ahorro en tiempos de crisis, seguiremos comprando hasta el día de las Rebajas. ¿Está usted triste? ¡Ya lo pasará peor luego! Gracias a la Navidad, los mercados se permitirán un respiro antes de volver a desplomarse. En los Grandes Almacenes, este año dan dos por uno.

¿Y qué podíamos esperar nosotros, hijos de los ochenta? Antes de que nazca la criatura, empezamos a corromperla. Los niños son el blanco de toda la campaña. Los protagonistas de ese cuento triste que acaba en una cuesta son también sus principales víctimas. Juegan con su deseo y con su ingenuidad, y los padres se entregan. Ellos también han sido niños consentidos y han tenido que bregar después con su inmadurez. Los niños que crecen engañados acaban siendo adultos insatisfechos. Necesitan legar su frustración para quitársela de encima. Son los herederos del montaje, sus autómatas. Sin darse cuenta, han permitido que una bonita fábula se convierta en un sucio negocio. Dicen los niños punkis que los reyes son los padres, y que por eso los niños pijos reciben más regalos, pero no hagas caso, loca. Éste año, los reyes no sólo van a ser magos, sino también equilibristas. Aunque puede que, dadas las circunstancias, tengan que ser un poco menos payasos.

Paseando por la calle Preciados me asalta el fantasma de Rayito, el parado que el resto del año asusta a los niños pequeños vestido de payaso que pide para comer. Lleva un gorro de Santa Claus y sonríe con los ojos tristes agitando una campanita y repartiendo unas octavillas que anuncian la revolución de los Últimos Días, la Gran Liquidación, y recuerdo la acción que los King Mob llevaron a cabo en Londres en los años ochenta, cuando varios activistas vestidos de Santa Claus entraron a un conocido centro comercial y se pusieron a repartir los juguetes de los estantes entre los niños que les contemplaban crédulos y confiados, provocando un gran revuelo entre los dependientes. ¿Acaso no era eso la Navidad? Rápidamente intervino la policía, que detuvo a los Santa Claus y se los llevó a comisaría. Imagina, loca, qué bonita estampa navideña: Santa Claus esposado ante los ojos inocentes de un niño por hacer bien su trabajo.

Las navidades son extremas, pero seguimos siendo imperfectos. Estas navidades serán como las otras, o puede que un poco peores. La crisis no va a eximirnos de aguantar los gestos rutinarios, de escuchar los mismos villancicos, de tragarnos el polvorón embarrado, de soplar el matasuegras. Nos harán sentir nuevamente expropiados, insuficientes, fugitivos: necesitaremos el alcohol para soportarlas. La Nochebuena será difícil, pero la Nochevieja será peor, y el año nuevo nos hará sentir viejos nada más empezar. La primera resaca de nuestra nueva vida destruirá muchos proyectos y acabará con todos los buenos deseos. Cuando era pequeño, Hellboy dormía con una pistola bajo la almohada por si entraba Papá Noel en su dormitorio. Mi paranoia no va tan lejos, pero no estoy dispuesto a participar un año más de esta hipocresía. Declaro mi insumisión a las navidades y no las quiero ni regaladas.

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