11/28/2008

Óxido de carteles

Únicamente al que pasea distraído o perdido le es dado acceder al secreto a voces que esconde el cartel. Este conocimiento se encuentra vedado al publicista, para quien se trata de un simple medio de expresión y seducción, así como al espectador que proyecta sobre él sus ilusiones. Cuanto más interesados están en aprehender este secreto, más opaco se vuelve el cartel al estudioso de la publicística y al crítico de la publicidad. Al contemplarlo, ninguno de ellos percibe otra cosa que su función: no ven el misterio que lo anima, sino pura banalidad. Pero como hecho material, y más aún como signo, el cartel existe más allá de la servidumbre para la que ha sido concebido, diseñado, impreso. No se extingue con su uso, sino que despliega una historia propia y sigue hablando cuando lo que dice ha dejado de tener "sentido" (si entendemos por tal algún tipo de correspondencia con el evento que anuncia o que despliega).
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La existencia del cartel se adscribe desde un primer momento a la lógica reproductiva de la mercancía: es una de las formas óptimas tradicionales de publicidad en el medio urbano, y como tal se encarga de anunciar las emergencias del mercado. Desligado de esta función el cartel sería un simple "valor de uso" cifrado por el consumo estético, y su exceso un alegre derroche. Ya se trate de hacer circular mercancías propiamente dichas, de adherirse a campañas políticas o humanitarias, de asistir a exposiciones o conciertos, es siempre una movilización de recursos asociada a la especulación, a la producción de plusvalor. Pero el cartel no se limita a informar de estas novedades, sino que tiene que generar acontecimientos. De forma que ya en este primer momento se ve llevado a existir más allá de lo necesario; no sólo porque, como la mercancía, aspira a convertirse en el objeto de un consumo lo más extendido posible, sino porque además se propone producir ese consumo en las cantidades industriales que la mercancía requiere. El cartel trabaja en la reproducción de un valor que la mercancía ha banalizado, busca suscitar un deseo inexistente para el que la industria suministra de antemano una satisfacción. Después de que la mercancía haya cuantificado una cualidad determinada, el cartel necesita producir el reflejo contrario: movilizar lo cualitativo a través de su cantidad. Y debe a tal efecto ahondar en los temores y esperanzas del ser humano, hablar con la retórica de la utopía y la salvación.
El cartel reciente, todavía con el brillo de las cosas nuevas, expone su verdad como si fuese la única y no escapase a sus contornos; una verdad verde, fundamentalmente roja o en cuatricromía. Su sustancia es un concentrado artificial de deseo: excitante y adictivo. Se alza como la mirada que busca en el horizonte la salida de su rutina y su asco. El cartel, como la obra de arte, existe porque el mundo es insatisfactorio, y porque en medio de esa insatisfacción constituye un edulcorante, una efímera promesa que sólo puede realizarse haciéndose pública y unánime. El cartel es una mónada: cada esperanza reproduce todas las demás sin comunicarse con ellas y reinventa a su medida un mundo que no es sino el reflejo utópico del mundo que lo hace necesario. Pero en su ingenua pretensión de elevar a la categoría de Buena Nueva un novedoso implemento para las cuchillos de afeitar o un cd con refritos de viejos vinilos se ve pronto relegado a un segundo tercer plano por la proliferación ansiosa de pequeñas novedades que se solapan y contradicen. De las mentes de los "creativos" (artistas que desconocen sus grandes limitaciones, y que hasta rechazan serlo por miedo a asumir su frágil inutilidad) parten cada día millones de ángeles que anuncian modas y eventos que prescriben el próximo fin de semana. Brotan de la noche a la mañana y son flor de un día. El cartel es multitud, y su flujo incesante y trágico constituye su propia crítica.
Pero algunos siguen ahí al día siguiente, anclados a la esperanza, ciegos a su desastre, como locos que duermen bajo cartones y viven a la deriva. Y cada día que pasa y se obstinan en perdurar se adueñan más de su esquina, se identifican con ella: emulan al monumento.
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Fiesta permanente. Deriva sin fin de las imágenes-signos. Las calles de las grandes ciudades han asumido una naturaleza selvática donde las especies conceptuales se rebelan, se asfixian, se despedazan: luchan por vivir en un medio limitado. Hacerse un hueco en las paredes, abrirse paso en la maraña de sinapsis. Esto se llamó en otro tiempo revolución. Juegos en serie, rostros cansados. Pesada carga.
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Si en su proliferación viva se hace patente la pretensión y el artificio que hacen del cartel una obra de arte redimida, su acumulación fantasmal produce el efecto de un paisaje devastado. Ya no es la historia, sino el presente el que amontona ruina sobre ruina. La chatarra de hoy infecta los sueños de los que no han nacido. Vanas esperanzas, sueños rotos e ilusiones perdidas conforman al calor del sol un entorno más tangible que la tierra enterrada y las especies. Llueve. La crítica del tiempo no es menos implacable que la de los agentes conscientes que intentan arañar el croma. Reaparece a través de las brechas la persistencia del muro, nos morfifica un fragmento de pasiones olvidadas. Las utopías se arrugan, se cuartean, caen hechas jirones ante la espátula del funcionario. Resulta sintomática la eficiencia de los ayuntamientos conservadores en eliminar esta memoria. Lo que en otro momento fue signo de desarrollo y exceso lúdico expresa ahora suciedad y decadencia: un poeta indigente ocupa el lugar del pulcro ejecutivo. La secuencia acelerada de modas, eslogans, remakes, mitos y rumores no busca otra cosa que arrastrar estos despojos lejos de la vista, al mismo vertedero que las siete copas de europa y las guerras televisadas.
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Una buena mañana la ciudad amaneció muda por decreto de una autoridad regresiva o como consecuencia de una insurrección iconoclasta; o puede que sin razón alguna: simplemente un escenario surreal, un hálito de cansancio que invadió a sus habitantes en pocas horas, una huelga de arte... El cine ha inventado el cartel animado, la publicidad dinámica, pero no ha sido capaz de proyectar aún este escenario. Debord lo imaginó, pero todavía pensamos en ello en términos de ocurrencia, como si se tratase de una broma dadaísta. Había cesado la representación. La ciudad estaba desnuda.

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