11/06/2008

Suma confianza o El milagro de La Veguilla

He tratado de informarme, loca, de la vida y milagros de don Rafael Santamaría. Ya sabes, el impecable e implacable triunfador que aspira, con todo de su parte, a vallar el acceso a los caminos de la Vega del Záncara, para nosotros La Veguilla. Tengo dos inquietudes al respecto. Por una parte, la fascinación que ejerce sobre los mortales de bajo presupuesto un tipo capaz de poner dos millones sobre la mesa, como si fuesen calderilla, con el único objetivo declarado de salvar a las perdices; y por otra, un resto de desconfianza, que a algunos parece impertinente, hacia alguien que, por nuestro propio bien, pretende impedir que nos bañemos en el río aquel tu y yo, que nos desplacemos entre los árboles sin saber dónde está el norte ni dónde hemos dejado el coche, que pesquemos cangrejos, busquemos setas o simplemente contemplemos cómo la corriente acaricia a las piedras formando bonitos dibujos.

Uno espera, cierto que con mentalidad infantil, que alguien tan magnánimo sea impresionante en algún sentido, que su fabulosa dotación fluya de una mirada magnética, de un perfil bien pulido, de una elegancia intimidadora. Aunque sea de unas orejas notables que funcionen como privilegiadas antenas. No un gigante, como dices tu loca, ni alguien con superpoderes, como pensaría mi hijo. Yo comprendo, y estoy dispuesto a admitir, que usen tronas, plataformas móviles, implantes capilares. Lástima, loca, que no puedas ver a través de las ondas el rostro afable de un ancianito gris y menudo, cuyo único rasgo notable es esa complaciente sonrisa llena de dientes que, de momento, no da la impresión de estar a punto de derrumbarse. Parece inofensivo. Dan ganas de inyectar liquidez a este hombre.

Rafael Santamaría es un arquitecto dedicado a los negocios, o quizá un negociante que ha utilizado siempre la construcción como ámbito de actuación preferente, presidente de Reyal Grupo desde 1997, una de las más importantes empresas gestoras del ladrillo. Reyal Grupo es una realidad financiera aglutinada en torno a Construcciones Reyal, que tuvo un importante papel en la época del desarrollismo económico y la concentración urbana, dedicándose a la construcción de complejos dormitorio allá por los setenta, es decir, de lo que entonces eran viviendas proletarias unifamiliares básicas y hoy son un lujo de pisos en la periferia de Madrid, cuando la emigración consistía en irse del pueblo a la ciudad, buscando el paraíso. Encontrábamos una colmena y decíamos: ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Durante una década, la gestión del señor Santamaría al frente del Reyal Grupo coincidió con el momento en que la burbuja financiera sobre bienes inmobiliarios crecía y crecía mientras algunos nos llevábamos las manos a la cabeza esperando el ostión. Ocho años después presumía de haber facturado 425 millones de euros gracias a sus actividades en las zonas de mayor índice de especulación inmobiliaria de España, pactando con ayuntamientos de todos los colores, y se encontraba en disposición de absorber a la inmobiliaria Urbis, en el marco de los procesos de fusión y concentración de capitales que día a día se vienen sucediendo. Se conforma así el Grupo Financiero Reyal Urbis, que actualmente pugna por cerrar los caminos públicos de La Veguilla, dentro de un contexto de actuaciones más amplio para Castilla-La Mancha.

Su lema es “Suma confianza”, lo que hoy suena como un chiste malo, y voy a permitirme explicarlo, aunque esté de sobra. Como todos los eslogans, juega con el doble sentido: aparentemente, intenta transmitirnos confianza suma, la mayor confianza. No mucha, ni gran, sino suma (completa), es que no se puede tener más. Pero su sentido profundo es el que resulta revelador de la actividad a que se dedica: sumar confianza, y a lo que produce (más confianza). Un grupo financiero no trabaja con realidades palpables, sino con títulos y valores. La confianza del comprador sólo puede ganarse si éste, que es un especulador como ellos, aspira a poder vender esos títulos con un margen creciente de ganancia, proyectando ésta sobre futuros compradores. Lo que se construye, al final, es una pirámide sobre la que trepan los incautos, hasta que alcanza una masa crítica y se derrumba por la base, incapaz de asumir el tipo de inflación irreal que producen estas prácticas, como sucedió en su día con los sellos de Afinsa y el Foro Filatélico. ¿Te acuerdas? Entonces, no todos supieron ver en ello no un caso aislado, sino una alegoría exacta de la sociedad actual.

La confianza no es un valor tangible, sino una red de afectos e intereses que puede evaporarse de la noche a la mañana. Vender confianza es vender humo, pues la confianza, en su sentido pleno, no sigue las leyes del mercado, aunque pueda verse afectada por ellas. El señor Santamaría ha sabido trenzar esa confianza, más con el hilo de los intereses que con el de los afectos, con una tupida red de políticos de todos los colores e influencias, de subcontratistas amparados a su sombra y de magnates de la banca. A pesar de ello, no ha podido evitar que sus acciones se desplomen en un par de meses todo lo que ganaron en varios años. El valor total del grupo es hoy, según una página económica, 1.000 millones inferior a lo que Reyal pagó por Urbis en 2006, y su deuda total asciende a 4.725 millones no de pesetas. Escuchame, loca: vamos a ceder La Veguilla por dos millones a un tipo que debe 4.725. ¿Y por qué no me la ceden a mí que sólo debo el alquiler del corriente? No debo inspirarles confianza.

Santamaría sí. Él los tiene a todos tan cogidos en las redes de su confianza que ha conseguido que Santander y Banesto le refinancie la deuda y se la condone hasta 2011 para evitar que Reyal Urbis se desplome en el parquet, como sucedió hace poco a Martinsa Fadesa, por la cuenta que les trae a todos y sin ninguna garantía de que a Reyal Urbis vaya a irle mejor en el futuro con sus explotaciones. La banca, a su vez, va a ser apoyada con capital público para evitar su caída, con lo que no resulta difícil rehacer el camino del dinero con el que se vallará La Veguilla.

¿Es que estamos locos, loca? ¿Seguiremos dejando que sigan creciendo, sanos y robustos, los problemas que hemos de enfrentar hoy? El superpoder del señor Santamaría es que tiene cara de cemento y un morro sobrehumano. Éste es uno de los que se lo ha estado llevando crudo durante estos años, uno de los que nos ha metido en este lío, uno de los que ahora piden que los impuestos de los pobres sirvan para que les saquemos las castañas del fuego. Y os pide confianza. No se ríe con vosotros, sino de vosotros.

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