10/16/2008

La violación de La Veguilla

Al final se han salido con la suya. El poderoso caballero Don Dinero no precisa bajarse de la burra ni aunque lo pongan a caer de un burro, y puede hacer las burradas que quiera mientras pueda tocar los talones. No se detiene ante nada, loca. Ni ante las coces persistentes de un grupo de románticos con mucha "forma", pero con poca "plata"; ni ante la mirada furiosa de un pueblo sublevado; ni ante la poderosa fuerza de la tradición, que ya se va haciendo vieja; ni ante miles de años de historia y cientos de costumbre; ni ante los quejidos agonizantes de la Madre Naturaleza, que no tenemos más que una. Y no se detiene, que ya es decir, ni ante la Otra Santa Madre, y ya van dos, porque los caminos de La Veguilla no sólo son ruta de peregrinaje a la Virgen de la Cuesta, objeto de devoción de las gentes de este pueblo, sino que forman parte de la ruta sur del Camino de Santiago, y son por tanto un bien de todos y de nadie, un espacio que debiera estar protegido de las lúbricas ambiciones de los especuladores. ¡Santa María! Y eso que la Virgen de la Cuesta hace milagros. Cuesta, cuesta creerlo, loca: lo han hecho.

¿Qué es lo que han hecho? Nos han vendido. O permutado. O usufructado. O cedido. O todo a la vez: no sabría preferir una cosa sobre la otra. ¿A quién? Al pueblo entero. Porque, aunque ese rinconcito de 3.000 hectáreas sólo represente una pequeña parte de su superficie, esa parte es la más bella, la más salvaje, la más llena de evocaciones y de historia, la que mejor define nuestra identidad.

Cuando queríamos escapar, cogíamos la bici y nos íbamos a La Veguilla, sólos o en grupo. Otras veces organizábamos una fiesta ¿Qué teníamos en el pueblo, si no? Eso o las Canteras, donde hay fósiles, lagos y murciélagos, o robar almendrucos. La Veguilla es un paréntesis en La Mancha, una mancha de sombra donde vivir la experiencia del relieve, de la fronda, del encuentro con criaturas imposibles. No han cedido un lugar, sino que una parte de nuestra conciencia va a ser vallada, negada, poseída. Usada sin consentimiento.

La Veguilla nunca es igual. Allí la vida siempre está hirviendo. Vivir, loca, casi nos hemos olvidado de ello, es respirar el aire a bocanadas, dejar correr el agua limpia, abrir los brazos en primavera para que la vida naciente entre en el pecho y contemplar el otoño con la satisfacción del deber cumplido. La naturaleza no ahorra. Con esa manía de contarlo todo, y de confundir el espíritu con ese montón de chatarra que hacemos circular cada día, nos olvidamos de que somos también criaturas, que poseemos la dignidad de lo gratuito, la grandeza de la inmensa libertad, que no se puede recorrer toda en una tarde, ni siquiera en bicicleta.

Tiempo atrás, el poderoso caballero Santamaría puso su ojos en estos bellísimos parajes y sintió tentaciones. Al amparo de su inmenso patrimonio y de los favores debidos por la alta clase política, aquella que dicta instrucciones a los arribistas, se propuso poner puertas al campo. Algo habitual, en estos tiempos de privatizaciones, de fusiones, de recalificaciones y de inyecciones. Pero no podía vallar los caminos, porque estos ni siquiera son públicos, sino de todos y de nadie. Cual gigante egoísta tenía que contemplar desde su caballo cómo los niños correteaban felices en sus inmediaciones sin poder cobrar su derecho debido de pernada, y asustar con su escopeta a quienes se atreviesen a internarse en la espesura.

Un día nos halló débiles y endeudados y vió la ocasión de contentarnos con limosnas que nadie esperaba, pues nadie tenía la menor idea de que aquello que disfrutábamos sin pedir permiso valiese tanto dinero. Dijo que no nos preocupásemos, que nos iba a financiar, que iba a mediar, que iba a protegernos y a proteger el entorno, que iba a relanzar económicamente el pueblo construyendo un gran parque temático para que fuésemos felices previo pago de entrada y seguimiento de las normas. Contó con el apoyo de los cobardes y las ambiciosas.

Si surgía un potente movimiento civil en contra, sólo había que esperar, matizar los términos, cambiar el concepto, dividirlos comprando a los inciertos y socavar el prestigio de los rebeldes con los argumentos más miserables. Lo que sí estaba claro es que nadie iba a detener lo que estaba ya pactado hace mucho tiempo.

Al final, sólo por treinta años, si no se plantean antes ampliarlo, pero sin que puedan plantearse revocarlo. Como una condena, fíjate loca. Cuando escucho esto, pienso lo mismo que aquellos que entran en la cárcel deben pensar: ¡dentro de treinta años, ya no seré joven! Ya no tendremos ganas, loca. No habrá un potente movimiento civil en contra. Nuestros hijos se habrán acostumbrado tanto a esta existencia miserable en la que nos arrinconan que la darán por supuesta. Verdaderamente saben lo que se hacen. Dentro de treinta años harán lo que quieran con su política de tierra quemada, y el pelotazo estará ya dado.

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