10/23/2008

Cuartos, medios y partidos


11 de marzo de 2004. Las heridas supuran todavía. La mayor cadena de atentados de nuestra historia se cobra 191 vidas en vísperas de unas elecciones generales que anuncian un cambio de ciclo político, pero que aún no están decididas. La campaña electoral pasa a segundo plano, pero sólo para los ciudadanos aturdidos por el impacto emocional de las bombas. Desde el primer momento, el gobierno en funciones no se cuestiona la hipótesis etarra, atribuyendo la excepcionalidad de sus circunstancias a la de la propia situación. Tampoco lo hacen los crédulos comunistas. Quienes manejan otra información, mantienen la reserva y filtran poco a poco datos que sostienen una hipótesis alternativa: la de una acción yihadista derivada del envío de tropas a Irak y del apoyo político español a la campaña. Se habla incluso de la presencia de terroristas suicidas en los trenes, información que, más tarde, resulta ser también falsa.

Es lo mismo de siempre, a otra escala. Tan franco servicio hacen los terroristas a la gobernabilidad que deberían estar en nómina y ganarse el estatus de funcionarios. Hace unas cuantas décadas, no tantas para que los hechos hayan terminado de aclararse, dos “intelectuales” valientes llamados Debord y Sanginetti denunciaban, en un opúsculo titulado Sobre el terrorismo y el estado, la implicación de los servicios secretos y del estado italiano en la masacre de piazza Fontana, en 1969, y la caza de brujas que desató contra el movimiento obrero autónomo. Cada vez que actúan, los terroristas consiguen cerrar las filas de la población en torno a su gobierno y abren la veda para cazar revolucionarios. Es lo que ocurrió cuando mataron a Miguel Ángel Blanco: los antisistema de todo signo y bandera tuvieron que encerrarse en sus casas para no ser emplumados por los somatenes ciudadanos. De ahí que el Gobierno, cerrando nuestros ojos a la realidad, convocase ese mismo día una gran manifestación de reafirmación nacional contra los separatistas vascos. Pero ya las pruebas hablaban en su contra. Pruebas, en muchos casos, tan contundentes que parecían construidas ad hoc. La historia es conocida: finalmente se impuso la hipótesis yihadista y el Gobierno del PP, cogido en falsedad, fue derribado, primero por el movimiento ciudadano que barrió las calles y al día siguiente en las urnas.

Todavía no sabemos nada, sino lo que después nos han contado, sin aportar pruebas definitivas. No tenemos al respecto más que noticias, que es poco decir, y en mi opinión poco creíbles; y las noticias se construyen, se manejan y se dirigen en base a determinados intereses.

No he evocado este episodio reciente de nuestra historia para soliviantar a nadie ni para sembrar dudas, sino para poner de manifiesto la gran dependencia existente hoy en día entre el poder político y sus aliados mediáticos, el llamado, con excesiva indulgencia, “cuarto poder”. En los días y meses posteriores al atentado, asistimos con cierto cansancio a una guerra mediática que no era sino el reflejo de una lucha política que se libró durante cuatro años, hasta las siguientes elecciones. Es obvio que, si no hubiese existido un contrapoder mediático muy potente, mejor surtido y preparado que el que guardaba las espaldas del anterior gobierno, hoy seguiríamos comulgando con la rueda de molino etarra. Pero la mirada exterior no puede comulgar con ruedas de molino. De ningún color.

Loca, vivimos en lo que los valientes intelectuales anteriormente nombrados llamaban “sociedad del espectáculo”. Todo lo que era directamente vivido se ha alejado en una representación. Apenas disponemos de una experiencia directa de las cosas: todo nos llega tratado, amañado, construído de forma que pueda servir a los intereses parciales de quienes detentan el dominio de los medios de comunicación, que no son sino aquellos que detentan el dominio del capital. Si no tienes cuartos, no tienes medios. Si no tienes medios, no tienes partido. Todos los grandes partidos deben su presencia social a una concepción del mundo sustentada por una gran medio de comunicación. Si no apareces en los medios, no existes.

El gobierno del espectáculo, que ostenta actualmente la facultad de falsificar el conjunto tanto de la percepción como de la producción, es dueño absoluto de los recuerdos, así como de los proyectos que forjan el porvenir más lejano. Feuerbach lo señalaba hace más de un siglo: “nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad”. Hoy el espectáculo se ha incorporado a la realidad irradiándola. La verdad se ha hecho inalcanzable para cualquiera que tenga ojos. No tiene ningún poder. La verdad no sirve.

Por eso es importante, loca, que sostengamos hoy estructuras de información independientes o, dado que la independencia resulta hoy tan cara como la libertad, que al menos sirvan de alternativa. Medios que no tengan tras de sí un poder que dicte sus contenidos, y que no dicten los contenidos a ningún poder. Hace pocos años llegó a constituirse un fuerte movimiento de oposición a los planes de los amos del mundo. No sé si te acuerdas, loca, del movimiento antiglobalización, más exactamente un movimiento por otro tipo de globalización, al servicio de las personas, y no del capital. Dicho movimiento llegó a constituirse gracias a la acción de miles de medios contrainformativos de bajo presupuesto: fanzines, radios libres, páginas web... Todos ellos acabaron crucificados en medio de las Torres Gemelas aquel otro fatídico 11, pero de septiembre, del que tanto nos han hablado y tan poco sabemos.

No servimos para nada, loca, porque no servimos a nadie. Pero no podemos callarnos, o dejaremos de existir.

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