10/08/2008

¿Crisis? ¿Qué crisis?

Cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo decidió elevar los precios del crudo, provocando la crisis energética de mediados de los setenta, que puso fin al combustible barato y se tradujo en inflación y crisis económica, el grupo inglés Supertramp publicó un disco titulado "Crisis? What Crisis?", en cuya portada aparece un sujeto en bañador tomando tinto de verano en medio de un vertedero, debajo de una sombrilla naranja que le aisla de los humos, seguramente tóxicos, emitidos por las chimeneas de un polígono industrial. Es posible que si este despreocupado caballero se levantase hoy de su tumbona y se quitase las gafas de sol, con las que se protege de ver lo que rodea, reconociésemos hoy el rostro inefable, la cara dura del presidente Zapatero razonando que no son gigantes, sino molinos, que vivimos en un país multicolor y que peor era antes.
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Mientras eran ya visibles los efectos de la saturación del sistema financiero con la venta de ilusiones y de "futuros", porque pre-visibles lo eran desde hace tiempo, mientras un número creciente de ciudadanos ajustaba sus presupuestos a la inflación creciente, perdía sus trabajos o dejaban de pagar su hipoteca, al tiempo que otros no podían siquiera permitírsela, en medio de las peores perspectivas, el presidente convertía con la magia de la retórica a los analistas económicos en agoreros, al desbarajuste financiero en reajuste de los mercados y al desastre galopante en desaceleración.

No es cosa, sin embargo, de reprochar al presidente que tratase de capear la tormenta con espíritu positivo. Se limitaba a reeditar en este caso el famoso buen talante y el espíritu posibilista de los manuales de autoayuda que tanto le han rendido en otras ocasiones, sabedor de que el desastre es universal e inevitable, y que reconocerlo sólo hubiera servido para acelerarlo. Él y su fiel escudero Solbes, que parecía un burócrata sensato y ha fundido su prestigio intentando maquillar los datos y las perspectivas de crecimiento, se han limitado a repetir viejas fórmulas y recitar mantras hasta que las turbulencias financieras internacionales abran algún cauce por el que discurrir con suerte hasta las próximas elecciones. Y si no, hasta que la evidencia de la catástrofe haga inviable cualquier alternativa.

Hoy ese cauce se ha abierto con el reconocimiento institucional de la crisis a nivel mundial y la aprobación, disputada para guardar las apariencias, de “duras” medidas para atajarla: junto a la adopción de presupuestos austeros en todos los campos que mejoran nuestra calidad de vida se anuncia la inyección de cientos de miles de millones de dólares y euros para apuntalar ese edificio en ruinas que es el sistema financiero globalizado. No parece haber nada que hacer: nuestros políticos van a discutirlo y van a tener finalmente razón. Con ello, la ideología capitalista ultraliberal actualiza su discurso a los nuevos tiempos: dinero público, sí. Para solventar las cagadas de quienes juegan con el destino de millones de personas. Para amortizar los saqueos, el despilfarro y las orgías de unos pocos. Para tapar eventualmente los agujeros de un montaje que se desploma.

Pese a que se justifica la excepcionalidad de estas medidas con la advertencia de que se trata de una crisis más dura que ninguna que hayamos conocido, advertencia que aspira a calar en nuestro instinto de supervivencia, se acompaña este reconocimiento con el discurso habitual sobre las crisis: las crisis son buenas. Son necesarias para limpiar y engrasar el sistema, en este caso para neutralizar los “productos tóxicos” generados por éste en su dinámica especulativa. Las crisis sirven para reestructurar y relanzar la economía hacia otro horizonte. De las crisis, como de las enfermedades, se sale renovado y fortalecido. Ante este reconocimiento súbito y este cántico exaltado a las virtudes de la crisis, nos asalta sin embargo la duda: ¿y si no se trata de una enfermedad, sino de un límite? Todo lo que se desarrolla nace, crece, pasa por diversas crisis, produce algo y muere. Y estas medidas, se parecen tanto a la ventilación asistida... ¡Oye, tu, loca! ¡Lo mismo es verdad y no es una crisis!

Porque si repasamos el historial del enfermo vemos que éste era un joven sano y robusto a principios del siglo pasado, cuando se dedicaba a la producción de bienes industriales de consumo para las masas gracias a los avances técnicos. No sufrió un primer descalabro serio hasta el famoso crack de 1929, del que tardó varias décadas en recuperarse, y que determinó su conversión de capitalismo industrial, basado en la producción de mercancías tangibles, en capitalismo financiero, basado en la especulación, es decir, en la extracción de márgenes crecientes de plusvalía mediante operaciones financieras. Aún así, se trataba todavía de una crisis de crecimiento, de un estirón, vamos... La gran industria dejó paso a la banca y a los grandes inversores, dedicados a movilizar capital sin conocer muchas veces la base material que lo sustenta.

A pesar de ello, el capitalismo financiero supo desarrollarse y crecer desde mediados de siglo en base al saqueo de los recursos materiales, el expolio de la tradición, la apertura de nuevos mercados, la generación de falsas necesidades y la puesta en marcha de empresas bélicas cuyo único objetivo era tranquilizar a los mercados. Así, no manifiesta más achaques hasta la crisis energética de los setenta con que he empezado esta noticia, y a partir de ahí las crisis no dejan de sucederse: nueva crisis energética a principios de los ochenta, que puso al descubierto la dependencia de los recursos energéticos; explosión de la burbuja asiática a finales de los noventa, que destapó la saturación de los mercados financieros en todo el mundo, explosión de la burbuja tecnológica a principios de milenio, que desenmascaró la facticidad del mundo virtual con que se pretendía reactivar la economía real y, finalmente, estallido de la burbuja crediticia, que no inmobiliaria, que atravesamos hoy, y que ha puesto de manifiesto la falta de futuro de quienes juegan a los dados con el futuro de los demás. En cada uno de estos achaques, ha logrado disimular su decadencia huyendo hacia delante en busca de promesas que no va a poder cumplir, valores que no tienen valor, productos que no tienen aplicación.

¿Cuál será el próximo paso, loca? ¿Destrozarán el mundo hasta convertirlo en un recuerdo y luego nos lo venderán en forma de pastillas, de tubitos de oxígeno a tres euros, de bonsais sintéticos? De momento, se conforman con pedirnos que amparemos a nuestros explotadores.

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