10/31/2008

¡¡A matar al padre!!

“Nos ocupamos del mar y tenemos dividida la tarea” [Javier Krahe]

“El orden de la familia se proyecta sobre el orden social” [I Ching]

La familia es amor institucionalizado. Las instituciones son siempre relativas, mientras que el amor es una idea radical, porque es una dimensión constituyente del ser humano, y en su regimentación, normativización y corrección social asume todos los defectos, errores y contradicciones que padecemos como individuos obligados a comprender a través de la experiencia, del aprendizaje a través del ensayo y el error, fundamento evolutivo. Confundir una idea, extrema en su naturaleza, con las rígidas instituciones a que ha dado lugar es el error común de todos los fundamentalismos. La familia ha sido también, por eso, un foco de neurosis y de histeria, el crisol donde se cuecen las frustraciones particulares, un internado forzoso, un tablero de ajedrez donde se dirimen las ambiciones y las jerarquías.

Hoy la familia está en crisis. A través de las paredes escuchamos los gritos de los vecinos. Sus hijos deben escucharlos más nítidamente. Los asuntos familiares se han convertido en una de las causas estadísticamente apreciables de mortandad, sin contar las terribles secuelas que se proyectan sobre el futuro. El propio desorden social provocado por la propia crisis de la familia ahonda aún más la profunda herida.

Tan profunda que está mal visto preocuparse por los problemas actuales de la familia. Preguntarse por la crisis de la familia es de derechas, y reflexionar sobre esa crisis envejece mucho. Cuestionar las normas que rigen actualmente el proceso de descomposición de las familias y el relato sesgado que proponen los medios te convierte en cómplice de los maltratadores. Más vale que no te metas en asuntos de familia. No puedes resolverlo por tí misma, no puede resolverlo por sí mismo: díselo así al estado.

Denuncia, por el contrario, a tu congénere. Llama a la policía. Quítale la custodia. Pídele dinero, porque tu lo vales. Que abogados y sicarios os humillen hasta donde no habéis sido capaces de hacerlo mutuamente. Humillad a vuestros hijos con vuestro fracaso, legadles vuestra inmadurez eterna.

El guión jurídico está muy claro, y siglos de dominio patriarcal lo sustentan. Es una historia de buenas y malos, de vaginas sufridas y penes agresores. Aquí no hay lugar para complejidades. Una mujer separada es una mujer liberada. Un hombre separado es un fracasado o algo habrá hecho. El problema será que, más que probablemente, quien tenga más motivos para denunciar se resignará a su destino, y habrá en cambio quien encuentre en las leyes un buen negocio. La discriminación positiva es el rostro institucional del machismo cortés: no hace más que adobar el objeto de su deseo.

Dada nuestra declarada incompetencia para gestionar nuestras propias pasiones y nuestros afectos, nuestra inmadurez heredada, el estado tomará cartas en el asunto. Forzará nuestra alcoba y regirá por decreto nuestras relaciones sexuales. No empujes demasiado fuerte: puedes ser un terrorista. La familia es un intolerable foco de resistencia marginal al despliegue del capitalismo con sus relaciones no regidas por el interés, con su entrega a fondo perdido, con su pequeño margen de autonomía. Cuantos más divorciados haya, más pisos monoparentales se venderán, y podremos salir de la crisis.

A los niños, principales interesados y testigos de la causa, no se les dejará hablar. Ellos no saben todavía que, cuando sean mayores y se hagan un psicoanálisis, tendrán que imitar a su madre, si son niñas, y matar a su padre si son niños. Dejad que los niños se acerquen a los tecnócratas. Ponedlos en manos de educadores en serie, sobradamente preparados para ponerlos en fila y cortarles las alas. Renunciad a ellos veinte horas al día para servir al Gran Capital cada vez por menos dinero, y las otras cuatro discutid a gritos quién tiene que pagar la hipoteca, quién gana menos, quién tiene que cambiar el pañal, porque yo estoy agotado o agotada.

Impedid a toda costa que se encariñen con vosotros, no sea que mañana quieran, ellos también, fundar una familia. Procread hijosdeputa, expertos en dinamizar la economía sin mancharse los dedos de caca.

10/23/2008

Cuartos, medios y partidos


11 de marzo de 2004. Las heridas supuran todavía. La mayor cadena de atentados de nuestra historia se cobra 191 vidas en vísperas de unas elecciones generales que anuncian un cambio de ciclo político, pero que aún no están decididas. La campaña electoral pasa a segundo plano, pero sólo para los ciudadanos aturdidos por el impacto emocional de las bombas. Desde el primer momento, el gobierno en funciones no se cuestiona la hipótesis etarra, atribuyendo la excepcionalidad de sus circunstancias a la de la propia situación. Tampoco lo hacen los crédulos comunistas. Quienes manejan otra información, mantienen la reserva y filtran poco a poco datos que sostienen una hipótesis alternativa: la de una acción yihadista derivada del envío de tropas a Irak y del apoyo político español a la campaña. Se habla incluso de la presencia de terroristas suicidas en los trenes, información que, más tarde, resulta ser también falsa.

Es lo mismo de siempre, a otra escala. Tan franco servicio hacen los terroristas a la gobernabilidad que deberían estar en nómina y ganarse el estatus de funcionarios. Hace unas cuantas décadas, no tantas para que los hechos hayan terminado de aclararse, dos “intelectuales” valientes llamados Debord y Sanginetti denunciaban, en un opúsculo titulado Sobre el terrorismo y el estado, la implicación de los servicios secretos y del estado italiano en la masacre de piazza Fontana, en 1969, y la caza de brujas que desató contra el movimiento obrero autónomo. Cada vez que actúan, los terroristas consiguen cerrar las filas de la población en torno a su gobierno y abren la veda para cazar revolucionarios. Es lo que ocurrió cuando mataron a Miguel Ángel Blanco: los antisistema de todo signo y bandera tuvieron que encerrarse en sus casas para no ser emplumados por los somatenes ciudadanos. De ahí que el Gobierno, cerrando nuestros ojos a la realidad, convocase ese mismo día una gran manifestación de reafirmación nacional contra los separatistas vascos. Pero ya las pruebas hablaban en su contra. Pruebas, en muchos casos, tan contundentes que parecían construidas ad hoc. La historia es conocida: finalmente se impuso la hipótesis yihadista y el Gobierno del PP, cogido en falsedad, fue derribado, primero por el movimiento ciudadano que barrió las calles y al día siguiente en las urnas.

Todavía no sabemos nada, sino lo que después nos han contado, sin aportar pruebas definitivas. No tenemos al respecto más que noticias, que es poco decir, y en mi opinión poco creíbles; y las noticias se construyen, se manejan y se dirigen en base a determinados intereses.

No he evocado este episodio reciente de nuestra historia para soliviantar a nadie ni para sembrar dudas, sino para poner de manifiesto la gran dependencia existente hoy en día entre el poder político y sus aliados mediáticos, el llamado, con excesiva indulgencia, “cuarto poder”. En los días y meses posteriores al atentado, asistimos con cierto cansancio a una guerra mediática que no era sino el reflejo de una lucha política que se libró durante cuatro años, hasta las siguientes elecciones. Es obvio que, si no hubiese existido un contrapoder mediático muy potente, mejor surtido y preparado que el que guardaba las espaldas del anterior gobierno, hoy seguiríamos comulgando con la rueda de molino etarra. Pero la mirada exterior no puede comulgar con ruedas de molino. De ningún color.

Loca, vivimos en lo que los valientes intelectuales anteriormente nombrados llamaban “sociedad del espectáculo”. Todo lo que era directamente vivido se ha alejado en una representación. Apenas disponemos de una experiencia directa de las cosas: todo nos llega tratado, amañado, construído de forma que pueda servir a los intereses parciales de quienes detentan el dominio de los medios de comunicación, que no son sino aquellos que detentan el dominio del capital. Si no tienes cuartos, no tienes medios. Si no tienes medios, no tienes partido. Todos los grandes partidos deben su presencia social a una concepción del mundo sustentada por una gran medio de comunicación. Si no apareces en los medios, no existes.

El gobierno del espectáculo, que ostenta actualmente la facultad de falsificar el conjunto tanto de la percepción como de la producción, es dueño absoluto de los recuerdos, así como de los proyectos que forjan el porvenir más lejano. Feuerbach lo señalaba hace más de un siglo: “nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad”. Hoy el espectáculo se ha incorporado a la realidad irradiándola. La verdad se ha hecho inalcanzable para cualquiera que tenga ojos. No tiene ningún poder. La verdad no sirve.

Por eso es importante, loca, que sostengamos hoy estructuras de información independientes o, dado que la independencia resulta hoy tan cara como la libertad, que al menos sirvan de alternativa. Medios que no tengan tras de sí un poder que dicte sus contenidos, y que no dicten los contenidos a ningún poder. Hace pocos años llegó a constituirse un fuerte movimiento de oposición a los planes de los amos del mundo. No sé si te acuerdas, loca, del movimiento antiglobalización, más exactamente un movimiento por otro tipo de globalización, al servicio de las personas, y no del capital. Dicho movimiento llegó a constituirse gracias a la acción de miles de medios contrainformativos de bajo presupuesto: fanzines, radios libres, páginas web... Todos ellos acabaron crucificados en medio de las Torres Gemelas aquel otro fatídico 11, pero de septiembre, del que tanto nos han hablado y tan poco sabemos.

No servimos para nada, loca, porque no servimos a nadie. Pero no podemos callarnos, o dejaremos de existir.

10/16/2008

La violación de La Veguilla

Al final se han salido con la suya. El poderoso caballero Don Dinero no precisa bajarse de la burra ni aunque lo pongan a caer de un burro, y puede hacer las burradas que quiera mientras pueda tocar los talones. No se detiene ante nada, loca. Ni ante las coces persistentes de un grupo de románticos con mucha "forma", pero con poca "plata"; ni ante la mirada furiosa de un pueblo sublevado; ni ante la poderosa fuerza de la tradición, que ya se va haciendo vieja; ni ante miles de años de historia y cientos de costumbre; ni ante los quejidos agonizantes de la Madre Naturaleza, que no tenemos más que una. Y no se detiene, que ya es decir, ni ante la Otra Santa Madre, y ya van dos, porque los caminos de La Veguilla no sólo son ruta de peregrinaje a la Virgen de la Cuesta, objeto de devoción de las gentes de este pueblo, sino que forman parte de la ruta sur del Camino de Santiago, y son por tanto un bien de todos y de nadie, un espacio que debiera estar protegido de las lúbricas ambiciones de los especuladores. ¡Santa María! Y eso que la Virgen de la Cuesta hace milagros. Cuesta, cuesta creerlo, loca: lo han hecho.

¿Qué es lo que han hecho? Nos han vendido. O permutado. O usufructado. O cedido. O todo a la vez: no sabría preferir una cosa sobre la otra. ¿A quién? Al pueblo entero. Porque, aunque ese rinconcito de 3.000 hectáreas sólo represente una pequeña parte de su superficie, esa parte es la más bella, la más salvaje, la más llena de evocaciones y de historia, la que mejor define nuestra identidad.

Cuando queríamos escapar, cogíamos la bici y nos íbamos a La Veguilla, sólos o en grupo. Otras veces organizábamos una fiesta ¿Qué teníamos en el pueblo, si no? Eso o las Canteras, donde hay fósiles, lagos y murciélagos, o robar almendrucos. La Veguilla es un paréntesis en La Mancha, una mancha de sombra donde vivir la experiencia del relieve, de la fronda, del encuentro con criaturas imposibles. No han cedido un lugar, sino que una parte de nuestra conciencia va a ser vallada, negada, poseída. Usada sin consentimiento.

La Veguilla nunca es igual. Allí la vida siempre está hirviendo. Vivir, loca, casi nos hemos olvidado de ello, es respirar el aire a bocanadas, dejar correr el agua limpia, abrir los brazos en primavera para que la vida naciente entre en el pecho y contemplar el otoño con la satisfacción del deber cumplido. La naturaleza no ahorra. Con esa manía de contarlo todo, y de confundir el espíritu con ese montón de chatarra que hacemos circular cada día, nos olvidamos de que somos también criaturas, que poseemos la dignidad de lo gratuito, la grandeza de la inmensa libertad, que no se puede recorrer toda en una tarde, ni siquiera en bicicleta.

Tiempo atrás, el poderoso caballero Santamaría puso su ojos en estos bellísimos parajes y sintió tentaciones. Al amparo de su inmenso patrimonio y de los favores debidos por la alta clase política, aquella que dicta instrucciones a los arribistas, se propuso poner puertas al campo. Algo habitual, en estos tiempos de privatizaciones, de fusiones, de recalificaciones y de inyecciones. Pero no podía vallar los caminos, porque estos ni siquiera son públicos, sino de todos y de nadie. Cual gigante egoísta tenía que contemplar desde su caballo cómo los niños correteaban felices en sus inmediaciones sin poder cobrar su derecho debido de pernada, y asustar con su escopeta a quienes se atreviesen a internarse en la espesura.

Un día nos halló débiles y endeudados y vió la ocasión de contentarnos con limosnas que nadie esperaba, pues nadie tenía la menor idea de que aquello que disfrutábamos sin pedir permiso valiese tanto dinero. Dijo que no nos preocupásemos, que nos iba a financiar, que iba a mediar, que iba a protegernos y a proteger el entorno, que iba a relanzar económicamente el pueblo construyendo un gran parque temático para que fuésemos felices previo pago de entrada y seguimiento de las normas. Contó con el apoyo de los cobardes y las ambiciosas.

Si surgía un potente movimiento civil en contra, sólo había que esperar, matizar los términos, cambiar el concepto, dividirlos comprando a los inciertos y socavar el prestigio de los rebeldes con los argumentos más miserables. Lo que sí estaba claro es que nadie iba a detener lo que estaba ya pactado hace mucho tiempo.

Al final, sólo por treinta años, si no se plantean antes ampliarlo, pero sin que puedan plantearse revocarlo. Como una condena, fíjate loca. Cuando escucho esto, pienso lo mismo que aquellos que entran en la cárcel deben pensar: ¡dentro de treinta años, ya no seré joven! Ya no tendremos ganas, loca. No habrá un potente movimiento civil en contra. Nuestros hijos se habrán acostumbrado tanto a esta existencia miserable en la que nos arrinconan que la darán por supuesta. Verdaderamente saben lo que se hacen. Dentro de treinta años harán lo que quieran con su política de tierra quemada, y el pelotazo estará ya dado.

10/08/2008

¿Crisis? ¿Qué crisis?

Cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo decidió elevar los precios del crudo, provocando la crisis energética de mediados de los setenta, que puso fin al combustible barato y se tradujo en inflación y crisis económica, el grupo inglés Supertramp publicó un disco titulado "Crisis? What Crisis?", en cuya portada aparece un sujeto en bañador tomando tinto de verano en medio de un vertedero, debajo de una sombrilla naranja que le aisla de los humos, seguramente tóxicos, emitidos por las chimeneas de un polígono industrial. Es posible que si este despreocupado caballero se levantase hoy de su tumbona y se quitase las gafas de sol, con las que se protege de ver lo que rodea, reconociésemos hoy el rostro inefable, la cara dura del presidente Zapatero razonando que no son gigantes, sino molinos, que vivimos en un país multicolor y que peor era antes.
* * *
Mientras eran ya visibles los efectos de la saturación del sistema financiero con la venta de ilusiones y de "futuros", porque pre-visibles lo eran desde hace tiempo, mientras un número creciente de ciudadanos ajustaba sus presupuestos a la inflación creciente, perdía sus trabajos o dejaban de pagar su hipoteca, al tiempo que otros no podían siquiera permitírsela, en medio de las peores perspectivas, el presidente convertía con la magia de la retórica a los analistas económicos en agoreros, al desbarajuste financiero en reajuste de los mercados y al desastre galopante en desaceleración.

No es cosa, sin embargo, de reprochar al presidente que tratase de capear la tormenta con espíritu positivo. Se limitaba a reeditar en este caso el famoso buen talante y el espíritu posibilista de los manuales de autoayuda que tanto le han rendido en otras ocasiones, sabedor de que el desastre es universal e inevitable, y que reconocerlo sólo hubiera servido para acelerarlo. Él y su fiel escudero Solbes, que parecía un burócrata sensato y ha fundido su prestigio intentando maquillar los datos y las perspectivas de crecimiento, se han limitado a repetir viejas fórmulas y recitar mantras hasta que las turbulencias financieras internacionales abran algún cauce por el que discurrir con suerte hasta las próximas elecciones. Y si no, hasta que la evidencia de la catástrofe haga inviable cualquier alternativa.

Hoy ese cauce se ha abierto con el reconocimiento institucional de la crisis a nivel mundial y la aprobación, disputada para guardar las apariencias, de “duras” medidas para atajarla: junto a la adopción de presupuestos austeros en todos los campos que mejoran nuestra calidad de vida se anuncia la inyección de cientos de miles de millones de dólares y euros para apuntalar ese edificio en ruinas que es el sistema financiero globalizado. No parece haber nada que hacer: nuestros políticos van a discutirlo y van a tener finalmente razón. Con ello, la ideología capitalista ultraliberal actualiza su discurso a los nuevos tiempos: dinero público, sí. Para solventar las cagadas de quienes juegan con el destino de millones de personas. Para amortizar los saqueos, el despilfarro y las orgías de unos pocos. Para tapar eventualmente los agujeros de un montaje que se desploma.

Pese a que se justifica la excepcionalidad de estas medidas con la advertencia de que se trata de una crisis más dura que ninguna que hayamos conocido, advertencia que aspira a calar en nuestro instinto de supervivencia, se acompaña este reconocimiento con el discurso habitual sobre las crisis: las crisis son buenas. Son necesarias para limpiar y engrasar el sistema, en este caso para neutralizar los “productos tóxicos” generados por éste en su dinámica especulativa. Las crisis sirven para reestructurar y relanzar la economía hacia otro horizonte. De las crisis, como de las enfermedades, se sale renovado y fortalecido. Ante este reconocimiento súbito y este cántico exaltado a las virtudes de la crisis, nos asalta sin embargo la duda: ¿y si no se trata de una enfermedad, sino de un límite? Todo lo que se desarrolla nace, crece, pasa por diversas crisis, produce algo y muere. Y estas medidas, se parecen tanto a la ventilación asistida... ¡Oye, tu, loca! ¡Lo mismo es verdad y no es una crisis!

Porque si repasamos el historial del enfermo vemos que éste era un joven sano y robusto a principios del siglo pasado, cuando se dedicaba a la producción de bienes industriales de consumo para las masas gracias a los avances técnicos. No sufrió un primer descalabro serio hasta el famoso crack de 1929, del que tardó varias décadas en recuperarse, y que determinó su conversión de capitalismo industrial, basado en la producción de mercancías tangibles, en capitalismo financiero, basado en la especulación, es decir, en la extracción de márgenes crecientes de plusvalía mediante operaciones financieras. Aún así, se trataba todavía de una crisis de crecimiento, de un estirón, vamos... La gran industria dejó paso a la banca y a los grandes inversores, dedicados a movilizar capital sin conocer muchas veces la base material que lo sustenta.

A pesar de ello, el capitalismo financiero supo desarrollarse y crecer desde mediados de siglo en base al saqueo de los recursos materiales, el expolio de la tradición, la apertura de nuevos mercados, la generación de falsas necesidades y la puesta en marcha de empresas bélicas cuyo único objetivo era tranquilizar a los mercados. Así, no manifiesta más achaques hasta la crisis energética de los setenta con que he empezado esta noticia, y a partir de ahí las crisis no dejan de sucederse: nueva crisis energética a principios de los ochenta, que puso al descubierto la dependencia de los recursos energéticos; explosión de la burbuja asiática a finales de los noventa, que destapó la saturación de los mercados financieros en todo el mundo, explosión de la burbuja tecnológica a principios de milenio, que desenmascaró la facticidad del mundo virtual con que se pretendía reactivar la economía real y, finalmente, estallido de la burbuja crediticia, que no inmobiliaria, que atravesamos hoy, y que ha puesto de manifiesto la falta de futuro de quienes juegan a los dados con el futuro de los demás. En cada uno de estos achaques, ha logrado disimular su decadencia huyendo hacia delante en busca de promesas que no va a poder cumplir, valores que no tienen valor, productos que no tienen aplicación.

¿Cuál será el próximo paso, loca? ¿Destrozarán el mundo hasta convertirlo en un recuerdo y luego nos lo venderán en forma de pastillas, de tubitos de oxígeno a tres euros, de bonsais sintéticos? De momento, se conforman con pedirnos que amparemos a nuestros explotadores.