5/08/2018

El arte de la ocupación y la okupación del arte

El pasado 23 de marzo se presentó en el espacio alternativo madrileño "ABM Confecciones" (c/ Encarnación González, 8, Puente de Vallekas) la exposición "Monte Perdido 60 bis", un proyecto colaborativo que pretende servir de relato y documento de una experiencia de más de tres años de recuperación de un piso vacío perteneciente en su momento a los activos tóxicos del banco malo SAREB, con el propósito de solicitar un alquiler social para familias sin solución habitacional dentro del marco de la "Obra Social" de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH).

*  *  *

La exhibición se componía de varios módulos que constituían otros tantos acercamientos a la realidad de la vivienda precaria en un barrio especialmente afectado actualmente por los desahucios y los procesos de degradación y gentrificación. Los elementos expositivos que la conformaban no pretendían ser individualmente piezas artísticas al uso, sino documentos de la verdadera "obra total", que no es solo la "performance duracional" desarrollada colectivamente durante estos años, sino el testimonio de una lucha viva por el derecho a la vivienda y los suministros básicos que sigue abierta en este edificio.

Se buscaba tanto trascender las fronteras del campo de lo artístico como señalar un nuevo modelo de percepción que apunte a la transformación de la realidad social.

Módulo escultórico. El pasillo de entrada al espacio fue inundado con garrafas vacías de 5 y 8 litros que durante meses se fueron acumulando en una de las viviendas de Monte Perdido 60 bis. Para completar la composición se cortó el suministro de agua corriente en la sala y se instalaron garrafas llenas en los baños para que estos pudieran seguir usándose durante la muestra.


La falta de agua corriente obliga a los habitantes de varios edificios de PAH Vallekas a desplazarse a las fuentes más cercanas, deshabilitadas durante la mayor parte del año, o a importar por garrafas este bien esencial. Actualmente existe un proceso abierto de negociación con el Canal de Isabel II para resolver esta cuestión.

Un módulo narrativo daba cuenta de los sucesivos intentos de desahucio, por vía legal e ilegal, que el edificio ha sufrido a lo largo de estos años. Esta historia da cuenta por una parte de la importancia del trabajo colectivo y el apoyo mutuo cuando se trata de resistir en tales condiciones, y por otra configura el relato de los cambios en el mercado de vivienda y las diversas estrategias desarrolladas para desalojar a los residentes desde el inicio de la crisis.




 








El módulo ambiental corrió a cargo del realizador Fiacha O-Donnell, quien montó el video con imágenes grabadas en el interior del edificio.





Se montó también un módulo documental distribuido en diversos espacios de la sala con materiales encontrados en las viviendas del bloque: carteles y efectos decorativos, merchandising y parafernalia de la PAH para realizar acciones, un pequeño salón acondicionado con libros, cervezas y cuadernos de puño y letra de sus moradores, donde se da cuenta de la afición a la filosofía situacionista de unos o de la costumbre de reflejar en rimas las duras circunstancias de la vida en el barrio de otros. En una pantalla portátil se reproducía en bucle el momento en que la PAH reivindica públicamente la recuperación del edificio.












El evento se completaba con un módulo performático no programado. Un grupo de personas identificadas como activistas irrumpieron en la inauguración repartiendo panfletos en contra del evento, de sus organizadores y de la propia sala.

 

Se trataba obviamente de una situación creada con un propósito de subrayar la inserción del acontecimiento en el contexto de la problemática que vive el barrio y darle relieve. Precisamente ABM es un espacio que explora un modelo de gestión que nada tiene que ver con las clásicas galerías y sus actividades están volcadas hacia la construcción de la identidad del barrio. Es además un espacio muy vinculado a la construcción de la utopía de Monte Perdido, de manera que esta intervención no podría haber tenido lugar en otro sitio. No obstante pudimos comprobar cómo una acción de corte tan clásico y sencillo alcanzó a incomodar a los espectadores e incendiar los ánimos, situando el debate y llevándolo mucho más allá.


Bonus track


La exposición quedó documentada en forma de fanzine de descarga gratuita al que puedes acceder desde aquí en versión secuencial para su lectura o maquetada para su impresión.


Fanzine Monte Perdido 60 bis para visualizar

Fanzine Monte Perdido 60 bis imprimible DIY


Ignoradxs Okupantes es un concepto autoral colectivo y efímero creado para la realización del proyecto “Monte Perdido 60bis”, que se presentó en ABM Confecciones (Encarnación Gonźalez, no 8, Puente de Vallekas) el 23 de marzo de 2018.
Documentación e imágenes: Archivo PAH Vallekas (Lotta Tenhunen).
Documentación audiovisual: Fiacha O'Donnell.
Diseño y montaje: Sabela Llerena.
Coordinación del proyecto: Luis Navarro.
Colaboraciones: ABM Confecciones, Democracia.
Licencia Creative Commons: Reconocimiento, No Comercial, Compartir igual. 

4/30/2018

El peso de vivir

 

Sobre la muerte del trabajo y sus fantasmas

 





Todos los días a la misma hora subo al mismo tren y soy arrastrado al lugar de siempre junto a mis tristes compañeros de cuerda, con quienes no comparto más que una sorda pesadumbre y una dolorosa resignación. Alguien pulsa una palanca y dejo de ser yo: abandono todas mis aspiraciones, mis deseos e incluso mis principios para funcionar como una pieza de la máquina. Comienza otra jornada, que se extiende hasta abarcar la parte más lúcida e intensa de nuestra existencia, vaciándola como se vacían los vasos de un reloj de arena. Vivimos contra el tiempo, pero en el curro lo dejamos transcurrir con displicencia hasta la hora de salir de nuevo al encuentro de nosotros mismos. La vida, con todo su amplio menú de posibilidades, nos espera al final de la cuenta. Pero nos hallamos para entonces exprimidos y tensos, sin ánimo de emprender aventuras, así que nos abandonamos a cualquiera de las modalidades de ocio programado hasta que llegue el nuevo toque de queda. Dado que el trabajo nos somete a una actividad forzosa, los días “libres” han de estar exentos de todo lo que pueda parecerse a una actividad. El trabajo compartimenta nuestra vida en un impreso cuyas diferentes casillas rellenamos aplicadamente. El ciclo de la producción y el consumo debe ser cubierto para alcanzar la integración en un dispositivo social ajeno que nos abruma y no aspiramos a cambiar. Pero lo peor de todo es que mañana será igual. Y que se sucederán los días con el mismo monótono argumento, sin escapatoria posible, sin esperanza, hasta el momento en que tu energía se remanse y te hayas olvidado de gozar. 




*   *   *

La cultura del trabajo se manifiesta de forma paradójica. Todo el mundo quiere librarse de él, pero es incapaz de concebir una forma de ocupar el tiempo que no consista en una actividad productiva. Lo experimentamos como una maldición de acuerdo con el origen etimológico del concepto: trabajo se deriva del latín tripalium, especie de cruz de tres palos donde se fijaba a los reos en la Edad Media para su castigo o su ejecución. Este sesgo también parece darse en su sinónimo jergal “curro”, si es cierto que procede del caló curelo, sinónimo de “castigo”, de donde procedería también su acepción de “paliza”.

No obstante, el trabajo es la medida de todas las cosas, y el mayor bien al que podemos aspirar es a tener un “buen trabajo”. Resulta provocador y maligno oponerse a él o cuestionarlo. La sociedad observa preocupada el aumento en las cifras de desempleo y da por buenas las reformas que contribuyen a reducirlas, aún a costa de la calidad en los contratos. Hemos llegado a hacer del trabajo la “esencia humana”, lo que nos diferencia del resto de la naturaleza y nos autoriza a poseerla. El marxismo puso en el trabajo la fuente y la medida del valor. En este punto coincide con la ideología liberal, que identifica el trabajo con la riqueza y lo convierte en una marca de excelencia. La figura del emprendedor que ha logrado amasar una fortuna, aún a costa de explotar el trabajo ajeno, es un mito fundador del capitalismo. La entrega en el trabajo es sancionada como signo de honestidad, mientras se censura con acritud el abandono de quien se conforma con una paga exigua. Por otra parte, ¿quién se hace rico a través del trabajo asalariado?

Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, sentenció un dios muy enfadado en el principio de la historia con unas criaturas que habían abandonado su ociosa vida de cazadores-recolectores, al tiempo que advertía a la mujer: “Parirás con dolor”. El dulce fruto de la vida ya no podrá libarse sin pagar un precio por ello. “El que no quiera trabajar, que no coma”, predicaba San Pablo a los tesalonicenses, aforismo que fue recogido por Lenin e incluido en la Constitución de la Unión Soviética de 1936 como uno de los principios fundamentales del socialismo. La máxima va cobrando poco a poco un sentido positivo por cuanto se inviste de dignidad al proyectarse sobre la comunidad, pero su fundamento moral es el mismo: es necesario el sacrificio para expiar la vida, y este hecho será universal en virtud del pecado original que atormenta a nuestra cultura. Si el trabajo es tenido en tan alta estima y considerado una virtud es precisamente por que resulta molesto, agotador, alienante; porque supone una mutilación de la persona. Ambos términos van unidos en esta lógica de la expiación, como si una ley natural comerciase con la propia vida, imponiéndole límites y sometiéndola constantemente al juicio de la escasez.




El trabajo es la dictadura

Dado que hemos puesto en el trabajo no solo la excelencia, sino la propia esencia humana, tenemos la percepción de que esta esencia se destruye cuando no se encuentra ocupada. El trabajo nos aporta una identidad producida en serie que nos redime del vacío existencial y nos exime de buscar sentido a nuestras vidas. El trabajo nos salva de nosotros mismos, en la medida en que nos impide entregarnos a la indolencia y el vicio, entendiendo como tal cualquier actividad no productiva. La idea que subyace es que el ser humano es una masa inerte que necesita ser activada y disciplinada. Este principio es asumido por quienes se encuentran en situación de desempleo y confirmado por la exclusión social que ello comporta hasta el punto de destruir sus vidas.

Preguntémonos qué hay de bueno, de grande o de hermoso en el desgaste programado de nuestra energía y en la entrega de nuestro tiempo de vida a los intereses privados de otras personas. Preguntémonos qué tipo de actividades podríamos realizar, y con qué diferente espíritu y motivación, si tuviéramos a nuestra disposición esos grandes paquetes de tiempo que tenemos que vender. El trabajo se ha convertido en el enemigo principal de la familia, sobre todo cuando todos sus miembros trabajan. No solo nos roba un tiempo precioso para cultivar los afectos, sino que además genera tensiones y problemas que se proyectan sobre nuestra esfera íntima. Imaginemos, en fin, cómo serían el arte y la cultura si no estuviesen sometidos a la lógica mercantil, practicados soberana y desinteresadamente por todo el mundo como una forma de encuentro con nosotros mismos y con los demás.

El trabajo es inmoral porque se basa en la compra-venta de tiempo humano, explotando su fuerza y sus capacidades y mercantilizando las relaciones sociales. Suele decirse que la prostitución es el más antiguo de los trabajos; lo cierto es que todo trabajo asalariado es una forma de prostitución. El fundamento moral que da sentido al trabajo es la producción de bienes o la realización de servicios a la comunidad, es decir la solidaridad, pero su fundamento material es la explotación y la competencia.

El trabajo es indigno porque se basa en formas elementales de dominación, con una marcada jerarquía y un poder absoluto de los poseedores de los medios de producción sobre los trabajadores y con una capacidad de decisión nula por parte de éstos sobre las condiciones que tienen que soportar.

Cada trabajo es insalubre de una forma distinta: poniéndonos en situaciones de riesgo para nuestra integridad física, sometiéndonos a actividades repetidas que maltratan y desgastan nuestro cuerpo, exponiéndonos a sustancias tóxicas y a situaciones de estrés o haciendo de nuestra vida un infierno.

El trabajo destruye el medio ambiente a su medida, con la excusa de dominar la naturaleza y humanizarla, llegando a poner en peligro los recursos naturales de poblaciones enteras.

El trabajo no es ni bueno, ni grande, ni bello. Lo único que lo justifica es que se ha hecho reconocer como verdadero, es decir necesario. ¿Pero es necesario?




En busca del trabajo perdido

El drama del desempleo no irrumpe de forma clara en la agenda política hasta bien avanzados los años 70, con la crisis del petroleo y la avanzada de las políticas conservadoras contra los derechos sociales alcanzados por los trabajadores. Se abandonan las políticas de pleno empleo y empieza a generarse aquel “ejército de reserva” del que hablaba Marx con el objetivo declarado de desarmar al trabajador, convertirlo en una pieza intercambiable y enfrentarlo a su propia clase.

En España, esta tendencia coincide con el fin del régimen franquista y la instauración de un régimen de apariencia democrática. Las cifras de desempleo se disparan entonces hasta alcanzar la cuarta parte de la población activa en 1994. Si anteriormente se habían mantenido en niveles más moderados fue por las grandes expectativas urbanísticas y especulativas que había generado la espectacularización de la imagen de España en la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América en Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona y la Capitalidad Europea de la Cultura en Madrid. Las cifras de desempleo vuelven a decrecer durante los primeros años del siglo mientras se desarrolla el crecimiento basado en el ladrillo y empieza a gestarse la inminente crisis.

Buena cosa el trabajo, que hace avanzar el producto interior bruto hacia la explosión de las burbujas. Lástima de aquellos aeropuertos, de aquellas autopistas y grandes centros comerciales en medio del desierto.


Una muerte anunciada

De todas las mercancías que pueblan los circuitos de la actual organización capitalista de la producción, probablemente sea la fuerza de trabajo la más sometida a los procesos de acumulación, depreciación y obsolescencia que le son inherentes. Se explica esto como una simple cuestión de desequilibrio rampante entre la oferta y la demanda. Los sucesivos avances tecnológicos han supuesto un aumento constante en los niveles de producción con un uso cada vez menor y más cualificado de mano de obra. Naturalmente no es éste el único factor. La producción de riqueza depende hoy menos de la explotación directa del trabajo vivo que de la explotación del trabajador como ser viviente, se desplaza del ámbito productivo al financiero y especulativo. Si el sistema no abandona al trabajador a su suerte es porque necesita consumidores capaces de absorber sus quimeras, y si no le garantiza la posibilidad de hacerlo es porque necesita individuos frustrados y necesitados dispuestos a someterse.


La revolución industrial, que trajo consigo la mecanización, vació los campos y produjo en el siglo pasado el éxodo a la ciudad para trabajar en las fábricas, convirtiendo a los campesinos en proletarios. Pero la industria dejó con el tiempo de tener capacidad para absorber esa mano de obra excedente, de modo que se potenció el tercer sector de los servicios. La fabricación de bienes de consumo dejó de ser el motor de la economía, pero seguía siendo necesario mantener un mercado capaz de absorber toda la abundancia que podía generarse gracias a los avances tecnológicos. El rápido crecimiento demográfico agravó la cuestión, generando una bolsa de parados que más tarde derivaría en precarización del empleo y progresiva desmaterialización del trabajo.




Se trata de un proceso que cualquiera ha vivido en alguna de sus fases, y en el que muchos autores han querido ver abrirse la posibilidad de una humanidad emancipada de la necesidad de vender su tiempo, entregada al libre empleo del mismo en el goce, la creación incondicionada y el cultivo de las relaciones y los afectos. Ya a finales del siglo XIX Paul Lafargue reivindicaba El derecho a la pereza (1883) hecho posible por el maquinismo, pero que debía ser conquistado mediante la revolución social. En el mismo sentido se pronunciaron los situacionistas a mediados del siglo pasado, apuntando la posibilidad de que la automatización despertase al “creador que duerme” en cada persona. En España, Luis Racionero (Del paro al ocio, 1983) auguró una revolución de los valores que elevaría la dignidad de la existencia humana emancipándola del trabajo forzoso. Por la misma época, el anarquista estadounidense Bob Black (La abolición del trabajo, 1985), desde una perspectiva revolucionaria, promulgaba la libre autoproducción de los trabajadores para alcanzar una vida basada en el “juego”; y más recientemente Jeremy Rifkin (El fin del trabajo, 1995) proclamaba el “fin del trabajo” y la necesidad de su redistribución, así como la implementación de un “ingreso garantizado” similar a la renta básica.


...y nunca consumada

Hay un supuesto en común en todas estas perspectivas visionarias: el trabajo ha dejado de ser la eje de la actividad productiva. Las sociedades desarrolladas tienen gracias a la tecnología la capacidad de satisfacer las necesidades básicas de la población sin una gran inversión de esfuerzo, lo que abre la posibilidad para el ser humano de realizarse en otras dimensiones antes desatendidas por falta de tiempo. Pero la realidad resulta bien tosca si la enfrentamos a estas previsiones. No sólo el trabajo no ha dejado de ser el término absoluto alrededor del cual gira toda la actividad humana, sino que vemos degradarse sus condiciones con cada reforma laboral. Quien lo posee lo soporta agradecido, y quien no lo posee anda demasiado ocupado buscándolo o lamentando su miseria. Pero lo más común es que esa miseria se distribuya en empleos de mierda que no aportan nada a la comunidad y no nos garantizan la supervivencia, pero nos siguen jodiendo la vida.

El trabajo sigue marcando la línea entre la vida y la muerte social, arrojando a una parte significativa de la población al mismo contenedor de los deshechos donde acaban las mercancías deterioradas. Los empleadores explotan el alto índice de demandas bajando los salarios e imponiendo condiciones cada vez más restrictivas. Los parados de larga duración, que generosamente dejaron de competir por un bien tan escaso, son sometidos a programas de reinserción que los fiscalizan y los culpabilizan. Los emprendedores y los autónomos se explotan a sí mismos con más saña y rigor de los que emplean las multinacionales con sus peones, y su ejemplo es exaltado socialmente para aplastar a los que no logran abrirse camino. Si tan altas eran nuestras expectativas hacia el progreso, ¿qué está fallando?




 Laboratorio de alternativas

El último autor en subirse al carro del utopismo de la liberación del trabajo ha sido el historiador holandés Rutger Bregman, autor de Utopía para realistas (2015), que ha vuelto a resucitar los debates sobre el fin del trabajo con el desarrollo de la robotización en el horizonte. Se trata de un texto que aporta pocas novedades con respecto a obras anteriores y que, sin cuestionar las bases de la actual organización del sistema y de la propiedad, cree posible la instauración una renta básica universal y la reducción de la jornada laboral a 15 horas. Ambas medidas se habían planteado a lo largo del pasado siglo no ya desde la literatura utópica o revolucionaria, sino a través de destacados economistas académicos como Keynes, Friedman o Galbraith.

La renta básica es un ingreso fijo y universal al que todo el mundo tendría derecho mientras estuviese vivo. Ello no solo garantizaría la cobertura de las necesidades básicas del individuo, eliminando las lacras de la miseria y la delincuencia común, sino también su libertad para elegir dónde y cómo trabajar, o incluso no hacerlo. Aunque desde la perspectiva que venimos desarrollando parece una idea descabellada y encuentra grandes resistencias culturales, no se trata más que de hacer efectiva la aplicación de los Derechos Humanos cuando la sociedad no es capaz de garantizar el pleno empleo, mediante un dispositivo de redistribución de la riqueza que resulta perfectamente factible. Para Bregman la renta básica no solo es aplicable en un contexto capitalista, sino que sería su fruto maduro y el “mayor logro” del capitalismo consumado.

Lo que ha puesto de nuevo de actualidad esta idea fuerza y la ha sacado del purgatorio de las utopías es que ya existen experiencias pioneras en el estado de Alaska con bastantes buenos resultados, y se está ensayando en países como Finlandia y Holanda. Los partidos europeos del espectro izquierdista empiezan a incluirla en sus programas, como ha hecho Podemos entre otros en España, y cada vez resuena más en los foros de las élites como posible alternativa al “estado del bienestar”. Existe claramente un inquietud social con respecto a este tema y una búsqueda activa de alternativas que ha saltado a los medios.

Tanto la redistribución racional de la riqueza que supondría la implantación de la renta básica como la redistribución racional del trabajo mediante la reducción de la jornada laboral parecen buenas ideas en un contexto de abundancia en el que el trabajo se ha convertido en un bien escaso. A pesar de todo, existen todavía numerosos obstáculos, no solo culturales, sino también económicos para su implantación. Hay que precisar que la experiencia de Alaska no es sino un impuesto redistributivo a las compañías petroleras que se gestiona comunalmente, y en Finlandia apenas se han dado los primeros pasos de un experimento social. ¿Cómo se financiaría? ¿Cómo incidiría en los niveles de inflación? ¿Cómo afectará al mercado de trabajo?




Firmar el finiquito

En los últimos años la obsesión de nuestros gestores ha sido aumentar y concentrar los beneficios a costa sobre todo de minimizar los gastos de producción, en primer lugar la mano de obra, así como los contributivos. Constantemente nos han pedido mayor productividad, mayor austeridad, más recortes sociales. La extracción de plusvalía sigue haciéndose a costa del trabajo viviente, pero tiene en la fuerza de trabajo excedente su seguro de riesgo. El trabajo realmente útil, productor de bienes y servicios necesarios para la comunidad, apenas conforma la el 50% de la fuerza productiva, y vemos proliferar en su lugar a los comunity managers, captadores de recursos, consultores de mercado, teleoperadores, carteros comerciales. En cambio se descuida el sector de los cuidados, que no entra en la lógica de la producción del beneficio, y se privatiza la salud y la educación, haciéndolas entrar en los circuitos del mercado. En vez de reducirnos la jornada, el tiempo de trabajo se desguaza en paquetes de miseria mediante contratos a tiempo parcial, por horas o por necesidades de producción, lo que permite disfrazar las cifras de desempleo.

Todo parece indicar que detrás de estos debates y transformaciones hay ya en marcha una reconfiguración velada del mercado de trabajo que elude enfrentar radicalmente las bases del modelo productivo y dar mayor autonomía a los trabajadores. La renta básica no servirá de nada si no se consigue a través de la lucha y la organización de la sociedad civil. La inevitable distribución del tiempo de trabajo se llevará cabo a costa de la reducción de las expectativas de la clase trabajadora. Frente a este panorama, no podemos esperar nada de nuestros gestores, sino la prolongación artificial de esta agonía. Tampoco la tecnología por sí misma va a salvarnos, como se a puesto de manifiesto a través de las sucesivas revoluciones. Lo que se echa de menos en estas propuestas del nuevo siglo es aquella llamada de los utopistas a la autoorganización de los trabajadores y la apropiación de los medios de producción. Sólo la autogestión puede cambiar nuestro destino.



Luis Navarro
Publicado inicalmente en la revista Cáñamo nº 233, mayo de 2017
CC https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/



Imágenes cortesía de Estudio Santiago Sierra correspondientes a las siguientes obras:

FORMA DE 600 X 57 X 52 CM. CONSTRUIDA PARA SER SOSTENIDA EN PERPENDICULAR A LA PARED
König Gallery, Berlín, noviembre de 2016.
Foto de Lutz Henke

20 TROZOS DE CALLE ARRANCADA, DE 100 CM. DE LADO EN SU CARA SUPERIOR
Galería Ángel Romero. Madrid, España. Marzo de 1992.
Se estableció contacto con una empresa dedicada al remozado de vías públicas, y se les pidió que arrancasen los trozos de calle sacando grandes pedazos enteros de más de 100 cm. de lado. Una vez arrancadas las piezas se introdujeron en la galería y se ordenaron en una estructura reticular. Con una radial se cortaron los trozos de calle que sobresalían de la medida prefijada y se dejaron los restos en el suelo.

MURO DE UNA GALERÍA ARRANCADO, INCLINADO A 60 GRADOS DEL SUELO Y SOSTENIDO POR CINCO PERSONAS
Acceso A. Ciudad de México. Abril del 2000.
Un muro de tablarroca instalado en la galería fue arrancado de su emplazamiento y, durante cuatro horas diarias, por cinco días, cinco trabajadores actuaron de contrafuerte para mantenerlo a 60 grados de inclinación del piso. Cuatro de ellos lo sostenían y un quinto, rotativo, aseguraba lo correcto de la inclinación con un cartabón. Por los cinco días de trabajo cada uno de los obreros cobró 700 pesos, unos $65.

10
Padiglione d’Arte Contemporanea. Milán, marzo de 2017.
Convocadas mediante volantes y boca a boca, cientos de personas aparecieron para participar en esta performance en la que tenían que permanecer de pie durante horas formando una gran fila humana para recibir un pago de 10 euros.
Fotos de Nico Covre Vulcano.

586 HORAS DE TRABAJO
Plaza de las Veletas. Cáceres, abril de 2004.
Un cubo macizo de cemento de 400 x 400 cm. fue instalado y pintado de negro en el lugar indicado. Se contaron las horas de trabajo por persona empleadas en la construcción, que sumadas dieron 586 y se colocó dicha cifra en letras metálicas sobre una de las caras del cubo. No se pudieron incluir algunas horas extras empleadas en imprevistos.

111 CONSTRUCCIONES HECHAS CON 10 MÓDULOS Y 10 TRABAJADORES
Galerie Peter Kilchmann. Zürich, Suiza, marzo de 2004.

24 BLOQUES DE CONCRETO MOVIDOS CONSTANTEMENTE DURANTE UNA JORNADA POR OBREROS REMUNERADOS
ACE Gallery. Los Ángeles, julio de 1999.
Se contrató a diez jornaleros de origen mexicano y centroamericano, de los que acostumbran a ofrecer su fuerza de trabajo en las plazas de Los Ángeles para que moviesen constantemente 24 formas de cemento, de las comúnmente empleadas en los diques de contención, con un peso de dos toneladas por pieza y una medida aproximada de 250 x 150 x 100 cm., a lo largo de los espacios de la galería empleando solo barras de metal como palanca. El resultado expuesto consistió en las marcas dejadas por el trabajo, en forma de daños sobre el piso y los muros de la galería, junto con las herramientas y materiales empleados por los obreros, restos de alimentos y bebidas ingeridos y los propios bloques de concreto.

11/29/2014

La marea melancólica



Sobre la posibilidad o la necesidad de una marea de la cultura


Texto redactado hace unos meses para el último número recién aparecido de la revista Salamandra, que edita el Grupo Surrealista de Madrid.

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Hace casi un año, dentro del marco de movilizaciones #MayoGlobal que intentaba elevar el tono de las protestas en el segundo aniversario del 15M, se convocó un encierro de trabajadores y consumidores de la cultura y la comunicación en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, en un intento de construir una marea ciudadana sobre el modelo de las exitosas mareas blanca y verde de la sanidad y la educación1. Éstas habían logrado movilizar a una verdadera masa crítica de ciudadanos sin contar con partidos ni sindicatos, debido a que su marco de reivindicaciones excedía los intereses gremiales o corporativos de un sector afectando a toda la población. La marea verde atrajo no solo a los funcionarios de la educación, sino también a un sector políticamente estratégico como los estudiantes, así como a asociaciones de padres y madres de alumnos. La marea blanca, liderada por el personal sanitario, aglutinó también a ancianos y dependientes que raramente participaban en este tipo de protestas, y en definitiva a cualquier usuario eventual del sistema de salud pública, es decir a toda la población. Partiendo de estas bases existían buenas razones para lanzar una marea, cuyo color había de ser determinado en el proceso, en defensa de un derecho tan básico y esencial como aquéllos: la cultura.




1


La cultura es ese magma de sentido en el que nos bañamos todas. Es imposible no participar de ella, siquiera sea en calidad de reproductores pasivos. No solo porque todo el mundo es consumidor de productos culturales (cada vez más inmateriales), sino porque ella es el marco que hace posible cualquier tipo de interacción, el tejido de la comunidad. No se trata por tanto de un lujo, de un excedente social prescindible, como reconoció el secretario de estado José María Lassalle2, ni debe limitarse a la producción de entretenimiento mercantilizado como parece suponer el ministro Montoro. Desde el inicio de la crisis, el presupuesto para este sector ha sufrido recortes cercanos al 50%, además de haber visto elevarse las tasas de IVA hasta en 13 puntos en el caso de las entradas para asistir a espectáculos. Existían motivos suficientes no solo para convocar una marea, sino también para confiar en su éxito.


El “encierro” consistió en realidad en la ocupación de uno de los accesos al MNCARS, un espacio cubierto con entrada desde la Ronda de Valencia perfectamente controlada por la policía y el propio servicio de seguridad del centro. Se me ocurrió que, dado que el encierro no se llevaba a cabo en el interior del recinto, bien podría haberse realizado la asamblea inaugural en un espacio más visible para facilitar la interacción con los transeúntes y hacer más pública la acción. La convocatoria había surgido desde asambleas del 15M, y aunque no estaba aprobada por la Delegación del Gobierno no fue reprimida ni hostigada, pero sí bastante monitorizada. Las personas que asistieron a la concentración eran en su mayor parte jóvenes creativos, periodistas y trabajadores precarios de la cultura y la comunicación. Las dinámicas contrarias al juego de la representación que ha impuesto el “estilo 15M” lograron conjurar en este caso los fantasmas mediáticos, así que no hubo celebridades que hubiesen desvirtuado la acción atrayendo los focos sobre ellas y capitalizando la noticia, convirtiéndose en definitiva en sus representaciones bufas para el noticiero. Todo parecía indicar que esta convocatoria iba a ser distinta de las tradicionales movilizaciones por la cultura lideradas por los mismos rostros conocidos, los profesionales siempre firmantes en defensa de su cupo fijo de subvenciones, y que en esta ocasión iba a plantearse el tema de la cultura en un sentido más amplio, social e incluyente.


Había un componente de reto institucional que la hacía atractiva; sin embargo la institución nos acogía calurosamente en su patio trasero. El personal de seguridad trataba a los activistas concentrados con la misma civilidad con que estaban acostumbrados a tratar a los visitantes del museo. El acto se saldó sin el menor incidente: no hubo un solo grafiti que manchase el patrimonio arquitectónico. Las consignas colgaban de las paredes sobre telas y pancartas apelando unas a la “cultura libre”, denunciando otras que “libre no equivale a gratis”. Se hacía evidente que subyacían a la protesta distintos tipos de motivaciones que, cuanto menos, debatían entre sí, si es que no resultaban contradictorias: las de quienes defendían su ámbito de profesión, las asignaciones públicas y la defensa de la industria cultural (como haría cualquier otra marea, como hicieran en otras ocasiones la gente del cine) y la de quienes reclamaban un nuevo modelo que asegurase el acceso universal, la libre participación y la democratización de la cultura.


Dejando curso libre al acontecimiento sin provocar ni unos ni otros situaciones de tensión, se consiguió que éste se disolviese en sí mismo sin alcanzar algún tipo de resultado. La “marea roja”3 que se trataba de promover se quedó en una simple hipótesis de marejadilla, una performance sin consecuencias. Había logrado poner sobre la mesa la cuestión de las políticas culturales como uno de los problemas fundamentales que afectaban al movimiento, pero no había logrado resolverla porque ni siquiera alcanzó a plantearla en los términos adecuados, ni en consecuencia a dotarse de los mecanismos que hiciesen posible abrir un espacio de acción definido. Diríamos que la timidez de sus secuelas no se corresponde con la ambiciosa misión que se había encomendado.


Meses después, en marzo del corriente año, se volvía a invocar la “marea roja” mediante una gran manifestación “lúdico-reivindicativa” que convocaba una Plataforma en Defensa de la Cultura formada por asociaciones profesionales, a la que concurrieron numerosas celebridades y que inundó la Castellana de espectáculos y atracciones para toda la familia, como en una de esas jornadas culturales que organizan los ayuntamientos para promover el turismo y para promoverse a sí mismos. Allí estaban otra vez los “autores” y los profesionales del espectáculo corporativo, muchos de los cuales se habían enfrentado antes, defendiendo sus “principios” en defensa de “la cultura”, a las bases del 15M que reclamaban una cultura libre y sin protagonistas. En esta ocasión sí se alcanzó el efecto mediático que se habían propuesto, aunque éste se limitase a poner de nuevo en primera línea de la actualidad a las mismas figuras rancias y cansinas de la escena nacional desde hace décadas. El lema “cultura somos todos” era una simple afirmación tan obvia como vacía, una interpelación a la ciudadanía que no cuestionaba en ningún caso su condición espectadora.




2


Este texto se plantea como una herramienta de reflexión en torno a un proceso en el que su autor se siente involucrado a muy diferentes niveles: como usuario, como diletante precario, como observador. En ningún caso quiere ser leído como una crítica negativa o simplemente externa, al modo en que lo sería una lectura académica o un discurso vanguardista, sino desde la plena implicación y consciencia de lo que nos jugamos en este terreno. Es desde una posición militante y apasionada que me ha parecido oportuno repensar este fracaso, que lo fue en un sentido también amplio: no solo porque no concitó la atención de las masas que hubieran debido sentirse tan preocupadas e identificadas con su cultura como se habían mostrado por la asistencia sanitaria o por el derecho a la educación; ni solo porque no generó el clima, los objetivos mínimos ni la estructura con que plantar cara en su terreno al desmantelamiento generalizado del estado del bienestar, sino sobre todo porque permitió que se apropiasen del nuevo frente de lucha los representantes del viejo modelo de espectáculo concentrado que ha imperado en España durante los gobiernos liberales y los mal llamados socialistas, es decir durante lo que hoy ya ha sido catalogado como “cultura de la transición”4.


Esta defección resulta tanto más sangrante por cuanto el 15M se había planteado desde su origen como una ruptura en el plano de la representación, en su acepción política como en su dimensión estética. Fue una decisión gubernamental avalada por las principales fuerzas parlamentarias (PP, PSOE, CIU) que afectaba al nuevo contexto instituido por la cultura de redes, la conocida como “Ley Sinde” relativa a la propiedad intelectual y al control de los contenidos de la web, la gota que desbordó el vaso de la decepción y llevó a la población de los ordenadores a las calles, convirtiéndose en el detonante de la gran marcha del 15 de mayo y posteriormente de las acampadas. El gobierno no se enfrentaba aquí a masas de súbditos desposeídos de los medios de producción de realidad y de la competencia sobre su uso, sino a multitudes autoorganizadas capaces de desarrollar estructuras y canales de comunicación, de interaccionar de igual a igual en asambleas, de generar formas creativas de activismo que escapaban a la lógica represiva, de producir sus propios mitos y referentes culturales y en definitiva de autoprogramarse. Cientos de miles de personas cuyas aptitudes y formación no encontraban acomodo en el saturado sistema productivo descubrían la posibilidad de desarrollar estas capacidades en un contexto no mercantilizado, controlado colectivamente por ellas mismas.


No solo el pacto social de nuestra cultura de la transición, sino todo el viejo paradigma espectacular, unidireccional y centralizado de producción de sentido se había roto y por las costuras desbordaban no ya reivindicaciones, sino deseos, aspiraciones, posibilidades ciertas que el sistema debía ocultar y reprimir para seguir manteniendo su agotada dinámica de la escasez. Se trataba de encarnar en las calles lo que ya se había ensayado en las redes: la lógica del intercambio que a todas enriquece, la participación libre en los foros, el contagio viral de las emociones, la generación virtual de una sociedad paralela no basada en la competencia y la afirmación del ego, sino en un espíritu de colaboración y reconocimiento. De alguna manera, el 15M constituía ya desde el principio, de forma espontánea e incontrolada, esa “marea cultural” que después hemos tratado de diseñar artificialmente. La falta de reconocimiento de este hecho no solo ha caracterizado al fallido intento de lanzar una marea, sino que ha introducido en general cierta confusión dentro del movimiento con respecto a sus objetivos últimos e incluso, utilizando un término arriesgado, a su identidad.




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Hace una serie de años, desde las páginas de esta revista intentamos descifrar cuál sería el “código genético” de un movimiento social adaptado a las condiciones actuales y capaz de trastocar el marco de referentes establecido, las reglas del juego que determinan nuestro papel repetido en el drama.5 Relacionamos cinco puntos que no pretenden agotar la complejidad del modelo, pero que creemos que siguen siendo útiles para descifrar no solo el 15M, sino también algunas de sus precuelas (Primavera Árabe, No a la Guerra, V de Vivienda) y de sus secuelas (Ocuppy Wall Street, indignados brasileños, Somos 132, Marchas de la Dignidad, etc). Recordamos sucintamente tales puntos: la acción molecular o intervención mínima capaz de replicarse masivamente mediante contagio; la organización en red frente al modelo piramidal, es decir la producción de realidad desde abajo según corresponde a una democracia realmente ideal; el uso competente de los medios técnicos de producción de realidad para subvertir sus lógicas y crear interferencias; el reconocimiento definitivo de que los “derechos de autor” y de reproducción, so capa de proteger y desarrollar las industrias culturales, constituyen más bien un obstáculo al progreso y la libertad creativa; y en fin, el desarrollo consecuente de un nuevo tipo de identidad basado en procesos de interacción y no en sujetos estancos. Posteriormente he defendido que estos cinco puntos definen algo así como el “espíritu” del 15M y su diferencia con otros ciclos previos de agitación política hoy ineficaces.6 Todos ellos hacen referencia a nuestra “matriz cultural” más que a desarrollos políticos, y creo que deben ser tomados en cuenta, más allá de cuáles sean las acciones concretas y los objetivos prioritarios del movimiento, como una suerte de “código fuente” del mismo, un código abierto y cooperativo.


Estos rasgos definen todo un nuevo paradigma estético, una nueva sensibilidad capaz de cuestionar, y llegado el caso sustituir, la decadente visión del mundo ligada a la época del capitalismo triunfante, que hoy enfrenta su agotamiento y precisa su reafirmación autoritaria. La emergencia de este nuevo paradigma no supone un cambio caprichoso ni repentino, sino que hunde profundamente sus raíces en la utopía moderna de emancipación a través del arte. Este proyecto, formulado entre otros románticos por Schiller7 en oposición a la pulsión dominadora subyacente a la antigua sociedad aristocrática, pero presente todavía en la sociedad organizada en clases, resultó cegado y desviado por el desarrollo del sistema productivo capitalista y la construcción de los estados nacionales, en los cuales se resolvería la búsqueda de la “obra total” que había de romper todas las separaciones presentes en la sociedad y en particular la separación entre el arte y la vida. El impulso utópico que apuntaba a una dignificación de la existencia derivó por tanto en una estetización de la política que mostró sus perfiles más extremos y terribles a lo largo del siglo veinte, en las diversas formas de institución de la “sociedad espectacular”, donde el ciudadano se ve reducido a la condición de espectador mudo de una construcción social diseñada y realizada desde arriba, es decir de súbdito.


El arte se refugió en su propia e ineficiente autonomía y se acabó convirtiendo en una práctica legitimadora, una institución gobernada por los dispositivos mercantil y estatalista que cubría la función de proveer sentido en las sociedades laicas, así como de abarcar y resolver dentro de su propia representación el impulso creativo utópico que estaba inscrito en su naturaleza. No obstante en sus fronteras, aquellas que aspiraba constantemente a rebasar, seguían produciéndose “novedades” que cuestionaban cada vez menos ingenuamente la propia estructura y funcionamiento del arte como esfera separada, se seguía explorando la posibilidad de una práctica unitaria que lo trascendiese para integrarse operativamente en la vida cotidiana. Este proceso, largo y difícil como corresponde a un cambio de mentalidad que se enfrenta a la propia corriente histórica, tuvo un interesante punto de inflexión a mediados del siglo pasado con la actividad de los situacionistas, una de las derivaciones monstruosas de las vanguardias que se negaba furiosamente a reducirse a una de ellas. En vez de seguir alimentando la ampliación del campo de lo artístico quisieron optar por su “realización” definitiva, aquella que comportaría tanto su supresión como su superación en una práctica social emancipatoria.


El campo de actuación escogido en un primer momento por los situacionistas para esta magna empresa fue lo que denominaron “urbanismo unitario”, que consistía en la aplicación de todos los medios técnicos y de todos los recursos artísticos a la construcción de entornos dignos de ser habitados. También lo intentaron con el cine, el nuevo arte que había saltado a la escena y prometía cerrar el ciclo de las disciplinas artísticas separadas, pero no tardaron en advertir que estos ámbitos requerían una enorme concentración de medios y respondían a una lógica superproductiva, con lo que sus formulaciones teóricas quedaron pendientes de una revolución social, necesaria para la apropiación de las fuerzas productivas que estaban en manos del capital. Es decir, en un primer momento los situacionistas no percibieron que estaban asumiendo la lógica concentracionaria y la ideología subjetivista del sistema que trataban de combatir desde fuera. Con todo, su crítica del espectáculo y su acción política situaron el conflicto en sus justos términos y plantearon la necesidad de construir una cultura alternativa basada en la apropiación y el desvío de los recursos técnicos y artísticos. Fue más tarde el movimiento punk, con su crítica del star system y su llamamiento a la autoproducción creativa (Do It Yourself), el que trasladó estos planteamientos a la cultura de masas e hizo pública y generalizada la quiebra de los sistemas de representación, que los situacionistas habían comprendido observando el proceso de descomposición del arte y la cultura occidentales8.




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El movimiento 15M surgió de forma aparentemente abrupta con una serie de propuestas que desbordaban el marco establecido para erigirse en portavoz, y en la expresión más acabada, de un cambio de paradigma que se había ido gestando a través de experiencias subterráneas o alternativas y que afecta a los fundamentos de la construcción social. Es ya en su constitución y en su dinámica transformadora una marea cultural cuyo alcance excede las reivindicaciones de un sector acostumbrado a vivir de la sopa boba y ahora precarizado, y nos interpela no solo sobre el lugar del productor inmaterial en la sociedad y sobre sus condicionamientos políticos o mercantiles, sino sobre el papel que ejerce la Cultura, entendida como objeto de un ministerio o como sector de la industria, en el marco del actual sistema neoliberal: su función legitimadora y su dimensión crítica y la posibilidad de generar espacios de interacción emancipados de los actuales condicionamientos.


Cuando sugiero que el 15M es portador de un patrón estético alternativo no planteo una simple cuestión formal, sino que le asigno con ello la inmensa y compleja tarea de romper esquemas mentales, de revisar nuestros principios y cambiar nuestros valores. Su aparición marca un conflicto más profundo y estructural que la propia lucha de clases: un choque entre Weltanschauungen o “visiones del mundo” que no puede resolverse mediante la negociación de algunos aspectos parciales: la de un mundo que se descompone arrastrando consigo su racionalidad dominadora y la de un modelo emergente de autoproducción colectiva. Es esto lo que determinó su radicalidad: no el folclore de las barricadas y los contenedores ardiendo, sino su ubicación en el plano de las ideas. Es decir, se trató y sigue tratándose, a pesar del carácter de algunas acciones particulares, de una revuelta cultural y por lo tanto integral.


Pienso que en el intento de lanzar una “marea de la cultura y la comunicación” no estuvimos a la altura de nuestra propia situación histórica, y que ni siquiera fuimos conscientes de la importancia central de nuestro papel como “creativos” dentro del 15M. No puede acotarse en un ámbito de actuación lo que constituye la esencia transformadora del movimiento sin enfrentarlo a su propia imagen, a la idea revolucionaria que lo hace necesario y posible. Al poner el foco en los intereses sectoriales de los productores de imágenes, no reclamando para ellos un nuevo régimen estético, sino tratando de defender nuestra posición amenazada en la “sociedad del espectáculo”, perdemos de vista el proceso global que nos daba sentido, aquella impugnación total de la realidad que solo puede llevarse a cabo mediante la idea. Si es cierto que la cultura no es lo que dictan los académicos desde sus estrados ni lo que representan los famosos en nuestras pantallas, sino la autorrepresentación de la comunidad, su plaza de encuentro y su red de afinidades, no sirve de nada cerrar los ojos ante el ocaso del viejo régimen estético, tratar de recoger los pedazos y defender lo que el desmantelamiento programado de lo público va dejando tras de sí.


Esta reflexión explicaría el fracaso, las enormes dificultades para promover una marea que parecía tenerlo todo a su favor, pero también resulta extensiva al resto de ellas en la medida en que tienen como foco de su actividad la defensa de lo público en la vieja acepción estatalista. Junto a las plataformas por el derecho a la vivienda, se presenta a las mareas como las derivaciones más relevantes del movimiento 15M, e incluso como sus soluciones más esperanzadoras, y es cierto que han incorporado su estilo, sus modos de organización, su rechazo a asumir los viejos marcos de negociación. No es cuestionable el valor social de estas luchas, no solo por los pequeños logros parciales que van conquistando sino porque mantienen vivo el ánimo de la revuelta y catalizan eficazmente el descontento, propagándolo. Tampoco es censurable la participación de las asambleas del 15M en ellos, ni su presencia en las grandes convocatorias de los sindicatos siquiera sea como “bloque crítico” diferenciado: la defensa del patrimonio que está siendo transferido a los intereses privados es hoy un frente de lucha ante al que no podemos permanecer impasibles, pero tampoco podemos permitir que nos marque la agenda.


Lo que hubo de emocionante y movilizador en el 15M es que plantó un órdago al sistema de representación que ninguna de nosotras podía concebir aisladamente. El magnetismo de las plazas residía en la demostración de que “otro mundo” era efectivamente posible si éramos capaces de federar nuestros sueños. Durante meses, la realidad fue suspendida y cupieron todas las posibilidades. Quienes dicen que aquello no sirvió para nada solo lamentan la pérdida de aquel entusiasmo de los primeros días, su disolución en el bregar cotidiano de la supervivencia dentro de un sistema que ya ha puesto de manifiesto la fragilidad de sus cimientos, su falta de perspectivas de futuro reducido a una condena reproductiva. No podemos cercar nuestro horizonte: hay que seguir pensando y discutiendo qué modelo de sanidad, qué tipo de educación y qué régimen cultural queremos instaurar por nuestros propios medios. Hemos atravesado la fase de crítica y descomposición de un sistema que ya solo reclama que le dejen morir en paz. Hay una inmensa labor propositiva por llevar a cabo.


notas


1 El movimiento de las mareas es un ciclo de movilizaciones surgido en España contra la política de recortes impuesta por la UE a través del Partido Popular, que afecta a servicios sociales básicos como la sanidad y la educación, entre otros. Se citan éstas como más masivas y significativas, aunque también hay que consignar la marea amarilla de los empleados de bibliotecas (uno de los sectores más duramente golpeados por los recortes), la marea negra de los mineros (que pese a no ser funcionarios del estado se beneficiaban anteriormente de las ayudas estatales a su sector), e incluso la marea roja de la multitud creciente de parados o la marea violeta de las mujeres y las minorías sexuales, afectadas también por otro tipo de recortes que apuntan a prolongar la tradicional exclusión y a dar marcha atrás en las políticas, progresistas en este terreno, del antiguo gobierno del PSOE. Pese a que su horizonte reivindicativo se cifra en la defensa del estado del bienestar y en el mantenimiento de unos derechos que suponen el proteccionismo estatal, su rasgo más significativo reside en el abandono de las viejas formas de movilización sindical y de encuadramiento político para asumir el estilo y los modos de hacer que había instaurado el movimiento 15M.

2 El País, 1 de marzo de 2012.


3 Éste fue el color que se propuso para lanzar esta iniciativa. Hubiera sido un acierto elegir cualquier otro para representar la cultura, dado que meses antes se había lanzado otra marea roja de parados y precarios que tampoco alcanzó a ser más que una triste ola debido a las condiciones específicas de este sector (su aislamiento social y su desmoralización, su desidentificación con su condición, su falta de visibilidad y de articulación) que analizo en el cibertexto “Manos a la obra. Por una marea gris”. Ya sabemos que para gustos están los colores, y que el rojo tira mucho entre las gentes de la cultura oficial, mayoritariamente identificadas con una izquierda progre y nominalista de la que en ocasiones se han erigido en abanderados, pero no hubiera estado de más aportar alguna tonalidad distinta al mosaico de la revuelta en vez de lanzarse a lo que llanamente no era sino una apropiación propagandística. 

4 El término “cultura de la transición” (CT) ha sido propuesto por Guillem Martínez y Amador Fernández-Savater a través de una colección de ensayos coordinada por el primero (VV.AA., CT o La cultura de la transición, Madrid, Debolsillo, 2012), y ha alcanzado amplio predicamento para definir el paradigma cultural (la visión dominante del mundo y el contexto para actuar en él) que ha imperado en España desde 1978, basado en el consenso en base al olvido (algo así como una lectura acrítica de el periódico El País). Los autores ponen el énfasis en el perfil desmovilizador y continuista de este modelo, algunos de cuyos aspectos indiscutibles (monarquía parlamentaria, economía liberal) han denunciado, de manera más implícita que explícita, movilizaciones como las del 15M.

5Dinámica de virus. El principio de realidad virtual” (revista Salamandra nº 10, Grupo Surrealista de Madrid, 1999). Recogido más tarde en industrias mikuerpo. Un proyecto de gestión cultural independiente (1994-1999 (Madrid, Traficantes de Sueños, 2010).

6 “Cambio de modelo”, en Vínculos del frío. Ética y estética del habitar (Jornadas sobre Arte y Entorno, Universitat Politécnica de Valencia, 2012); “Estética del 15M” (revista Nolens Volens nº 6, Universidad Europea de Madrid); “Apuntes para una estética del 15M.


7 “La construcción de la auténtica libertad política... es la más completa de todas las obras de arte” (Friedrich von Schiller (1795), segunda carta de Sobre la educación estética del hombre).



8 “...más allá de modas y estilos y de la industria del rock [el punk representa] el estallido final de los significantes, la ruptura definitiva con la inmediatez de los discursos y con la falsa organicidad de la cultura, un proceso que se viene desarrollando a partir de las primeras crisis del capitalismo, que se expresa desde las primeras manifestaciones de las vanguardias artísticas y que ahora se hace público. (…) Hay un antes y un después del punk no solo para las formas artísticas y literarias, incapaces de seguir evolucionando de acuerdo a su propio concepto, sino también para los movimientos sociales y para las propias bases de la civilización. El punk es dadá para las masas.” (Luis Navarro: Presentación del libro El trabajo de Daniel Odier y William Burroughs, Madrid, Enclave de Libros, 2014).